Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) NO LO SOPORTÓ
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NO LO SOPORTÓ

N o lo soporto. Este contraste de temperaturas entre el interior y el exterior de los edificios me tiene la garganta reventada.

Ya estamos en la brigada y Listín nos espera en su mesa, rodeado de la arquitectura habitual de su caos: tres monitores encendidos, cables por todas partes, una lata de bebida energética vacía y otra a medias, una chaqueta de chándal colgada en el respaldo de la silla en pleno julio porque el aire acondicionado de la Brigada no tiene término medio y él es de los que se congela. Nos hace sitio como puede.

—A ver, cuéntame —le digo.

—La red social donde se subió el vídeo es una plataforma pequeña, ya os lo dije.

Pocos usuarios, poca moderación, y un equipo legal que cabe en un ascensor.

Eso me facilitó las cosas. Tengo un contacto que conoce a otro contacto ahí dentro que me pasó los metadatos del perfil que subió el vídeo.

Perfil creado el mismo día, sin foto, sin historial, sin nada. Una cuenta fake.

—Hasta ahí lo sabíamos.

—Sí, pero el dispositivo desde el que se creó la cuenta dejó un identificador. Y con ese identificador fui a la operadora.

—¿Tan rápido?

—La jueza está muy disponible, jefe —Se encoge de hombros con la naturalidad de quien lleva años moviéndose en esos márgenes—. El caso es que la operadora me ha dado los registros de ese número. Prepago, a nombre de Mustafa Said.

—¿Inmigrante en el fondo del estrecho?

—O vendiendo camisetas en cualquier playa, no tiene ficha de arrestos, así que si queremos encontrarlo, habría que mirar en los registros que ya sabes.

—No me veo yo a Mustafa yéndose de Madrid a Valencia y Luego a Castellón.

Olga se acerca a uno de los monitores sin que Listín tenga que invitarla.

—Dos localizaciones —dice Listín, señalando la pantalla—. El teléfono estuvo activo en la zona de Gandía el día del segundo crimen. Y en Benicassim el día del tercero.

Nadie dice nada durante unos segundos.

—¿Y antes? —pregunto.

—Nada. El número se activó en Valencia y se apagó en Castellón. Sin actividad anterior ni posterior. Como si no hubiera existido nunca.

—Lo tiró al fondo del mar —dice Toribio.

—O lo destruyó, o lo dejó en algún cajón, pero sí, ese teléfono no ha vuelto a dar señales de vida.

—Lo que significa que en Madrid usó otro —apunta Olga.

—O ninguno. O uno que todavía no hemos localizado.

Me quedo mirando el mapa en la pantalla. Dos puntos. Gandía, Benicassim. La ruta que ya conocíamos, confirmada por un teléfono que tuvo la precaución de no existir antes ni después.

—Esta tía no es tonta —digo.

—¿Esta tía? —Listín levanta la vista.

—Es una mujer. El resto del grupo ya lo sabe, a ti te lo explicamos luego. —Señalo la pantalla—. ¿Hay algo más? ¿Algún dato de las BTS que nos acote más la zona?

—Torre de Valencia capital para el primer registro. Torre de Gandía centro para el segundo. En Benicassim otra torre, otra de Castellón y luego ya nada.

—O sea, que sabemos que estuvo en Valencia, en Gandía y en Benicassim, que ya lo sabíamos, y que tiene la precaución de cambiar de teléfono entre crimen y crimen.

—Básicamente sí.

Resoplo. Olga me mira de reojo.

—Es algo, Del Olmo.

—Es confirmar lo que ya teníamos.

—Es confirmar que no es un aficionado. Que planifica. Que sabe que la pueden rastrear y toma medidas. Eso también es información.

—Aficionada.

Resoplo de nuevo. Tiene razón, aunque me cueste admitirlo. Me giro hacia el resto del equipo, que ha ido entrando en silencio y ocupa los huecos disponibles de la sala.

—Bien. Luis, ¿puedes intentar localizar actividad de otros móviles culebra en la zona del festival Madrid las fechas del primer crimen? Sé que es buscar una aguja en un pajar, pero si el patrón se repite quizá haya otro número que se activó y se apagó en el mismo período.

—Eso son cientos de números, jefe.

—Ya. Pero si se activó el mismo día o el anterior y se apagó al día siguiente, eso lo acota bastante. —Miro a Mansilla—. Tú le ayudas.

La novata asiente sin protestar. Toribio le dedica una mirada de condolencia.

—¿Y nosotros? —pregunta Pleite.

—Vosotros a casa. Mañana hay que estar frescos porque esta semana hay festivales y espero llegar antes de que haya un cuarto crimen.

Salen. Olga se queda, como siempre. Listín ya está tecleando.

—¿Crees que ya tiene otro teléfono? —me pregunta ella en voz baja.

—Lleva desde Madrid cambiando. Ahora mismo tiene uno nuevo que no sabemos ni de qué operadora es. —Me levanto—. Lo único que sabemos es que sigue ahí fuera y que el siguiente festival no va a esperarnos.