Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) DEMASIADOS CANDADOS
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DEMASIADOS CANDADOS

—Dame más duro —exige.

Lo tengo a cuatro patas sobre la cama deshecha, con el perfil de su rostro presionado contra las sábanas blancas del hotel.

Obedezco. Aumento la fuerza de la embestida, un ritmo metódico y contundente.

No hay pasión en el acto, al menos no por mi parte.

Hay control. Hay una curiosidad casi científica en observar cómo un cuerpo ajeno reacciona a la presión y al dominio.

Él gime, una mezcla de dolor y un placer que le resulta familiar.

Lo sé por la tensión de sus músculos, por la forma en que su respiración se entrecorta.

—Joder… —murmura contra la almohada.

No termina la frase. No hace falta. Sé que nunca le habían hecho esto así.

El placer que le ofrezco no es convencional.

Es un acto que le obliga a cuestionar los límites de su propio cuerpo.

Siento cómo su orgasmo lo sacude, una oleada que recorre su espalda.

Yo no siento nada parecido. Mi satisfacción es puramente cerebral: la confirmación de una hipótesis, el éxito de un experimento.

Cae rendido sobre el colchón. Me aparto, observando la escena con la distancia de un pintor que evalúa su lienzo. Él se gira lentamente, con el sudor brillando en su frente y una expresión de agotamiento y asombro.

—¿Quién eres? —pregunta, y esta vez no es un cliché de ligoteo. Es una pregunta real.

—Alguien a quien le aburren los candados —respondo, y me dirijo al minibar para sacar una botella de agua.

Se incorpora, apoyándose sobre los codos. El cachorro tenaz de la playa ha sido sustituido por algo más reflexivo. Le lanzo la botella. Bebe como un niño después de un partido de fútbol.

—Yo también los odio —dice, después de un largo silencio—. Los candados. Por eso dejé la carrera. Todos esperaban que fuera abogado, como mi padre. Un coñazo. Ahora solo quiero tocar.

Me siento en el sillón junto al ventanal. El sonido del Cantábrico sigue ahí, un rumor constante que envuelve la habitación. Por primera vez, le presto un interés genuino.

—¿Tocar el qué?

—La guitarra. Ya te conté lo de la banda. No es algo serio, serio. Solo tocamos versiones.

—¿Y se te da bien?

—Regular —ríe, una risa honesta que me sorprende—. ¿Y tú? ¿Me vas a contar sobre esa poesía…?

Su pregunta me golpea de una forma inesperada. Esta es la debilidad. No es él, es su pregunta. La validación de mi obra por parte de un extraño que, sin saberlo, se ha convertido en materia prima. Me encuentro respondiendo en lugar de evadir.

—Tengo una historia. La estoy escribiendo.

—Pero las poesías no son historias.

—Vaya que si lo son. Has leído poca poesía, ¿verdad?

—En el instituto y poco más.

—Los poemas cuentan historias. A veces mucho más profundos que una novela o una película. Lo que pasa es que se cuenta desde el corazón —me señalo mi pecho desnudo—. Pero vale, te confieso que esto no es una poesía.

—¿Entonces?

—Es una canción.

Se sorprende.

—Tengo la guitarra en el coche, ¿quieres…?

Dudo. No tengo claro si quiero lo que me sugiere: componer mientras él toca la guitarra. Yo también la toco y quizá un punto de vista externo pudiera ayudarme. Darle otro acercamiento.

Acepto, más que nada por aburrimiento. Él se viste rápido, baja a buscarla.

Vuelve con una guitarra española en una funda gastada.

Nos pegamos toda la noche tocando y escribiendo, probando acordes, descartando versos, pero al llegar el alba no hay ni un solo verso que me convenza.

Por lo que decido ponerle de nuevo a cuatro patas y darle lo suyo.

Él no protesta. Después, me tumbo y le doy la espalda.

—Mañana hay un festival no muy lejos de aquí —dice, acercándose en un intento de hacer la cucharita—. Tocarán algunas de mis bandas favoritas.

No digo nada. Él insiste.

—¿Vamos juntos? —pregunta, con una vulnerabilidad que desarma.

Me giro y lo miro. Sus ojos ya no tienen la chispa optimista de la playa. Ahora hay algo más, una profundidad que yo he ayudado a cavar. Y en ese momento, nace un nuevo reto. Un desafío infinitamente más complejo y estimulante.

Siempre he trabajado en la soledad más absoluta, en el anonimato.

Pero, ¿y si pudiera hacerlo con un testigo?

No un testigo del crimen, sino de mi vida.

¿Y si pudiera componer el siguiente verso, ejecutar el siguiente acto, con él esperándome entre la multitud?

Tener a alguien buscándome después, preguntándome dónde leches me he metido.

Sería una performance distinta, con un punto más de riesgo.

Un acto único de disociación: matar a alguien y, minutos después, sonreír y, quizá, besar o abrazarte a la persona que te espera.

—Juntos —respondo, y me giro para mirarle a los ojos. Alargo la mano para acariciarle el pelo.

Él los cierra, como si mi tacto fuera una bendición.