Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) CUMPLA SU PAPEL
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CUMPLA SU PAPEL

C on frecuencia me asalta la duda sobre mi capacidad para cumplir el papel que me he asignado. O que me han asginado.

Pocos kilómetros después, el paisaje empieza a cambiar. El asfalto cambia a campo, seco, eso sí. El aire que entra por la rejilla del aire acondicionado tiene algo diferente, una humedad que no estaba antes.

El hecho de estar un tanto confusa es una constante que me acompaña desde la infancia.

Mis padres depositaron en mí expectativas elevadas; de ahí las clases de piano desde los cuatro años y su insistencia hasta que accedí a cursar estudios en el conservatorio.

Al principio, la disciplina me resultó ajena, incluso ingrata.

Con el tiempo, llegué a encontrarle un cierto acomodo, una costumbre.

Sin embargo, ese mismo transcurrir del tiempo fue el que sedimentó en mí una aversión soterrada hacia la tiranía de los instrumentos, el canto, la composición y todo el detrito que inevitablemente arrastra una pretendida carrera musical.

La perspectiva externa suele ofrecer una visión edulcorada: actuar sobre un escenario ante miles de personas, el espejismo de los discos vendidos, la anécdota de los admiradores que se tatúan fragmentos de tus canciones.

Basura. Propaganda. Sueños rotos.

Recuerdo una espléndida tarde primaveral en la que tuvo lugar la primera actuación de la orquesta del conservatorio.

El auditorio tenía techos altos con molduras doradas.

Olía a madera nueva y a limpio. Yo interpretaba el piano y tenía asignado un solo de voz.

Contaría entonces nueve o diez años. Aún hoy ignoro si la elección del profesorado obedeció a mis aptitudes o a la discreta pero persistente influencia de mis padres, quienes mantenían un contacto frecuente con la dirección del centro.

El caso es que, llegado el momento de mi solo, no experimenté el menor atisbo de nerviosismo.

Se supone que debería haberme atenazado el miedo escénico, esa parálisis tan comentada.

Pero no; mi ejecución fue impecable, tanto en la parte vocal como en la pianística.

Mis padres no cesaron de aplaudir y, como recompensa, me ofrecieron un viaje a Eurodisney.

Nunca entendí bien el porqué; ni las películas del ratón ni, mucho menos, las edulcoradas historias de sus princesas, figuraban entre mis preferencias.

Aquella performance me granjeó una sólida reputación entre los profesores.

El efecto contrario se produjo entre mis compañeros.

Se afirma a menudo que los niños pueden ser crueles.

Y, ciertamente, en el microcosmos de la formación musical, esa crueldad alcanza cotas de particular refinamiento.

Jamás olvidaré la jugarreta de aquella desgraciada.

Me sacaba dos años. Poseía una voz notable y una técnica con el violín más que solvente.

Al parecer, le causó un profundo malestar que no le hubieran concedido a ella una intervención solista. Y lo pagó conmigo.

Una tarde me invitó a ensayar en su casa.

Un piso luminoso en Chamberí, con parqué que crujía bajo los pies.

Me dijo que tenía un piano y que podríamos preparar un dueto y proponerle al profesor una actuación.

Lo cierto es que yo no contaba con muchas amistades en el colegio; que una alumna mayor, y de un virtuosismo tan reconocido, me invitara a su domicilio con un pretexto musical, en aquel momento, captó mi interés. Maldita la hora en que acepté.

Me extrañó que estuviese sola en casa. Al fin y al cabo, no tendría más de doce años. Nada más llegar, me ofreció un colacao y unas galletas, ofrecimiento que acepté. Ella declinó tomar nada, con la excusa de seguir una dieta estricta.

Después de la merienda nos pusimos a tocar.

Ella inició la pieza al violín, los primeros acordes del Claro de Luna de Debussy.

La acompañé con el piano en cuanto me dio la entrada.

