HACIA EL ESTRÉS
E l estrés es una palabra que no encaja con el Cantábrico.
Miro por el ventanal del hotel y el mar, de un gris metálico, golpea las rocas con una indiferencia que reconozco como propia.
La habitación es pequeña pero limpia: cama individual con colcha blanca, mesilla de noche con lámpara, un armario empotrado de tono oscuro.
El aire huele diferente aquí. No es solo el salitre es algo diferente, como a antiguo, pero acogedor.
Como a chimenea recién apagada. Fuera llueve una llovizna fina que empapa todo sin hacer ruido.
La gente normal sentiría estrés después de lo de anoche. Miedo. Remordimiento. Yo solo siento este vacío sereno, esta calma que precede a la siguiente nota de la composición.
El norte. Siempre me ha gustado el norte.
Estoy junto a la ventana, en la única silla de la habitación. El teléfono en una mano.
Abro el teléfono, no por ansiedad, sino por control de calidad.
Busco la publicación. El vídeo sigue activo, la bola de nieve digital que he lanzado al mundo.
En realidad no se ve nada muy claro, por eso supongo que está durando.
Pulso play. La melodía improvisada, casi una nana perversa.
Su rostro confuso, preguntando por mi voz.
Quince segundos. Un anzuelo perfecto. Los comentarios son un enjambre de pánico y morbo.
Bien. La notoriedad es el primer paso para que una obra sea valorada.
El vídeo me devuelve al recuerdo, pero no al del festival.
Me devuelve al acto en sí. A mis manos. Esta vez no necesité herramientas.
Quería sentir la vida desvaneciéndose, no a través del cuero de un cinturón, sino directamente.
Su historia me pareció un insulto. Un desperdicio.
Volver con alguien que la había engañado.
Le ofrecí una salida, una emoción real, y la aceptó sin saberlo.
Se dejó llevar hasta que mis manos encontraron su cuello.
No hubo mucha lucha. Solo sorpresa, y ese último y fútil intento del cuerpo por aferrarse al aire.
Dejo el teléfono sobre la mesilla.
Tomo el cuaderno. El bolígrafo. El cuaderno se ha llenado de más tachaduras, flechas, palabras escritas en los márgenes. Lo abro por la página marcada. Hay que seguir con la obra. Releo los primeros versos, los dedicados al tipo del autobús.
Dulce por fuera, oscuro de espaldas
Late en la niebla, un mundo de trampas
Es un buen comienzo, pero le falta, quizá, el mar. Le falta el eco de lo que pasó anoche. Pienso en ella, en cómo buscaba refugio en la historia más equivocada. En cómo yo me convertí en su destino final. El bolígrafo traza las nuevas líneas sobre el papel.
Buscabas puerto en mi marea
y anclaste el alma en la garganta.
Sí. Eso es. Conecto el mar que contemplo ahora con el acto de anoche. Es más poético, más certero. Más cruel.
Cierro el cuaderno y lo dejo sobre la mesilla junto al teléfono. Me levanto. Voy hasta la ventana. El mar sigue igual, indiferente, gris. Las gaviotas vuelan en círculos.
La canción avanza. Yo también. Miro el mapa en el teléfono. Hay un festival en un par de días, no muy lejos de aquí. Aún quedan versos por escribir.