DEJA QUE LEA TU MANO
U na vez me leyeron la mano en una feria de esoterismo.
La supuesta vidente me dijo que tenía la línea de la vida muy larga, pero que en el amor lo veía más complicado.
Como estas cosas no hay que tomárselas muy en serio, pensé que lo mismo se había equivocado e invertido las líneas: viviría poco, pero tendría mucho amor.
Al menos amor carnal. De eso nunca me ha faltado, la verdad.
Hombres y mujeres, mujeres y hombres indistintamente han pasado por mi boca y por mi entrepierna.
Y aunque yo solo me he enamorado una vez, de mí lo han hecho decenas de veces.
Y esto no es vanidad, es lo que cartas, mensajes, regalos y hasta una pedida de matrimonio atestiguan.
Estoy en el suelo de la habitación, con la espalda apoyada contra la cama.
La guitarra descansa sobre mis piernas cruzadas.
La luz de la tarde entra por la ventana y calienta las baldosas.
El aire acondicionado zumba en la pared, pero apenas consigue refrescar el ambiente. Llevo dos horas aquí, tocando.
Pero dejando esto de lado, aunque en parte con cierta relación, voy a seguir hablando de mis manos. Me duelen de tanto tocar la guitarra.
Cada vez me supone mayor esfuerzo darle a las cuerdas.
Pero para componer la canción que estoy terminando, he de hacerlo.
No sé componer sin música de fondo. Hay autores que primero crean la letra, y después la música.
A mí me es imposible hacerlo de esta forma.
Y por ello cada día me cansa más la música.
Lo que no me cansa es recordar las sensaciones de anoche.
Quizá deba encauzar mi carrera por ese lado.
Lo malo es que no te pagan por matar a gente.
Bueno sí, los sicarios. Pero esos matan solo por obligación, porque no les queda otra para sobrevivir.
Yo lo haría por placer. Lo estoy haciendo por puro placer.
Solo me falta un pequeño gran detalle: la banda sonora.
Sobre la mesilla, al lado de la cama, hay un cuaderno abierto con páginas llenas de versos tachados y correcciones por todas partes.
No termino de componer la maldita canción con la que me puse desde que se me pasó esta idea por la cabeza.
La he escrito y borrado decenas de veces.
La melodía sí, eso no me resulta fácil. Las letras es otra historia.
Quizá deba empezar por un detalle de la víctima. Algo de su físico o de su personalidad.
Dulce por fuera, oscuro de espaldas
Late en la niebla, un mundo de trampas.
El tal Oliver era un tipo simpático, dulce, cuando se metió en el autobús cambió, viró a una bestia sedienta de sexo.
Sospecho que después de ser el que recibía, le hubiera gustado pasar a ser el que daba.
Y yo no estoy por la labor. Ya pasó ese tiempo hace años.
Esos dos versos es lo único que se me ha ocurrido en todo el día. Y no son muy allá.
Voy a seguir destrozando mis pulpejos hasta que todo cuadre un poco más. Hasta que caiga la noche y quizá me inspire, tanto para escribir, como para repetir.