A LAVAPIÉS
M is oídos no van a poder disfrutar de la música esta noche.
La llamada ha sido del comisario y su «melodiosa» voz es lo único que oigo.
—¿Dónde coño andas, Del Olmo?
—Llegando al festival, ¿qué pasa?
—Luis lleva llamándote quince minutos.
Reviso mi lista de llamadas y no encuentro nada de Listín, ni en los mensajes tampoco.
—Será la cobertura aquí, no tengo ni idea. Podía haber usado las transmisiones de radio.
—Pues también es verdad. A mí me ha llegado una comunicación suya por mensajería interna. Le he llamado y al parecer hay un sospechoso.
Olga lo está escuchando y sus ojos parecen los de una escena de dibujos animados cuando uno de los personajes está a punto de estamparse contra algo.
—¿Está usted con Toribio?
—Sí, ¿por qué?
—Pásamelo
Se produce un silencio.
—¿Dónde andas, Del?
—En el recinto, ¿cómo lo llevas?
—De momento tranquilo ¿Cómo lo vamos a gestionar?
—¿El qué?
—El sospechoso estuvo ayer por aquí, pero Listín dice que su teléfono hoy está geolocalizado en su casa.
—¿Pero ya le ha dado tiempo a tramitar la orden con Torres?
—¿Todavía no eres consciente de la dimensión del caso, o qué? Te estás haciendo viejo, jefe.
—No me toques los huevos y déjame pensar.
Me paso la mano por la cabeza unos segundos. La mirada inquisitiva de Saavedra me atosiga. No puedo discurrir con la claridad necesaria. Así que hago lo primero que se me pasa por la cabeza.
—Olga, te quedas con Toribio. Al loro de todo lo que ocurre en las cámaras. Me llamas a la mínima.
—¿Con quién te vas?
—Solís y Pleite que tienen que estar al llegar.
—Me gustaría ir contigo.
—Voy a pedir apoyo de la UIP. No puedes venir a interrogar a un sospechoso, lo sabes —Me mira y calla—. No te separes de Lucas en ningún momento, te lo pido por favor.
Ella mueve la cabeza y sale del camuflado. Bajo la ventanilla y nos volvemos a mirar.
—Ten cuidado en Lavapiés, anda —dice y se marcha a paso ligero.
Me quedo observando su estilizada figura mientras marco el teléfono del inspector jefe de la UIP. Después de solicitar el apoyo de una unidad, me pregunto por qué coño no exijo a Saavedra que deje Fugitivos y vuelva a casa, es decir, a Homicidios.
A los pocos minutos llegan Solís y Pleite, con los que me había citado a la entrada del parking.
Al volante se pone la oficial y el subinspector a su lado. Nos largamos haciendo ruedas de aquel polvoriento parking del festival con una desazón que me acompañará todo el trayecto.
La oficial Solís conduce como si estuviera en un rally.
Se está acercando a las dotes automovilísticas de Olga, por lo que no permite un momento de relax.
Traza las curvas de forma más forzada que la inspectora, pero a mayor velocidad.
Pleite saca el luminoso para evitar las multas y la A42 no va demasiado congestionada, pero ya dentro de la zona centro la cosa se complica.
Un viernes tarde de mitad de julio.El paseo de Santa María de la Cabeza está atascado con tráfico de fin de semana.
El distintivo policial nos ayuda a colarnos y poco antes de llegar a la plaza de Lavapiés le pido al subinspector que retire la sirena para evitar malos rollos con los vecinos del barrio.
Aparcamos en la plaza de carga y descarga de un supermercado. Lavapiés a estas horas está lleno de gente en las terrazas. Hay música saliendo de los bares y el calor todavía es pegajoso.
—Todavía no ha llegado la UIP. ¿Qué hacemos?
—Si quieres subimos a preguntar…
Les miro y escruto sus microgestos faciales.
—¿No preferís esperar?
—Es solo un individuo, jefe, y no creo que tenga armas de fuego —replica Amaya.
—Id con cuidado, eh.
—¿Te quedas solo, jefe? —pregunta Solís.
—Tranquila, voy a intentar comunicarme con Toribio a ver qué se cuenta.
La casa en cuestión está a cien metros por una de las calles que sale de la Plaza de Lavapiés. Confío en mis dos policías como un niño lo hace en su madre, y como tengo la mente en otro sitio, en cuanto cierran la puerta del coche llamo a la inspectora.
