NO VAS BIEN
N o va bien.
Esta investigación está dando tumbos sin saber dónde dirigirse.
Sí, ha habido otra víctima, pero no en este festival. Sino a quinientos kilómetros de aquí. En Gandía.
Mismo modus operandi. Mismo tipo de víctima. Mismo asesino.
—¿Cuándo nos vamos para Valencia?
Saavedra me ha acompañado en todo momento desde que Toribio me diera la mala noticia.
Estamos en el centro de videovigilancia que montamos en el festival.
Una sala pequeña con monitores apilados en las paredes mostrando diferentes ángulos del recinto.
Cables por el suelo. Dos técnicos con auriculares delante de los ordenadores.
El comisario también está revoloteando por aquí, sumido en una maraña de llamadas telefónicas, sudor y aspavientos.
—¿No vas a parar hasta que te admita en el caso, verdad?
—No.
—¿Y a este de aquí atrás qué le decimos?
—Por cómo resopla, no creo que le ponga pegas a una mano extra.
—¿Y en Enfast cómo se lo van a tomar?
—Todo controlado.
—¿Insausti?
—También controlado.
No me convence tanta seguridad por parte de la inspectora, porque más que seguridad quiere aparentar una especie de control del que no goza. Pero tal y como acababa de decir, una mano extra en este infierno de caso no va a venir mal. Y mucho menos la mano de la inspectora Saavedra.
En efecto, Alamillos no pone ninguna pega, máxime cuando Olga le asegura que en Fugitivos está todo hablado y pactado.
Mando a todos a casa, pero me quedo para esperar a Jaime Delacroix junto al comisario.
El promotor llega con cara de pesadumbre, como si en lugar de estar en su festival estuviésemos en su mismo entierro.
La música resuena a pesar de estar en una cabina y la oscuridad y las luces nos sumergen en una especie de trance por el que tenemos que pasar.
—Señor Delacroix, ha habido otra víctima.
—No me lo creo, ¿dónde? ¿Quién?
El tipo parece genuinamente desconcertado. No es para menos que en dos días hayan liquidado a dos seres humanos en dos festivales.
—Ha sido en Gandía. En otro festival… —inicia Alamillos.
—No me lo puedo creer, pero ese festival también está gestionado por…
—Sí, por su empresa. Señor Delacroix —intervengo.
—Entonces… tiene que ser algo contra mí…
—No se precipite. Usted gestiona casi el cincuenta por ciento de los festivales que se celebran en España en verano.
Yo no diría que es algo personal contra usted, sino simplemente casualidad.
No obstante —levanté la mano para que me dejara intervenir— vamos a tener que investigar todo su entorno.
Así que, antes de pedir una orden a la jueza, le pediría que nos dejase investigar su teléfono móvil, ordenadores, etcétera.
El empresario se queda con la boca abierta y los ojos también en una expresión que, si se viese, sentiría vergüenza.
—Claro, sin problema.
—Necesito también una lista de los teléfonos de sus empleados más cercanos y familia.
—Por supuesto, lo que haga falta.
—Y, sobre todo, que no diga nada a nadie de esto, porque como se filtre a prensa vamos a tener un problema de seguridad grave.
—Desde luego…
Delacroix saca un pañuelo de algún lugar de su bolsillo y se lo pasa por la frente. Le sobran unos kilos, sin llegar a estar gordo, y eso, con estos calores, se paga con sudor.
Me invita a seguirle hasta un contenedor que hace las veces de su oficina personal. Dentro hay un escritorio plegable, dos sillas de camping y un ventilador que no consigue más que remover el aire caliente.Y allí estuvimos charlando durante un buen rato.
Cuando me voy a casa tengo demasiados nombres en la cabeza y me arrepiento de haber mandado a Olga a la suya.
Al día siguiente viajamos en dos camuflados dirección al levante español. Salimos de Madrid antes de las siete de la mañana, pero el calor ya aprieta.
Lo que se suele decir, salir de Málaga para meterse en Malagón. Porque en Madrid hace calor, un calor al que estamos acostumbrados más o menos, pero el calor que presiento que hará en Valencia será distinto. De ese que te empapa hasta los forros de los bolsillos.
Por el camino pongo al día a mi compañera. El paisaje cambia a medida que avanzamos. Campos secos, viñedos, pueblos pequeños.
Conduce Toribio y de copiloto Solís.
En el otro camuflado, Pleite está al volante y viajan, nada más y nada menos, que el comisario y Delacroix.
También viaja, por primera vez, la pepinillo Mansilla.
