Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) TAN EXTRAÑO
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TAN EXTRAÑO

El trayecto al Instituto Forense no lo hago con Lucas, ya que se debe personarse de inmediato en el recinto del festival. Él será el encargado de supervisar todas las cámaras de seguridad, incluidas las de los accesos a zonas reservadas al staff.

¿Quién me lleva?

—¿Crees que Delacroix era sincero con lo de cancelar su propio festival?

—Por su reacción creo que sí. Dice que no conoce a la víctima, pero la cara que ha puesto cuando se lo he dicho, me ha dado que pensar.

—¿Supongo que vas a investigar a todo su entorno, no?

—Y a todo su equipo de trabajo. Ya están tramitadas las órdenes a su señoría para el rastreo de teléfonos móviles.

—¿Y no le pones rabo a él?

—Está en el festival, Olga, se lo pone él solito. Si hasta Alamillos va a asistir. No va el DAO de milagro.

—¿Y nosotros no vamos a ir?

—Pero ¿tú no ibas de público?

—Hoy no tenía pensado. No me gusta casi ningún grupo. La idea era volver mañana.

—Bueno, pues si quieres asistir como público no seré yo el que te lo prohiba. Como inspectora, pues no, la verdad.

—Estás pesadito.

No la contesto. Por una parte quiero que se incorpore al caso, por otra no. Sí, lo reconozco, es una especie de castigo mezquino por la espantada que me dio cuando se fue a Fugitivos después de lo de Aire.

Cuando llegamos al anatómico, Olga aparca en la zona reservada para policía.

Bajamos. El edificio es de ladrillo rojo, cuatro plantas, ventanas pequeñas.

Entramos por la puerta principal. El vestíbulo tiene el suelo de baldosas grises.

Aire acondicionado potente. Un guardia de seguridad nos saluda con un gesto. Conoce el camino de sobra.

Bajamos al sótano y nos llega, de nuevo, ese olor mezcla de formol, mezcla de desinfectante tan característico.

Ramos nos espera sentada en su despacho.

Un espacio pequeño con una mesa metálica, estanterías llenas de archivadores y manuales médicos.

En la pared, diplomas enmarcados. Lee una publicación médica, que abandona sobre la mesa en el acto cuando entramos.

Le presento a la inspectora Saavedra; se saludan con una cortesía tan formal como distante.

—Hay algo que me extraña mucho en este individuo.

No me muestro ansioso, creo que es del tipo de persona que prefiere hablar en lugar de escuchar. Aunque todavía la conozco poco, prefiero no atosigarla a preguntas y Saavedra, más lista que el hambre, calla con la precisión de un mudo, como diría el cantante.

Ramos se levanta. Nos indica que la sigamos. Salimos del despacho y caminamos por otro pasillo más estrecho. Al final, una ouerta de metal con un cartel: "Sala de Autopsias - Personal Autorizado".

La forense se acerca a una de las neveras donde reposa lo que queda de Oliver Asensio.

La sala está a baja temperatura. Las paredes son de acero inoxidable.

Hay cuatro neveras industriales contra la pared del fondo.

Una mesa de autopsias en el centro, vacía y limpia.

La luz fluorescente tan pálida como los cadáveres nos da la bienvenida.

Abre y desliza la bandeja metálica y, cuando esta llega al tope, abre la cremallera de la bolsa de plástico.

El sonido de la cremallera resuena en el silencio.

El rostro de un muchacho que veinticuatro horas antes debió de ser muy guapo refleja ahora una extraña calma.

La doctora le ha cerrado los párpados con esparadrapo; por la mañana, según me cuenta, los tenía abiertos y la impresión resultaba escalofriante.

—No hay ni un solo resto en el ano. De nada. Ni de fluidos ni de látex ni de nada.

—¿Lo penetró con un objeto? —pregunta Saavedra.

—Es lo que he llegado a pensar, pero no hay desgarros. Cuando se introduce algo por el recto con objetivo sexual, suele haber desgarros por todos lados. Los tejidos de este chico muestran la actividad sexual, pero nada fuera de lo habitual.

—No quiero ser grosero, doctora —toso—. ¿Cabe la posibilidad de que el ano del sujeto… —no me atrevo a continuar.

Saavedra tose y me complementa, como si fuéramos un dúo cómico.

—El inspector argumenta si el tipo ya lo traía dilatado de casa o algo así.

—No sé —inicia la doctora algo cortada—, por muy acostumbrado que esté, por muy dilatado, no es compatible con unos tejidos casi intactos.

Olga y yo nos miramos. Por primera vez en mucho tiempo, en un caso, percibo en su rostro la misma perplejidad que seguramente refleja el mío. Una duda compartida.

—Se me ocurre… —inicia la doctora.

—¿Sí?

—Es que es un poco truculento, inspectores —la noto ruborizada y me extraña en una mujer que parece tan segura de sí misma.

—Arránquese, doctora, estamos un tanto perdidos y muy mal de tiempo —la animo con el tono más conciliador que puedo.

—Hay extensores de pene, los usan algunos hombres que… bueno, ya saben.

Ni se me pasa por la cabeza preguntar cómo es que una forense recia como la doctora Patricia Ramos conoce de la existencia de semejantes artilugios. Y lo que hago es todo lo contrario: alabar su profesionalidad.

—Le agradezco la explicación —inicio—. No obstante, ¿cómo se puede introducir eso en un festival de música?

—Poder se puede —replica Olga—. La pregunta es ¿qué clase persona lo haría?