CON LA NUBE NEGRA
U na nube negra cubre el cielo levantino.
Menos mal porque con este calor no sé cómo lo vamos a hacer si encima aprieta el sol. Lo que pasa es que nada más salir del camuflado, otra vez un bofetón en forma de bochorno me azota las mejillas. Calor infernal es poco.
Accedemos casi a la carrera a la comisaría de Gandía.
El edificio es de los años setenta, tres plantas de cemento gris con ventanas pequeñas.
Subimos unas escaleras exteriores y entramos por la puerta principal.
Dentro hay un mostrador de atención al público con un agente sudando detrás del cristal.
En busca de un buen difusor de aire acondicionado. El problema, el drama es que dentro hace casi más calor que fuera. Por lo visto el aire no funciona desde hace un par de días y están que se suben por las paredes. Todas las puertas abiertas en un intento inútil de que corra algo de aire.
Y cuando entro al despacho más grande de la comisaría la veo.
La sala es amplia pero abarrotada: cinco mesas con PCs, archivadores metálicos contra las paredes, un ventilador de pie que apenas mueve el aire.
Con un abanico más grande que los de los Locomía.
Intentando, de forma infructuosa, llevar algo de frescor a su cara, y, sobre todo, a su estilizado cuello.
Si hay algo que recuerdo de la policía Nuria Prados (ya inspectora Prados) es su cuello.
Ese cuello que más de una vez estuvo en contacto con mi boca.
Se gira y no sonríe, y despedaza uno de mis muchos recuerdos con ella.
—Buenos días, Del Olmo —me ofrece su mano y se la estrecho.
Cruzamos miradas. No hay ni rastro de afecto en la suya, ni en su gesto, ni en su actitud.
—Hola, Nuria.
Al llamarla por su nombre intento ser más cercano. Sin éxito.
—¿Te pongo al día y me cuentas lo de Madrid?
Afirmo con la cabeza. A mi lado, Saavedra no ha dicho ni pío. Ni se ha presentado.
—Varón, veinte años. A la espera de la autopsia, parece claro que lo estrangularon con su propia corbata. Hubo sexo antes, como si fuera algún juego que se les fue de las manos.
—¿Un juego sexual en mitad de un concierto? —apunta Saavedra.
Prados no la mira, tan solo aprieta los labios y señala una foto en la pantalla de un ordenador.
—Hay indicios de que tuvo su tiempo. Estaban en…
—Un lugar apartado y discreto lejos del bullicio del concierto… —replico.
Prados me mira y sin decir nada pasa a la siguiente foto. Nos explica que hace poco que han levantado el cadáver y repite que está en el anatómico a la espera de la autopsia.
—¿Crees que es el mismo que el de Madrid? —pregunta Nuria.
—Tiene toda la pinta, la verdad.
—Estamos cruzando datos de venta de entradas, pero tardará la cosa —apunta Saavedra.
—Si me permites el detalle, esto tiene pinta de ser alguien que pueda acceder sin entrada. ¿Estáis investigando a todo el personal del festival de Madrid?
—Sí, eso lo hemos tenido en cuenta. Ahora toca investigar al de aquí. Y examinar a fondo la geolocalización de móviles.
Prados afirma con la cabeza y me hace un gesto para que le acompañe. Miro a Olga que suspira y se gira hacia el equipo, que ha permanecido atento y en silencio.
—Alex, enséñale a los de Central las instalaciones y el despacho donde se pueden quedar.
Un policía de nombre Alex se queda con mi equipo y me encamino tras la estela de Nuria.
Me invita a pasar a una oficina al fondo del pasillo. Es pequeña, con una mesa de madera, dos sillas, una estantería con carpetas y un ventanador de techo que gira despacio. La ventana da a un patio interior sin árboles. Cierra la puerta tras de sí.
Lo que podría interpretarse como un acto casi de intimidad se convierte en todo lo contrario.
—Del Olmo, ¿no había nadie más para venir hasta aquí?
Me encojo de hombros como un alumno novato ante una pregunta de una profesora insolente.
—¿Qué quieres decir?
—Que podías haber mandado a la rubia estirada y a otro par de tu equipo y no tener que venir tú.
—¿Me estás diciendo que mi presencia te molesta?
—Te estoy diciendo que no era necesario que el inspector jefe de la UDEV Central se molestara en venir hasta aquí con el calor que hace.
—Nuria, no entiendo tu actitud.
—Ah, ahora no lo entiendes. Cuando me dejaste tirada sí la entendías.
—Pero… han pasado más de quince años, ¿en serio me estás echando en cara cosas del pasado?
Nuria se pone a pasear con los brazos en jarra.
—Sinceramente, no me apetece colaborar contigo en una investigación.
—Yo flipo.
—No, la que flipa soy yo.
—Basta. Nuria. Basta. Deja de actuar como una chiquilla y hazlo como una profesional. Tenemos un marrón importante entre manos y necesito tu colaboración y la de tu equipo.
Se detiene ante el ímpetu de mi voz y me mira con los ojos brillantes. Nos aguantamos las miradas durante unos segundos que parecen horas.
—¿Cómo está Sofía? —pregunta.
—Bien, ¿y Damián?
—Regular.
—¿Qué le pasa?
—Anda delicado.
—Pero..
—No preguntes más. Vamos con el resto del equipo que tenemos mucho que hacer.
Se dirige hasta la puerta. Esta vez abre y pasa primero sin ofrecerme el paso. Se desliza por la sala en busca del resto del equipo.
Yo solo puedo fijarme en su cuello.