QUIZÁ FUE PREMEDITADO
Sin el quizá.
Le reventé la puta cabeza. Esta vez nada de estrangulamientos porque se puso farruco y no era plan de andarme con remilgos, que este bicho estaba fuerte como el vinagre.
Que no quería que le diera por detrás que quería darme él a mí, decía.
Le dije que sí, que vale porque se me estaba escapando, y me puse en pompa.
Y en cuanto escuché su bragueta bajarse, cogí el gas pimienta y me di la vuelta para ponerle los ojos como un jipi en un retiro de ayahuasca.
Y cuando empezó a gritar como una nena, le di una patada en los huevos que los tenía ya fuera y al doblarse por el dolor, cogí lo primero que encontré por allí, que curiosamente era un cenicero de publicidad de los viejos y no paré de golpearle la cabeza hasta que dejó de convulsionarse.
¿El problema?
Que esta vez hay sangre.
Mucha. De esa que no se limpia con una toallita húmeda y buenas intenciones.
Me miro las manos con los guantes puestos, oscuros ya de tanto en tanto, y pienso que tengo aproximadamente tres minutos antes de que alguien se acerque a esta zona de carga, porque el muy imbécil empezó a gritar antes de que el gas le cegara del todo y eso no estaba en el guión.
Estoy dentro de una oficina abandonada en el callejón trasero del festival, junto a los contenedores de basura. El suelo es de chapa y la sangre ya está formando un charco oscuro que no voy a poder disimular. Le hago una foto al tipo. ¿Por qué? No lo sé, quizá luego me sirva para algo.
Me quito los guantes del revés, los meto en el bolsillo interior de la chaqueta que llevo encima. La chaqueta tiene manchas también, en la manga derecha. Me la quito, la doblo con el interior hacia afuera y la meto debajo del brazo como si fuera cualquier cosa que una lleva porque le dio calor.
Respiro.
Una vez. Dos.
El cenicero sigue en el suelo junto a lo que queda de su cabeza.
No lo toco. No tiene ningún sentido tocarlo ya.
Lo que sí hago es revisarme la camiseta, el pelo, la cara.
Con la cámara del móvil. Un poco de salpicadura en la mejilla izquierda que limpio con la manga de la chaqueta antes de doblarla de nuevo.
El pelo, recogido, limpio. La camiseta, oscura, imposible de saber de qué es la mancha, espero.
Salgo despacio. No hay que correr, que eso llama la atención.
Camino como alguien que ha ido a mear y vuelve al concierto.
La música retumba fuerte desde el escenario principal y el gentío es tan denso que en diez pasos ya estoy dentro de la masa, invisible, uno más entre miles de cuerpos que saltan y sudan y gritan letras que no entienden.
Tardo un par de minutos en localizarlo. Está donde le dije, a la izquierda del escenario secundario, con la cerveza en la mano y el cuello estirado buscándome entre la gente. Cuando me ve llegar se le abre una sonrisa de las suyas, de las que todavía no han aprendido a disimular el alivio.
—Pensaba que te habías perdido —dice, acercándose para hablarme al oído por el ruido.
—Me perdí un momento, sí.
Me pasa el brazo por los hombros. Yo apoyo la cabeza en su pecho el tiempo justo para cerrar los ojos y escuchar, no solo la canción que están tocando, sino el latido de su corazón. Pienso en el cenicero. En el charco oscuro. En que esta vez no ha sido limpio y que eso va a complicar las cosas.
Y pienso también, casi sin querer, en los nuevos versos.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí —digo—. Demasiado bien.