EL CIELO HA DESPERTADO
—No caerá esa breba, inspector —comenta Toribio, mientras ambos miramos por la ventana de mi despacho.
La verdad es que una buena tormenta sería lo que necesitaríamos para que se cancelase el maldito evento. Aunque sospecho que ni con esas lo habrían suspendido
—Se han duplicado los efectivos de seguridad ciudadana, según me ha dicho el comisario —dice Jaime Delacroix, promotor musical, máximo responsable del festival de la discordia, que está sentado frente a mí—. Y nosotros hemos triplicado la seguridad.
—Dígame, Jaime, y permítame que le tutee. ¿En cuatro horas han encontrado a más de cien personas cualificadas —hago énfasis en esta palabra— en seguridad?
El tipo se queda callado unos segundos. Si hubiera contestado con cualquier evasiva, o respondido sin responder como hacen la mayoría de los políticos o dicho cualquier chorrada le habría creído. Esos segundos de duda son los que le dejan en evidencia.
—Nos los han mandado de la agencia de trabajo temporal. Ellos tienen una base de datos amplísima, y hemos ofrecido un buen sueldo. Es temporada alta de este tipo de eventos y hay mucho personal deseando trabajar. Vienen desde otras partes de España, no solo desde Madrid.
—Precisamente por ser temporada alta debería haber menos oferta, señor Delacroix. ¿Me está diciendo que gente que vive en Valencia se ha venido a pagarse un hotel en Madrid…
—No sé de dónde vienen, lo mismo desde Segovia, o de Toledo, o de Guadalajara —me interrumpe—. No es la primera vez que me pasa algo parecido.
—¿Perdón? —interviene Toribio— ¿Ha ocurrido algún otro asesinato en alguno de los festivales que organiza?
—No, no es eso. Pero sí he reunido a mucha gente para trabajar en poco tiempo porque se te dan de baja a última hora o por una protesta sindical o por cualquier cosa.
Es un terreno en el que me muevo bien, llevo más de veinte años organizando festivales, conciertos y todo tipo de eventos masivos.
Yo sé que están preocupados, yo también lo estoy, faltaría más.
Pero la seguridad va a ser máxima. También hemos contratado más cámaras y personal con la empresa de videovigilancia.
—Y ahí es donde quería yo llegar, señor Delacroix —digo— ¿Por qué dos cámaras que cubren el acceso a la zona de detrás del escenario no funcionaban?
—¿Cómo dice?
Una hora antes de que llegue el tal Delacroix a la Brigada, nos llegan las imágenes de la empresa que gestiona las cámaras de seguridad del evento.
Comprobamos a toda velocidad el metraje y nos encontramos con que dos de las cámaras estaban desactivadas desde poco después del inicio de los conciertos.
Con lo cual, a la hora a la estimada del asesinato, ninguna de ellas estaba operativa.
Después de explicárselo, el tipo parece sinceramente sorprendido.
—No lo sabía, la verdad. No sé qué decir
—Entonces dígame qué sabe de Oliver Asensio.
—¿Quién es?
—¿No lo conoce?
—No me suena.
—Es la víctima, señor Delacroix —comenta Lucas.
Por segunda vez en menos de un minuto, el tipo se muestra sorprendido. Se diría que su rostro pierde un tono de color.
—¿Tendría que conocerlo?
—Vaya, si trabaja para usted.
—¿Perdón?
—Lo que oye, es miembro del staff técnico de sonido.
El tipo se levanta con la mano apoyada en el pecho. Ha empezado a sudar. Cabizbajo, me pide un vaso de agua. Lucas sale un momento del despacho en su busca.
—¿Quién de su equipo pudiera conocer a Oliver, señor Delacroix? —Pero Jaime Delacroix no responde, está ensimismado—. ¿Jaime?
—Sí, perdone.
Toribio regresa y le entrega el vaso de agua fresca. Jaime lo engulle de un trago.
—¿Qué hora tiene, inspector?
Me extraña que me haga esa pregunta cuando en la mano luce un Omega de esos de más de mil euros.
—Las cinco y cuarenta minutos. ¿Por qué?
—¿Puede avisar al comisario?
—¿Para qué?
—Quizá tuviera usted razón.
Toribio y yo cruzamos miradas. Marco del número del comisario. No sé si me va a dar tiempo.