Y TU FRENÉTICA TENDENCIA
A l asesino parece que se le ha instaurado una frenética tendencia homicida.
Es el tercer cuerpo que encontramos en tres días.
Tres festivales distintos, mismo modus operandi, con la salvedad de que esta vez ha sido una mujer en lugar de un hombre. ¿El lugar? Benicassim, relativamente cerca del crimen anterior.
Un triángulo de la muerte entre Madrid, Valencia y Castellón que nos tiene al borde de la desesperanza.
Hoy es domingo y hoy, en teoría, no hay conciertos, no hay festivales cercanos. El cielo está nublado y el aire huele a tormenta que no acaba de llegar.
Tengo al equipo rastreando posibles eventos cerca de aquí, o no tan cerca.
De momento, Listín me ha pasado una lista con los más conocidos, y por la zona hoy no hay nada.
En puntos del norte de España hay un par de ellos que hoy celebran su último día.
No creo que le dé margen a viajar tan lejos y actuar de nuevo.
Eso nos daría una ventana de cuatro días hasta el próximo jueves que es cuando se celebra el siguiente festival grande.
Espero, primero que hoy no actúe en ningún lugar. Segundo, que a Luis y al resto del equipo le dé tiempo a cotejar los cientos de miles de teléfonos móviles de los tres festivales y nos dé alguna coincidencia geográfica.
Tercero, que la inspectora Prados no se ponga en plan melancólica y me dé otra chapa como la que me dio ayer.
Porque sí, después de la bronca inicial y de la visita a forenses, testigos y demás gente del festival, nos fuimos todo el equipo —el suyo y el mío— a cenar a una taberna cercana a su comisaría.
Nos tomamos un par de cervezas y al terminar le dio por acompañarme al hotel.
Y allí me cogió por banda y me dijo que teníamos que debatir un par de asuntos del caso.
En el hall sacó un par de refrescos y se puso a charlar.
Yo creía que en principio era verdad, que iba a comentar algún aspecto de los crímenes.
Sin embargo la conversación tomó por otra vía.
Me pidió perdón por la brusquedad del recibimiento, me preguntó por mis hijos y me dijo que lo sentía.
Que sentía muchísimo que las cosas se hubieran torcido entre nosotros.
Y yo claro, soporté sus lamentos y su perorata acerca de que era joven, inmadura y bla,bla, bla, y que mordí la lengua para evitar decir que aquí, el único que se había torcido era yo.
En sentido literal. Y que ella me dejó cuando le vio las orejas al lobo.
Sí, de una forma progresiva y gradual, y que luego se inventó la excusa de los cuernos, cuernos mutuos, por cierto y casi simultáneos.
Y que lo hizo para sentirse menos culpable en el peor momento de mi vida.
Y después de tantas disculpas y preguntas por mi situación y comentarios sobre la suya, que por lo visto tampoco le va tan bien con su marido, se fue y me dejó allí, solo en un hall de hotel, con una lata de coca cola zero caliente y a medio beber.
Y con Saavedra mandándome mensajes cada cinco minutos como si fuera una madre preocupada o, peor, una novia celosa.
¿Resultado?
He dormido cuatro horas y ahora estamos delante del cadáver de una preciosa chica de no más de treinta años a la que han estrangulado hasta la muerte mientras, aparentemente, tenían sexo con ella.
Estamos en la parte trasera del recinto del festival de Benicassim. Una zona de carga y descarga con contenedores apilados. El cadáver está entre dos de ellos, medio oculto por unas lonas. Hace calor pero no tanto como en Gandía.
—Ni un solo resto biológico, Del Olmo —dice Romuald, un forense de Castellón con el que coincidí en el pasado en Barcelona.
—¡Qué novedad! —respondo, sarcástico.
—Pero los compañeros de criminalística me han dicho algo de que han encontrado una huella de pisada en el perímetro crítico.
—Algo es algo, a ver si nos pasan el informe pronto.
Romuald me dedica una mirada piadosa y se larga del lugar con la promesa, como siempre hacen los forenses, de que me mandará sus conclusiones.
—Primera vergencia en el caso, Del Olmo —afirma Saavedra.
—¿Qué? ¿Por qué usas palabras raras?
—No me seas cateto, anda, que no te pega. Sabes que el hecho de que sea una mujer y no un hombre le otorga otra dimensión…
—¿Dimensión? ¿Vergencia? Definitivamente en Fugitivos te están convirtiendo en una pedante redomada.
—No me toques los ovarios, Del Olmo —protesta— ¿Así te parezco menos pedante? ¿O te digo que no me toques los cojones?
—Calma, calma, solo te estoy vacilando un poco, inspectora.
—Pues no me vaciles delante de un cadáver, haz el favor.
Se la ve sinceramente enfadada. Me muerdo la lengua y miro en derredor. El escenario es similar, las partes traseras del escenario de un macrofestival. Y doy por hecho una conclusión en la que creo que todos estamos de acuerdo.
—Creo que queda claro que a quien buscamos es un él.
—Si seguimos el patrón que marca la perfilación criminal clásica, diría que sí —comenta Olga.
—¿Y eso nos ahorraría la mitad de trabajo con el tema de geolocalización de móviles y de entradas?
—Sin embargo…
—¿Qué pasa, inspectora?
—Que me parece extraño que no haya restos ni de látex en las penetraciones.
—A mí no: el tipo es impotente.
—¿Y no se le pone dura al cumplir la fantasía?
—A lo mejor se corre directamente sin que se le levante.
—¿Eso os pasa? —Olga me mira
—Puede ser.
Ella mueve la cabeza de forma afirmativa mientras aprieta los labios.
Terminamos de reconocer el cadáver, un juez de la zona ordena su levantamiento y Olga y yo nos disponemos a marchar.
Caminamos hacia el camuflado aparcado junto a la valla del recinto. El equipo está esperando dentro con el aire acondicionado encendido.
Justo cuando nos vamos a montar en el camuflado recibo una llamada de Listín.
—Jefe, tenemos un problema.
—Sí, como Houston. Haz el favor de decirme las cosas sin suspense que no tengo el cuerpo para ello.
—Hay una publicación en redes sociales con una imagen del crimen.