QUE EL KARMA
E l karma, dice Olga mientras camina de un lado a otro de mi despacho.
Tres pasos hasta la ventana, giro, tres pasos hasta la puerta.
Sus Converse rechinan contra las baldosas cada vez que se da la vuelta.
El despacho es pequeño: una mesa metálica con el ordenador, dos sillas para visitas, una estantería con carpetas desordenadas y tres latas de refresco olvidadas.
En la pared, un calendario de hace dos años y una foto enmarcada de mis hijos en el Retiro.
Parlotea sin cesar, se lamenta, se autocastiga.
—Tiene que ser el karma —repite.
—¿Qué dices, mujer?
—Ya sabes que yo no creo en nada, pero estoy empezando a pensar que tanta mala suerte no es normal… que tiene que influir algún tipo de fuerza cósmica o lo que sea.
—A ver, a ver. No sé qué otros problemas tendrás en tu vida, básicamente porque eres bastante escueta cuando hablas conmigo. Sí sé que lo de anoche no es ningún tipo de mala suerte.
—Estoy segura de que me crucé con el culpable.
—Sí vamos, entre más de cincuenta mil personas.
—Lo sé y punto, Del Olmo.
Se detiene junto a la ventana. Mira hacia el patio interior donde el calor sigue pegando como si acabase de estallar una central nuclear.
—Pues nada, esta noche te pones otra vez un buen …¿cómo se llama ahora?
—¿El qué?
—A los modelitos, a la ropa así molona…
—Outfit.
—Eso, te pones un buen outfit y te llevas las esposas debajo y en cuanto tu instinto te toque a la puerta, atrapas al culpable.
—¿Es definitivo que van a abrir puertas, no?
Giro la pantalla del ordenador hacia ella. Le invito a mirarla. Toribio ha sido el primero en leer la comunicación de la Secretaría de Estado.
—Alamillos ni se ha dignado a llamarme.
—Porque sabe que le vas a ladrar. ¿No?
—Tú dirás. Hoy irán más de setenta mil personas.
—Y tú sabes mejor que nadie que quizá ese festival sea el sitio más seguro del mundo, ¿no?
—Me da igual. No se debería celebrar. Y además, si ha tenido los santos cojones de hacer lo que hizo con tantísima gente cerca, ¿quién nos garantiza que esta noche no se repita?
Olga medita su respuesta. Se muerde el labio inferior.
—Entiendo que vais a poner vigilancia extra.
—¿Yo? De eso que se encargue el Secretario y la madre que lo trajo. A saber qué rollos se traen con la promotora.
En esos momentos entra Toribio sin llamar a la puerta.
—Lucas…
—Hay confianza, inspector. ¿Verdad, Olga?
Olga hace una mueca con la boca y mira hacia arriba en el típico gesto de «qué le vamos a hacer».
—Te acabo de mandar un correo con los datos del promotor. He hablado con su secretaria, que por lo visto es su hija, que le puedes llamar cuando quieras, que está deseando hablar contigo.
—¿Puedo oír la conversación? —pregunta Olga.
—Saavedra, ¿tú no eres de Fugitivos?
—Del Olmo, no seas así. Puedo ayudarte en el caso.
—¿Ayudarme?
Con el rabillo del ojo, me fijo en que Lucas se desliza, ágil como un ladrón, fuera del despacho. La puerta se cierra con un clic suave.
—Sí, ayudarte. Igual que te ayudé en Avilés el año pasado.
Resoplo y curvo la boca hacia arriba. La señalo con el dedo índice y lo muevo hacia arriba y hacia abajo.
—Olga Saavedra.
—Presente.
Me separo de la mesa y me dirijo hacia ella. Cuando estamos frente a frente, miro hacia arriba y sonrío.
—¿Cómo vas con la búsqueda de Aire?
—Vete a la mierda, Del Olmo.
Se da la vuelta con brusquedad. Casi tira una de las sillas de visita. Mueve los brazos, airada y con rabia.
—No, es que creo que te he dicho ya como siete veces que te vengas de nuevo con nosotros y siempre me saltas con eso; y ahora, quieres venir así, por las buenas, solo porque anoche estuviste en el festival y, supuestamente, te cruzaste con el culpable…
—No es por las buenas. No te puedes imaginar cómo me siento. En Asturias me suplicaste que fuera a ayudarte, y lo hice, aunque no quería. Ahora soy yo la que te lo pide.
Se gira hacia mí. Tiene los ojos brillantes. No sé si es rabia o algo más.
—Entonces va a ser verdad lo que has dicho.
—¿El qué?
—Lo del karma.