Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) OASIS
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OASIS

Saco el móvil, no por vicio, sino por trabajo.

La planificación es la arquitectura de cualquier gran obra.

Abro la aplicación de festivales, un mosaico de logos y fechas que se extiende por todo el verano.

El centro y el levante ya están manchados de rojo en mi mapa mental.

Es hora de buscar nuevos lienzos. El norte.

Sangre caliente, dicen. Una afirmación que me apetece poner a prueba. Por eso me he venido aquí.

Mis dedos se deslizan por la pantalla, descartando eventos menores, buscando el escenario adecuado.

No se trata solo del número de asistentes, sino del tipo de público.

Busco la vanidad, la pose, la desesperación por encajar.

Es ahí, en esa grieta de la personalidad, donde mi anzuelo se clava con más facilidad.

Un festival cerca de Bilbao. Cartel interesante, con un par de bandas británicas de esas que atraen a los modernos con ínfulas de intelectualidad.

Perfecto. Marco la fecha en el calendario. Tres días. Tiempo más que suficiente.

Ahora falta el protagonista del siguiente acto.

Cierro los ojos, dejando que el sonido del mar llene el vacío.

No necesito un rostro concreto todavía. Necesito un arquetipo.

El de Madrid fue el sumiso disfrazado de bestia.

El de Gandía, el prepotente de corbata. La de Benicàssim, la romántica autodestructiva.

¿Qué me apetece ahora? Quizá algo más puro.

Un idealista. Alguien que crea en la bondad, en las conexiones fortuitas.

Alguien cuya luz sea un placer especial apagar.

—Perdona, ¿tienes fuego?

Abro los ojos. La voz es joven, un poco vacilante.

Un chico delgado, con una sudadera gris demasiado grande para él.

Lleva las zapatillas blancas manchadas de arena.

Tiene el pelo castaño revuelto por el viento.

No tendrá más de veinte años. Tiene esa cara redonda que aún no ha perdido del todo la suavidad de la adolescencia con una bonita sonrisa ensayada.

La pregunta más vieja del manual del ligoteo.

—No fumo —respondo, mi voz plana, sin inflexiones.

No se desanima. Un cachorro tenaz.

—Ah, vale. Es que te he visto paseando y… no sé, parecías de por aquí. Yo estoy un poco perdido.

Claro que estás perdido. Todos lo estáis. Buscando una señal, un mapa, alguien que os diga hacia dónde caminar. Y a veces, tenéis la mala suerte de encontrarme.

—No soy de por aquí —digo, y vuelvo mi vista hacia el mar, una invitación no muy sutil a que se largue.

No la capta. O no quiere captarla. Se sienta en la arena, a una distancia prudencial pero invasiva.

—Yo vengo de Madrid. Necesitaba escapar del calor. Esto es la gloria, ¿eh?

Su monólogo es un tapiz de clichés. La huida del calor, la soledad existencial del veraneante.

Le observo por el rabillo del ojo. No es feo.

Tiene esa belleza insulsa de la juventud que aún no ha sido golpeada por la vida.

Me pregunto cómo se verían sus ojos cuando el oxígeno empezase a escasear.

¿Mantendrían esa chispa de optimismo? Lo dudo.

—¿Y tú? ¿También escapas de algo? —pregunta, intentando darle un giro profundo a su torpe aproximación.

La pregunta me causa una gracia gélida, interna. ¿Escapar? No. Todo lo contrario. Yo voy al encuentro.

Decido jugar un poco. Me giro hacia él.

—A veces —respondo, dejando la palabra suspendida en el aire.

Se le iluminan los ojos. Cree que ha encontrado una conexión, un alma torturada como la suya. Patético.

—Ya decía yo. Tienes una mirada… intensa. Como si pensaras mucho.

Sigo en silencio, dejando que se enrede en su propia red. Me habla de sus estudios, de su ex, de la banda que tiene con sus amigos. Un torrente de banalidades que uso para analizar su estructura. Es un libro abierto, escrito con una caligrafía simple. Complaciente. Deseoso de agradar. Vulnerable.

De repente, la inspiración llega. No por él, sino a través de él.

Ha dicho que tiene una banda y, además, su presencia, tan predecible y vacía, resalta por contraste la complejidad de mi propio proyecto.

Es una pieza más del decorado. Un extra sin frase.

Y eso, precisamente, me da la siguiente línea.

Saco el cuaderno y el bolígrafo de la mochila de tela que he dejado en la arena, a mi lado. El chico se calla, sorprendido por mi gesto. Me acomodo con las piernas cruzadas, el cuaderno apoyado en mis rodillas.Me ve abrir la página, releer las últimas líneas que escribí.

Buscabas puerto en mi marea

y anclaste el alma en la garganta.

Él me mira escribir, como si estuviera presenciando un acto íntimo. Y lo es. Es el más íntimo de todos. El bolígrafo se desliza, trazando las palabras que acaban de nacer de su estupidez.

Este oasis es solo una mentira,

un espejismo antes de la función.

Sí. Perfecto. La calma de esta playa, su conversación insustancial… todo es un espejismo. El preludio del siguiente acto del musical que estoy componiendo. Levanto la vista del cuaderno. El chico me sonríe, expectante.

—¿Escribes poemas? —pregunta.

Cierro el cuaderno despacio. Lo guardo en la mochila junto al bolígrafo. Una sonrisa, la primera que le dedico, se dibuja en mis labios.

—Algo así.

Me levanto, sacudo la arena de la rebeca. El chico sigue allí sentado, mirándome con esa mezcla de esperanza y confusión. No dice nada más. Yo tampoco. Cojo la mochila y empiezo a caminar de vuelta hacia el paseo marítimo. Un par de gaviotas revolotean sobre mi cabeza.