EN LOS QUE TE CREO VER
C reo ver algo en el vídeo.
—¿Es un tatuaje?
Olga se rasca la barbilla.
—No lo tengo del todo claro, por eso no te he dicho nada. Lo he intentado ampliar, le he pedido a Listín que me lo limpie, pero la tecnología no da más de sí. Esto no es como las pelis de Misión Imposible, inspector.
—Ya, ya lo sé, mujer. Por eso confío en tu agudeza visual, tú que no tienes presbicia. De momento.
—Pues de momento no, no la tengo, pero tampoco se ve claro. Además, ¿qué pretendes sacar si lo fuera? La gente está llena de tatus…
—Pareces nueva, ¿no te acuerdas del caso Pessulum?
—¿Qué tiene que ver eso ahora?
—Joder, Olga, parece mentira que tú me lo preguntes. Si tuviéramos claro que es un tatuaje y lo pudiéramos reconstruir, podríamos publicarlo en redes…
—Olvídate, jefe —apunta Solís—. Ningún tatuador daría señales de vida.
—¿Por qué?
—Porque no les interesa.
Me quedo mirando a la oficial y a la inspectora, que se encoge de hombros.
—Jefe, confía en nosotras, vale. ¿Has llamado a Luis?
Quiero confiar en ellas, pero me cuesta no tirar de una pista tan clara. Y no lo hago porque no se ve un carajo del posible tatuaje.
Sin responderlas, marco el teléfono del inspector Listín y espero siete tonos a que responda sin éxito. Juro que me las veré con él en cuanto me lo encuentre.
Vamos camino de Madrid. El paisaje se repite por la ventanilla del camuflado como se repite la reposición de una serie de los ochenta.
Campos secos, pueblos de diversa índole, molinos y, sobre todo, el sol cayendo a plomo sobre el asfalto.
El aire acondicionado El aire acondicionado continúa su gasto inmisericorde y el dolor de gargante consecuente es el precio que hay que pagar por no morir asfixiado.
Cuando llegamos a la capital me acuerdo del calor que derrite las aceras, como dijo ayer Toribio. Son cerca de las dos de la tarde, la hora terrible del verano. Esa en la que los ciclistas del Tour de Francia sudan y se queman los brazos como pollos en el asadero.
Aparcamos en el parking subterráneo de la Brigada. El contraste de temperatura cuando salimos del coche es brutal. Accedemos al edificio y recuperamos el fresco del aire artificial. Nada más entrar en la Brigada me espera Listín con una pila de documentos en la mano.
—Bienvenidos a la UDEV central —se mofa—. Aquí se está fresquito.
—Te podías haber venido a la playa, que estás más blanco que esos folios. Mira Toribio, dos días en la costa y ya viene moreno.
Lucas me saca una peineta disimulada porque el pobre no ha visto la arena en las poco más de cuarenta y ocho horas que hemos pasado en el levante.
—Tengo buenas noticias, jefe.
—Dime que has localizado la IP.
—Ni de coña.
—¿Entonces? No me jodas, Luis, te repito que no estoy para intrigas…
—Tengo una lista con treinta números de teléfono que han estado en al menos dos de los tres festivales.
—Vete a la mierda.
Al inspector se le abre la boca y me deja pasar a mi despacho.
—¿Se puede saber qué te pasa, inspector jefe?
—Déjame a ver si lo averiguo. Todos o casi todos estuvieron en el de Madrid y en el de Gandía, ¿verdad?
—Sí, pero…
—¿Hay alguno que coincida en los tres?
—No…
—Entonces tira esa mierda a la basura.
—¿Por qué?
—Porque serán trabajadores de las promotoras o miembros de las bandas de música, Luis —indica Olga con tono conciliador.
—No tiene por qué.
—¿Lo has comprobado?
—Eso a mí no me compete, inspector.
—Vale, Mansilla, coge la lista y llama a alguien de Delacroix. Que te confirmen que esa gente son de su plantilla. ¿Hay alguno que coincida con Madrid y Benicassim?
—Dos.
Me detengo.
—Está bien, Olga, encárgate de esos dos, pero vamos, fijo que son músicos. Porque de lo contrario estaríamos hablando de más de un criminal, o de un imitador y no lo veo posible.
—Pero de ahora en adelante sí, jefe —dice Lucas.
—Me cago en el puto vídeo y en las redes sociales.
Con gesto le pido a todo el equipo que salga, Olga se queda, pero me quedo mirándola de arriba abajo, interrogando con la mirada. Toso. Toso más fuerte.
—Que te den, Del Olmo.
Se larga y cierro la puerta del despacho tras ella. Me quedo solo. La mesa metálica, la estantería con carpetas, la ventana que da al patio interior. Silencio por fin.
No me digno ni a responder a la ofensa de la inspectora. Marco el teléfono de mi mujer con la que no hablo desde el viernes más que por mensajes.
—¿Qué pasa, cariño, dónde te metes? —pregunta.
—En el puto infierno.
Charlamos un rato sobre la banalidad del calor del verano y de lo bien que se está en el pueblo de sus padres donde tiene un pequeño campo con piscina.
Los niños están todo el día en la calle haciendo amistades nuevas y yo me pierdo esa parte de su infancia que ya nunca volverá.
Al menos me manda nuevas fotos de todos y me provoca una melancolía extraña.
—Ten cuidado con esos calores, hombre, que tú eres de sudar mucho —Me quedo callado. Varios segundos— ¿Cariño, ocurre algo?
—No, todo bien. Pasadlo en grande y mándame fotitos.
No le doy tiempo a despedirse, porque hago una llamada telefónica.
—Dime, Del Olmo.
—Doctora Ramos, ¿no se encontró nada de sudor en el primer cuerpo?
—Negativo. Podríamos haber sacado ADN en tal caso.
—Gracias.
Cuelgo. Repito la operación con los forenses de Gandía y de Benicassim. En ambos casos la respuesta es la misma.
Me quedo mirando el teléfono en la mano. Las piezas encajan. El calor infernal de Madrid, de Gandía, de Benicassim. Festivales al aire libre. Miles de personas sudando. Y ni una gota en los cuerpos.
Llamo a Olga a mi despacho con una voz. No me hace ni puñetero caso. Lo intento dos veces más y cuando me dispongo a salir en su busca, ella abre la puerta.
—Es una mujer —digo.
—Lo sé.