Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) LA VALLA
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LA VALLA

H ay una valla que no me deja pasar, todavía está acordonada la escena del crimen. Además, están desmontando los escenarios del festival. Es un ritual de ruidos metálicos, voces de capataces y obreros yendo y viniendo de un lado a otro, siempre con algo entre las manos.

—Así que habéis llegado a la conclusión de que el objetivo es una mujer porque no suda… ¿Es que las mujeres no sudan o qué? —pregunta Toribio.

—No es solo eso, Lucas, ya te lo hemos explicado, pero lo volvemos a repetir para todos —digo y miro a Olga.

Ella nos guía por la escenas del crimen.

—Criminalística nos ha comunicado que ha aislado una huella de pisada del número 39 en Benicassim.

—Hay hombres con el pie pequeño —objeta Lucas.

—Calla y escucha, haz el favor —le atajo.

—Si hay alguien capaz de ganarse la confianza de hombres y mujeres, es una mujer. Sobre todo porque después de interrogar a los familiares y amigos de la segunda víctima, ninguno afirma que el finado tuviera relaciones homosexuales.

—Para todo hay una primera vez —comenta Pleite.

Resoplo.

—En cambio para la primera víctima, sí que tenemos testimonios de su bisexualidad —prosigue Olga—. No hay rastros genéticos en las penetraciones y lo más importante, no hay rastros de látex.

—Hay condones sin latex —observa Mansilla, quien acto seguido se tapa la boca.

Lucas esboza una sonrisa y quiero reprobarle, pero no puedo. A pesar de ello mantengo mi templanza.

—Lo sabemos, Lola, no hay restos de ningún microplástico presente en los preservativos conocidos.

—Y eso nos lleva a que, casi seguro, usó algún tipo de elemento fálico para las penetraciones.

—Puede ser un impotente —dice Pleite.

—No todos son como tú, Julito —Toribio se me adelanta en el chiste fácil  y Pleite le saca una peineta.

—Sí, inspector —dice Olga. Lo hemos barajado, pero déjame que termine y luego haceis las objeciones pertinentes.

—Eso, haced el favor de estaos calladitos —ordeno.

—Ninguno de los testigos con los que hemos hablado en los tres festivales describe a nadie sospechoso que encaje con un perfil masculino.

Pero sobre todo, volvamos a lo básico: no hay semen, no hay látex, no hay microplásticos.

No hay rastro de que haya un pene en ninguna de las tres escenas.

Y ya hemos descartado la impotencia porque la impotencia no explica la penetración —remata Olga.

—¿Entonces? —Pregunta Toribio.

—Un juguete.

—¿Un juguete? —pregunta Toribio, despacio, como si lo estuviera procesando.

—Un consolador, un arnés, lo que sea.

—¿Y cómo mete eso en un festival sin que se lo detecten los de seguridad?

—Pensé que habíamos dejado claro que la culpable tiene acceso a zonas donde el público no puede, así que te lo recuerdo: es alguien del personal.

—Tienes muy claro que es la culpable —dice Toribio.

—Sí, porque si a todo esto le sumamos que la segunda víctima, según su familia y sus amigos, jamás tuvo relaciones con hombres, y que aun así alguien consiguió llevárselo a un rincón apartado y sodomizarlo, la conclusión es bastante evidente.

—Una mujer lo seduce y él no lo vive como una relación homosexual —dice Amaya.

—Exacto. Y la tercera víctima también era mujer. Lo que nos dice que a quien buscamos le da igual uno que otro.

Silencio. Una viga metálica cae al suelo con un golpe seco y nadie pestañea.

—La huella del número 39 termina de cuadrar el perfil —añade Olga, casi para ella misma.

Nadie objeta. Ni siquiera Toribio. Me suena el teléfono. Es Listín.

—Jefe, tengo algo importante sobre los teléfonos.

—¿Es bueno o malo?

—Vente a la Brigada y te lo explico mejor.

Cuelgo y miro al equipo.

—Volvemos a la Brigada.