Solís ha insistido en cederle el sitio en nuestro camuflado, y yo en que a ella también le tocó a veces papelones como este en el pasado.
Alguien tiene que conducir el otro coche, y por eso Pleite no está con nosotros, con mi núcleo duro y de confianza de la Brigada, y a quien quiero tener cerca siempre.
De momento Mansilla no se ha ganado ese honor.
Listín se queda en Madrid con más trabajo que un opositor.
—¿Conoces a alguien de allí, de Homicidios en Gandía? —preguntó Olga.
—Conozco a una persona de Valencia, que supongo que será quien llevará las gestiones ahora.
—¿Es de fiar?
—Bueno…
No prosigo porque, la verdad, no estoy seguro de si sigue siendo de fiar. Noto la mirada de mi compañera en mi sien, aunque yo miro por la ventanilla cómo el sol va levantándose y haciendo necesario el uso del aire acondicionado del coche.
Ella asume, o eso parece, que no debe seguir preguntando y nos sumimos en un silencio que termina en sopor colectivo. Todavía quedan dos horas para llegar a destino, he dormido poco, y me quedo traspuesto.
Un cambio de velocidad repentino, un frenazo, me saca de mi modorra. Estamos llegando a Gandía y hay un atasco que obliga a Lucas a frenar.
—Buenos días, inspector —ironiza Solís.
—¿Ha enviado alguna información nueva Luis?
—Nada.
—Jefe —inicia Lucas—, Luis no da abasto. Creo que deberías pedir apoyo a otras brigadas.
—Toribio, no me calientes más, que no está la cosa para ir pidiendo favores. Estamos en verano, y la gente también tiene que tomarse vacaciones.
—Pero…
—Ni peros ni peras, inspector.
Doy por finalizada la conversación. En parte porque mi compañero tiene gran parte de razón, en parte porque me duele bastante la cabeza. La pequeña siesta me ha hecho más mal que bien, y lo pago con él. Olga toma la palabra.
—Volvemos mañana mismo y damos todo el apoyo necesario a Listín, ¿no, inspector?
Solo asiento con la barbilla.
Después de superar el atasco, callejeamos por Gandía.
Edificios de apartamentos, palmeras, coches aparcados en doble fila.
Llegamos al Anatómico Forense de Valencia.
Han trasladado el cadáver aquí desde Gandía.
Nada más bajar del coche un bofetón de salitre, calor y humedad me golpea en la cara.
El aire es denso, pegajoso. El ambiente huele diferente, más salado.
Y un segundo bofetón me llega cuando la veo.
—Buenos días, inspector jefe Del Olmo.
—Buenos tardes ya casi, inspectora jefe Prados.
Olga nos escolta, y espera que la presentemos, ante la falta de ello, se presenta ella misma; las dos mujeres se estrechan las manos y se sonríen por cortesía.
—¿Qué tenemos, Nuria? —Pregunto.
—Lo que te mandé por mensaje: un cadáver sodomizado y estrangulado hasta la asfixia.
—Bien, ¿podemos pasar a verlo?
—Claro, para eso habéis venido desde Madrid.
Con el permiso del médico forense, bajamos a la sala.
El frío del aire acondicionado contrasta con el calor exterior.
Olor a desinfectante. Examino el cadáver y me doy cuenta de que sin dudas es el mismo autor: ojos vueltos, marca en el cuello de cinturón u otra prenda, y rastros de sodomía en su ano.
—Ni una muestra de ADN ni huellas ni nada —protesta Nuria Prados.
—Ya.
Me la quedo mirando. Por ella no pasan los años, hará unos diez o más que no la veía y tiene el mismo tipín y la misma piel que entonces. Tan solo unas líneas de expresión en los ojos y en la frente. Y alguna que otra ojera, fruto de las tronchas que se pegará o de un insomnio recurrente.
Salimos a la calle y le pido a la inspectora jefe de Homicidios en Valencia que nos dirijamos al enclave del festival sin perder más tiempo. Ella acepta y nos pide que la sigamos.
Cuando nos montamos en el coche, todos me miran con el signo de interrogación. También Toribio y Solís. Diría que hasta el comisario también, que se ha adelantado al recinto del festival de Gandía con Delacroix.
—¿Qué? —Me hago de rogar.
—¿Vas a contarnos qué te traes con la tal Nuria Prados o tengo que llamar a Sofía para preguntarle? —dispara Olga.
—Madre mía…
—Venga, Del, no seas malaje —pide Toribio, manso.
—Fue mi pareja hace una pila de años. ¿Contentos?