No da tono, y eso me pone de los nervios.
—Putos festivales…
Recibo un mensaje de Pleite que dice que nadie contesta en la casa del investigado. Quizá nos hayamos precipitado en venir a interrogarlo en lugar de seguir sus movimientos durante un tiempo. No sé si es el maldito calor o el agobio que siento por el festival o qué me está pasando.
Saco un poco la cabeza por la ventana, porque el sol ha virado y se cuela por el parabrisas, y a pesar de que esté bajo, calienta más el coche. Llamo a Olga de nuevo y sigue sin dar tono. Saco la cabeza por la ventanilla y no sé si es peor, porque no corre ni una chispa de aire.
Y es entonces cuando la veo. Compruebo su ficha policial en el teléfono y tiene que ser ella.
Morena, musculada y con una bolsa del supermercado.
Acaba de salir del mismo y se dirige hacia la calle en la que supuestamente vive.
Llamo por teléfono a Solís que no me lo coge.
Repito con Pleite y tampoco. En ese momento aparece una lechera de la UIP que se detiene en el mismo centro de la Plaza de Lavapiés.
La sospechosa se detiene en seco. Como si percibiera el peligro. Quizá años de malvivir al otro lado de la ley le han granjeado ese sentido extra que parecen desarrollar muchos delincuentes. Se da la vuelta y camina ligera pero sin correr hacia donde me encuentro. Abro la puerta del coche.
—Disculpe, ¿sabe dónde está la calle Zurita?
—Sí, esa de ahí —señala con el dedo—es mi calle.
Lo dice sin detenerse.
—Espere un momento…
—Tengo prisa
—Si vive allí a dónde va con tanta prisa…
Se da la vuelta y se encoge de hombros. Vuelvo a llamar a Solís y me lo coge.
—Venid cagando hostias al coche que la sospechosa está aquí.
—Estamos llegando, jefe, los de la UIP han llegado.
—Ya lo sé, ya.
Procuro seguir con la vista a la sospechosa y bajo del coche. La sigo lo más rápido que puedo, mirando hacia atrás mientras mis policías llegan.
—Ha doblado por esa calle. Daos prisa la madre que os parió.
Pleite y Solís se llevan la mano a la axila y se ponen a correr.
Yo voy mucho más lento que ellos y cuando consigo doblar la esquina, avanzo unos metros y lo veo.
La sospechosa blande en la mano una silla que no sé de dónde carajo la habrá sacado, y amenaza a mis policías.
Pleite tiene la cacharra en la mano pero no apunta.
Solís, con los dos brazos en alto, trata de poner calma.
Varios curiosos se han parado y alguno graban con el móvil. Otros increpan al subinspector.
—Señorita… Laínez. ¿Verdad? —pregunto nada más llegar.
—¿Cómo coño sabes mi nombre?
—Digamos que me lo han chivado. Solo queremos hacerte unas preguntas, pero como no sueltes la silla y se te ocurra agredir a alguien vas a acabar con tus huesos en comisaría esta noche, y te recuerdo que hay festi…
La cara de la chica se descompone.
—¿De qué estás hablando, gilipollas? —replica.
—Mira, tengo a seis maderos armados hasta los ojos a cien metros de aquí, los que has visto en la lechera que te ha hecho darte la vuelta —le muestro mi teléfono—. O bajas la puta silla y te vienes con nosotros a nuestro coche, o vienen y revientan.
La chica duda, si acaso por primera vez en su amenaza. Poco a poco baja la silla y una vez en el suelo se sienta en ella, cruza las piernas y apoya sus codos sobre ellas y la cabeza sobre sus manos.
—¿Tanto despliegue por un poco de eme?
Me acerco hasta ella y examino su rostro. Es mayor, y la mezcla de las innumerables cirugías y las marcas de la edad le han quitado el atractivo que, posiblemente, tuviera en sus primeros días del cambio de hombre a mujer.
—No, cariño, a nosotros nos da igual que trapichees con eme, perico o incluso con fentanilo. A mí lo que me importa son tus antecedentes por usar eso que tienes entre las piernas sin permiso.
La chica hizo una mueca de esas que dejan claro que la cosa no pinta bien.