Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) LE DA UN TONO ROJIZO
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LE DA UN TONO ROJIZO

E se tono rojizo del cielo tan característico de Madrid se agradece más que nunca.

Sobre todo porque eso implica que el astro rey está ya por ocultarse.

En estos tiempos no hay nada que se agradezca más que nuestra estrella se oculte en el horizonte y deje de castigarnos como lo ha hecho en el día de hoy.

Acabo de leer en un diario digital que se han alcanzado temperaturas de cuarenta y ocho grados. Una barbaridad.

Circulamos por una avenida próxima al recinto y el tráfico se ha vuelto denso.

Hay coches aparcados en doble y triple fila y grupos de gente joven que serpentean entre ellos por las aceras y por la calzada irradiante con mochilas, botellas de agua.

Algunos llevan ya las camisetas esas de flores de colorines.

Se oyen bocinas y risas y se huelen las ganas de pasarlo bien.

—¿Qué vas a hacer cuando me dejes en el recinto? —pregunto.

—Aparcar y entrar al festival con mi pulsera.

Me enseña una pulsera de color naranza y azul con un cuadradito de plástico con el logo del festival.

—¿Y si necesitan el K en la Brigada?

Olga frena con brusquedad y se arrima al arcén derecho. Un taxi toca el claxon al pasar. Conecta los intermitentes, echa el freno de mano con un ruido que parece buscar la provocación y se gira en el asiento para fijar sus ojos grises, intensos, en los míos.

—Inspector Del Olmo. Si alguien necesita el camuflado en el que transporto tus huevazos, que te llame a ti y venga a por él. Que tú estás de servicio y, que yo sepa, lo necesitas para moverte. Yo no lo estoy y te estoy haciendo el favor.

Levanto las manos pidiendo calma.

—Vamos a suponer que, digamos, te dejo curiosear.

—¿Curiosear? —dice, indignada.

—No puedo meterte en el caso así como así, habría que hacer unas gestiones que ahora mismo no podemos.

—Inspector, tienes un arma para poder colarme en el caso sin mucha tontería burocrática.

—¿Cuál?

—Que, según me has contado, el propio promotor no está contento con que se estén celebrando los conciertos en el día de hoy —mi cara de extrañeza propicia que se siga explicando—. Sí, Alamillos no te va a poner pegas cuando le restriegues que tú tenías razón.

Resoplo. Le aguanto la mirada. Ella también.

Sonrío. Ella también, una curva mínima en sus finos labios.

—Pon el luminoso y vamos a entrar ya que deberíamos estar allí hace dos horas.

Me hace caso. La sirena se enciende con su gemido característico. El coche acelera. La gente en las aceras se gira a mirarnos. Algunos apartan para dejarnos pasar.

A medida que nos acercamos al recinto, la aglomeración aumenta. Colas en los accesos. Gente con cervezas en la mano esperando. Desde dentro nos llega el sonido de los primeros conciertos de la jornada.

Gracias a la sirena, llegamos al recinto en cinco minutos. Los compis de Seguridad Ciudadana nos hacen un pasillo para acceder a la parte posterior del recinto.

Olga aparca junto a varios furgones de policía. Apaga el motor.

Justo cuando me dispongo a bajar del coche, una llamada del Comisario Alamillos no augura nada bueno.