UN ACTO DE LIBERACIÓN
Esas cuatro palabras son las que firman la foto de la nueva víctima que el asesino ha subido a la misma red social en desuso que subió el vídeo anterior.
Un grandullón, un armario empotrao que no sabemos cómo ha acabado así si de verdad es una mujer la que está firmando esta serie de crímenes que nos tienen al borde del colapso.
Al menos aquí no hace tanto calor.
—No hay signos de sexo —dice un forense jovencito con flequillo que se acaba de quitar los guantes delante de nuestras narices.
—¿Ninguno en absoluto?
—Ninguno. Sin penetración, sin fluidos, sin nada que sugiera actividad sexual previa o posterior.
Miro a Olga. Ella me devuelve la mirada con esa expresión suya de cuando está procesando algo y prefiere masticarlo antes de escupirlo. La conozco demasiado bien.
—¿Causa de muerte?
—Traumatismo craneoencefálico severo. Múltiples impactos con objeto contundente. —El forense señala el cenicero que hay en el suelo, dentro de la bolsa de evidencias—. Ese. Tiene pinta de llevar años en este sitio, así que no nos dice de dónde viene quien lo usó.
—¿Huellas?
—Limpio.
La oficina abandonada huele a óxido y a años de abandono.
Las paredes conservan el fantasma de un logotipo de alguna empresa de producción que debió quebrar antes de que el festival existiera.
El suelo de chapa está oscurecido por la sangre en una mancha que no engaña a nadie sobre la violencia de lo que pasó aquí.
Es mucha sangre. Demasiada para la pulcritud de los tres crímenes anteriores.
—¿Lo de los ojos? —pregunto
—Tiene pinta de spray antivioladores —responde—. Sus compañeros de Criminalística lo confirmarán.
—En ambos ojos. Lo usaron antes de los golpes para inutilizarlo. —Apunta Olga.
La miro y le hago una seña para salir fuera con el resto del equipo. Aquel cadáver ya no necesita de más de nuesta atención.
Toribio se rasca la nuca con una expresión de claro desconcierto. Pleite tiene los brazos cruzados y la vista en el suelo. Solís, que lleva media hora callada, abre la boca por fin.
—Pero entonces, si no hubo sexo, ¿sigue siendo la misma persona?
—El gas pimienta es premeditación —digo—. Vino con él encima. Y el mensaje en redes parece indicar la misma firma. —Señalo el teléfono de Olga donde sigue abierta la foto—. Lo que cambió es que este quizá se vio venir el percal e intentó defenderse.
—Tú lo has dicho, lo intentó —apunta ella—. Y eso la obligó a improvisar.
Mansilla levanta la vista del teléfono con esa cautela que tiene todavía la gente que no sabe bien si tiene derecho a hablar.
—La víctima se llama Gorka Aguirre. Treinta y ocho años, de Bilbao. Tiene antecedentes por agresión. Dos veces. Las dos a mujeres.
El silencio que sigue tiene una textura diferente a los anteriores. Olga es la primera en romperlo, y lo hace despacio, como quien no quiere asustar a las palabras antes de decirlas.
—Un acto de liberación…
—¿De qué forma se libera una mujer? —pregunto.
—¿Librándose de su agresor? —responde Amaya.
—Habrá que cotejar la actividad de esas dos mujeres agredidas y de su posible pareja actual —indico.
—¿Y cómo se van a meter cualquiera de esas dos mujeres con él en un sitio oscuro a follar? —Pregunta Lucas.
—No sería ni la primera ni la segunda mujer que vuelve con su ex maltratador, Lucas.
—Pues también es verdad —replica él —Lo voy mirando.
—¿Estará eligiendo a sus víctimas? —Pregunta Pleite.
—Es posible —responde Olga—. Las redes dan mucho juego y lo mismo el tipo ha dejado un rastro digital importante. ¿Lola?
—Me encargo de averiguar todo lo posible —dice Mansilla.
—Que te ayude Julio y le pasáis resultados a Listín —afirmo.
—Si damos por bueno esto, habría que mirar también en la vida de las otras víctimas —indica Amaya.
—Sin duda, ¿te encargas tú?
Ella asiente con la cabeza y hunde su cabeza en el móvil. Miro a Olga que no está demasiado conforme por su gesto. La interrogo con la mirada y ella ya sabe que tiene que hablar.
—Es posible también que este se pusiera chulo sin más, por su forma de ser y ella tuvo que improvisar. Puede que se equivocara al elegir víctima y el mensaje es una justificación a posteriori.
—También. —Olga sigue con sus teorías—. Pero no podemos descartar que elija con tiento. Ni que haya sido una venganza de sus ex y estemos ante otro criminal.
Ella resopla porque sigue firme en sus trece.
—¿Y qué hacemos con eso? ¿Buscamos a alguien que vaya liquidando a la gente que se lo merece?
—Buscamos a alguien que cree que se lo merece, que no es lo mismo —le corrijo.
Me doy la vuelta y me fijo en una nave industrial que hay detrás de una valla.
—Decidme que alguien ha mirado si hay cámaras de seguridad en alguna de esas naves.
El equipo se encoge de hombros.
—Voy, jefe —dice Pleite.
Julio sale del recinto del festival. Es mediodía y el sol empieza a apretar aquí también, aunque con más moderación.
El aire del norte tiene una consistencia diferente al de Madrid, más fresco y con ese fondo de humedad que aquí llaman normalidad y que a mí me parece casi un lujo después de la semana que llevamos.
Miro al resto de compañeros que están enfrascados en sus teléfonos móviles, cada uno haciendo las tareas que esos pequeños dispositivos les permiten.
Voy a coger el mío para hablar con el comisario, pero en ese momento escucho cómo alguien grita mi nombre.
—¡Del Olmo!
Levanto la mirada y veo al gigantón de Julio Pleite corriendo hacia a mí con un brazo en alto. Sí que se ha dado prisa, sí. Llega hasta a mí casi jadeando. Me mira y sonríe.
—Lo tenemos.