Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) SIEMPRE ME DICE
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SIEMPRE ME DICE

En parte tiene razón. Por otro lado, me gusta mi trabajo en Fugitivos.

He detenido a algunas personas que representan la mayor de las escorias de la sociedad: no solo asesinos, también pederastas o narcotraficantes.

En Homicidios pasamos muchas horas delante de un ordenador, en Fugitivos tenemos más trabajo de calle.

Tronchas, persecuciones, entrevistas a vecinos…

Muchas veces es casi como en las películas. Otras no.

Cuando me miro al espejo me digo que es por eso por lo que estoy aquí: para detener a hijos de puta que nadie más ha podido atrapar.

Pero la verdad es muy distinta. Yo solo quiero detener a Aire.

Y cuando lo haga, retornaré a Homicidios.

Porque estoy convencida de que lo voy a hacer.

Aunque me lleve la vida, la detendré. Si no se mata antes, claro. Y si esto pasa encontraré su cadáver.

Mientras tanto, y ahora que apenas tengo dos casos abiertos en ENFAST, quiero ayudar a mis antiguos compañeros. Y también lo hago por mí, porque estuve bebiendo y disfrutando como una adolescente mientras a escasos metros alguien acababa con la vida de otra persona.

Insausti se ha enterado de que fui a hablar con Del Olmo y se trató de acoplar.

Pero no le he dejado. Sé que se va a enfadar cuando sepa que he venido al festival con el inspector.

Y a mí me falta poco para ponerme seria con él y dejarle las cosas bien claras.

Debo dejar atrás mi sentimiento de culpa por su percance en la detención del pederasta belga.

Ya está recuperado, al menos físicamente, aunque sospecho del coco todavía le queda un tanto.

El caso es que voy a charlar con él para dejar de vernos una temporada y limitar el contacto solo a lo profesional.

Hace veinticuatro horas que estuve aquí con él, bebiendo y saltando al compás de la música. Dejándome querer por sus abrazos y sus caricias. ¿Le estoy culpando por no haberme dado cuenta de lo que sucedía?

No.

Al menos eso creo, porque realmente es imposible que yo hubiera detectado al agresor entre tantos miles de personas.

No obstante esto no quita que me sienta culpable.

Y por eso, quizá, me quiera unir a la investigación.

Así que me he puesto uno de mis mejores outfits para un festival, me he traído a Del Olmo, y cuando se ha largado y me ha dejado con Lucas, me he largado yo también a husmear.

Si algo he aprendido en Fugitivos en estos dos años es que hay que mirar muy bien y fijarse en detalles que para otros pasan desapercibidos.

En Homicidios es distinto, hay que fijarse mucho en los detalles de los fallecidos, de los asesinados, en mi actual departamento hay que estar pendiente de los prófugos de la justicia y en muchas ocasiones un detalle tan pequeño como que se encienda una luz en una casa y se observe una silueta, o que un niño pequeño salga a comprar el pan y tabaco en horas en las que debería estar en el colegio, marcan la diferencia entre localizar a un fugitivo o perder su rastro para siempre.

En este mal llamado juego del gato y el ratón que se mantiene entre el investigador de homicidios y el responsable de los crímenes, también permite un espacio para esta observación.

Me he pateado todas las zonas de detrás de los escenarios.

Cables por el suelo, cajas de material apiladas, gente del staff fumando en corrillos.

El autobús donde apareció el cadáver de Oliver Asensio está acordonado y vigilado por compañeros de Seguridad Ciudadana.

Hay baños químicos que usan los trabajadores del festival, ubicados en lugares con poca iluminación y un tanto retirados, sin vigilancia alguna.

El calor aquí detrás es casi peor que en el recinto, sin aire, sin movimiento.

Es entonces cuando lo diviso: uno de esos baños está especialmente oculto, detrás de unos totems de publicidad.

Un lugar ideal para esnifar, tener sexo o liquidar a alguien.

Y lo que más me molesta es que no está vigilado. Y, además, no llevo encima el hierro.

Me acerco con sigilo y cuando estoy a punto de llegar sale un tipo con una camiseta oscura. Al verme sale disparado a pesar de que le doy el alto y se pierde detrás de unos árboles.

Dudo, y esa duda es lo que puede determinar el éxito o el fracaso de una detención. Antes que la detención está el deber de socorro.

Abro la puerta del wc y me encuentro una chica subiéndose las bragas.

—¡Ey, que está ocupado!

—¿Todo bien?

—Cierra, haz el favor.

La chica tira la puerta y cierra de golpe.

—¿Está todo bien? —repito detrás de la puerta.

Tarda un poco en responder. Toco con los nudillos. Saco la placa para tenerla preparada. Ella sale y al verla se lleva las manos a la boca.

—Perdón, no hemos hecho nada…

—No estoy aquí como policía de la censura ni soy de estupefacientes. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?

—Estoy bien, ha sido un apretón… ya me entiendes.

La escruto de arriba abajo.

—¿Tienes autorización para estar aquí?

—Tengo un pase VIP. El chaval es del festi. Me ha dicho que no había problemas.

—¿Ha ido todo normal? ¿No ha sido violento?

Ella suelta una carcajada.

—Perdona, pero qué va, todo lo contrario.

Sonríe y se tapa la boca. Le tomo los datos, por si acaso y le acompaño a la zona de los conciertos. Me identifico para que no me pongan problemas y la chica se despide con un gracias.

Después de este incidente accedo al foso de periodistas y fotógrafos gracias a mi identificación policial. La multitud es densa aquí delante. El escenario está a pocos metros. Las luces cambian de color y me ciegan por momentos. El sonido es tan potente que lo siento en el pecho.

Escruto los rostros, casi todos están pendientes del concierto. Algunos del móvil. Otros charlan entre ellos. Algunos labios se besan. Otros lo intentan. Hay buen ambiente. Mucha gente sin estar demasiado lleno.

Me salgo del foso y meto al barullo, como se suele decir, al centro de la pista.

Como voy yo sola me es relativamente fácil serpentear entre el personal.

Me fijo de nuevo en más rostros, casi todos de felicidad.

Una chica besa a otra chica. Un chico besa a otro chico.

Un grupo de amigos se abrazan y saltan al ritmo de las guitarras.

Los artistas cantan y sudan en medio de esta terrible ola de calor.

El sudor me corre por la espalda. Me está empezando a afectar a mí también.

Me vuelvo a mover en dirección a las barras, necesito beber algo.

Entonces lo veo, apostado contra un lateral del escenario. Con una cerveza en la mano y el radioteléfono en la otra. Está guapo, para su edad y sus problemas, la verdad es que es un tío atractivo.

Y justo a mi lado, veo a otro tipo más que sospechoso que me mira con una sonrisa.