Justo cuando iba a interrogarla sobre la elección de una obra puramente instrumental –yo había supuesto que cantaríamos–, sentí el primer retortijón agudo en el vientre.

Solicité permiso para ir al aseo y ella asintió.

No reparé entonces en la sonrisa casi imperceptible que se dibujó en sus labios.

Al llegar al baño, apenas tuve tiempo de bajarme los pantalones.

Expulsé todo lo que habría ingerido ese día y probablemente los previos.

No podía incorporarme; el dolor abdominal era terrible.

Y los sudores fríos; nunca antes había experimentado nada semejante. Mi ropa quedó empapada en sudor.

Ignoro cuánto tiempo permanecí allí encerrada, pero recuerdo con nitidez cómo era el baño: pequeño, con azulejos blancos y una ventana alta que debía de dar a un patio de luces.

También recuerdo completamente el hecho de haber llegado a la casa con luz de día y de haber salido de ella bien entrada la noche.

La chica me preguntó, desde el otro lado de la puerta, si me encontraba bien.

Le supliqué que avisara a mi madre, que me sentía fatal.

Respondió que lo haría. Cuando rememoro ese instante, pienso en la estupidez que cometí; ella no conocía mi número de teléfono, ni dato alguno de mi familia.

El caso es que, después de un tiempo considerable, creí haber vaciado mis intestinos por completo.

Cuando fui a limpiarme, advertí la ausencia de papel higiénico.

La vergüenza que me embargaba me impidió llamar a la chica, así que mis ojos se abrieron con desmesura cuando contemplé el bidé, impecable, a mi lado.

Procedí a utilizarlo y, al abrir el grifo, comprobé que no salía agua.

Intenté con la ducha; mismo resultado. Me tuve que sentar de nuevo en el inodoro y lloré.

Lloré con tal desesperación que, sumada al profundo malestar físico, la situación me dejó al borde del colapso.

Cuando me recuperé un poco, comprendí la naturaleza exacta de la jugarreta. Y en ese mismo instante, decidí que se la devolvería. Como no disponía de nada con qué limpiarme, y llevaba dos camisetas, y dado que la interior carecía de valor para mí, procedí a usarla.

Una vez concluida la operación, salí del cuarto de baño con extremo sigilo.

Allí estaba ella, en el pasillo, como si me aguardara.

Sonreía abiertamente. Yo había adoptado el papel de víctima y avancé con el cuerpo encorvado, mientras emitía sollozos entrecortados.

Ella volvió a preguntarme qué tal estaba.

Que menudo solo de trompeta y batería me había marcado.

Y yo seguí con mi papel. Cuando llegué a su altura, le dije, con voz quebrada, que no tenía que haber sido tan cruel.

Ella sonrió con suficiencia y replicó que, de haber querido ser cruel de verdad, habría utilizado el bote entero de laxante, y no solo la mitad.

En ese momento alcé la vista. Al descubrir aquellos dientes tan blancos, tan perfectos, no concebí mejor manera de ensuciárselos que con la camiseta mancillada que ocultaba en la mano.

La extraje con un movimiento rápido y se la introduje en la boca.

No me conformé con eso; la empujé con fuerza hacia el interior de su garganta.

Ella no pudo gritar, ni defenderse; la sorpresa y la náusea la paralizaron por completo.

Le propiné una patada seca en la rodilla y escapé de allí a la carrera.

Llegué a mi casa poco antes de desfallecer. Pero con el sentimiento del deber cumplido. Y ahora que estoy llegando al lugar de mi nuevo deber, recuerdo incluso con deleite aquella anécdota.

Al bajar del coche el aire huele distinto, como más limpio, más húmedo. Veo multitud de personas ataviadas con las camisas típicas de festival, esas horteras de tantos colores chillones.

Tomo aire y me reafirmo al pensar que mi papel en esta historia es continuar con lo que empecé la pasada noche.