LA HIPPIE
L a gente va vestida de una forma que a mí me recuerda mucho a mi época de hippie.
No es que yo viviera los sesenta, pero en los ochenta hubo algo parecido.
Otros tiempos, otra estética, pero las mismas ganas de llamar la atención y de sentirse diferentes: camisas multicolores, purpurina a mansalva, gafas de todos los tamaños, formas y tonos, etc.
El recinto está iluminado con focos de colores que barren la multitud. El sonido del bajo retumba en el pecho. Hace calor todavía, a pesar de que ya es de noche.
Mi presencia no pasa desapercibida y casi todos me ceden el paso. Por fin llego a la zona de la barra en la que habría de estar Olga Saavedra, según la información que Toribio me ha dado.
La barra está llena de unos camareros que parecen la fábrica de una cadena de montaje: no paran de tirar cañas y servir copas sin tiempo para el descanso.
Hay gente amontonada pidiendo bebidas. Detrás, una zona más despejada donde algunos descansan sentados en el suelo. Y es ahí po donde me voy deslizando.
La música está bastante alta y no me suena el grupo que está tocando, aunque he de reconocer que tienen buen ritmo. También reconozo que a mí me sacan de Depeche Mode, Pet Shop Boys, U2 y poco más, y me pierdo mucho en esta amalgama de sonidos musicales que parece epidemia en los últimos años.
A pesar de que son casi las diez de la noche y se supone que es uno de los grupos estrella, no hay demasiada gente. También es cierto que el control de la entrada está siendo exhaustivo y, según me han comunicado, hay unas colas kilométricas.
Me pido una cerveza sin alcohol y cuando la chica me pide que la abone antes le saco la tarjeta y me mira con cara de pocos humos señalándose su muñeca derecha adornada por una pulserita multicolor con un rectángulo de plástico en el centro.
Mi cara debe de decirle que no entiendo y ella se me acerca para indicarme que necesito pulsera para pagar; le digo que no tengo pulsera y me pregunta si me he colado.
Me mira de arriba abajo y se da cuenta de que no me he podido colar.
Se va y me dice que consiga una pulsera o alguien que me pueda invitar.
A mi lado hay una chica de no más de veinte años que ha presenciado la jugada.
Viste una falda que parece lavada con agua caliente y un top que parece la parte de arriba de un bikini.
No cabe duda de que llama la atención a pesar de su dentadura desalineada y sus ojeras.
Llama a la camarera y le pide una cerveza para ella y otra para mí.
Me mira y me sonríe.
La chica pone la pulsera en una especie de datáfono que lleva la camarera y cuando da por bueno el pago se marcha a por la bebida.
—Eh.. ¿Cuánto te ha costado? Me llevo la mano a la cartera para entregarle un billete.
—Eres el puto amo por colarte. No te preocupes que yo te invito.
—No me he colado.
La chica se acerca y me entrega un vaso de plástico con la cerveza. Hago un gesto de asentimiento para agradecérselo. Ella me sonríe.
—¿Te veo luego?
—No sé —digo encogiéndome de hombros.
La muchacha se pierde entre la multitud dando botes al ritmo de la música. Solo espero que no acabe en manos de la persona que estamos buscando.
Me muevo un poco y me coloco en un lugar en el que obtengo una vista parcial del escenario.
Las luces cambian de color con cada canción.
Azul, rojo, verde. El público levanta los brazos.Los tipos que tocan son la típica banda británica o yanqui compuesta por el batería, el bajo, el guitarra y el solista.
No me entero muy bien de las canciones, pero me doy cuenta de que saben manejarse en directo como tiburones en el mar.
Al público lo tienen entregadísimo, y yo no paro de mirar en todas direcciones sin saber muy bien qué buscar.
Intento comunicarme con Toribio por el walkie de largo alcance con el que nos hemos hecho para saltarnos la barrera de la falta de cobertura. Lo hago con el mayor disimulo posible, con el aparato dentro de la riñonera en la que lo he metido al festival.
Me confirma que todo está en orden excepto los accesos al festival, donde los controles siguen reteniendo a cientos de jóvenes y se ha producido algún que otro altercado.
Tiene controladas todas las cámaras y la parte del backstage de los distintos escenarios, así como las zonas menos transitadas están bajo control por diversos agentes de seguridad ciudadana y también algunos compañeros de paisano de otros departamentos.
Suspiro y doy por finalizada la conversación. Me doy cuenta de que es muy improbable que el criminal vuelva a actuar allí esta misma noche. Entre otras cosas porque este tipo de asesinos suelen dejar un tiempo prudencial, más o menos largo, entre uno y otro crimen.
Es entonces cuando la veo, a unos veinte metros. Contoneándose entre la multitud junto a la zona lateral del escenario.
Con una actitud más que sospechosa.
Sospechosa de estar pidiendo guerra. O al menos simulándolo.
Se gira y me encuentro con sus ojos. Ella sonríe.
La inspectora Saavedra se mueve al ritmo de la música muy pegada a un extraño.
Ríe, o hace que ríe. Se acerca a la oreja del tipo, le cuenta algo.
El tipo sonríe y la abraza. Ella se deja abrazar.
La canción se detiene y él hace un gesto con la mano.
Que si quiere tomar algo. Ella le muestra el vaso.
Que no. Él sonríe y hace otro gesto que no entiendo bien.
Y es entonces cuando caigo en que estamos pendientes de los resultados toxicológicos de la autopsia, para saber si la víctima presenta restos de droga en su organismo.
Olga niega con la cabeza. El tipo insiste, se pone pesado.
Se nota en su lenguaje corporal la insistencia.
Olga se detiene en seco y se separa. El tipo le agarra del brazo. Ella se suelta.
Decido que me voy a acercar hasta ellos.
La gente me deja pasar. Doy las gracias y pido permiso.
Advierto que Saavedra está a punto de atizarle al maromo y justo en ese momento la llamo a gritos.
Se gira hacia a mí. Sonríe. El tipo la vuelve a agarrar del brazo para que lo mire.
Y entonces ella se marcha de su lado y se encuentra conmigo.
Me da un abrazo y pega su cara a la mía.
Y en ese momento, con el ruido del festival alrededor y el olor de su pelo tan cerca, no sé si es un sueño o está ocurriendo de verdad. Pero, por primera vez en el tiempo que llevo conociendo a Olga Saavedra me invade un deseo sexual.
Deseo que se evapora cuando escucho la voz del tipo al lado. Olga se gira y le propina una patada en la espinilla que le dobla. Le agarra del cuello y me lo pone a la altura de mi cara.
—Hola, muchacho. Soy el inspector Del Olmo. ¿Nos acompañas a hacerte unas preguntitas?
El tipo no entiende nada. Olga se dispone a esposarlo. Y es en ese momento cuando me suena de nuevo el walkie.
—¿Qué quieres, Toribio?
—Jefe. Lo ha vuelto a hacer.
—¿En serio? ¿Pero cómo? Joder, si está todo blindado.
—No, no. No ha sido aquí.
—¿Entonces?
—En otro festival, en la costa mediterránea.
Me fijo en la cara del tipo que Olga sigue atenazando por el cuello. Le sonrío. Me dan hasta ganas de darle un beso. Si no fuera porque tenemos otro fiambre a no sé cuántos kilómetros de allí.