Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) SI TODO PASA POR ALGO
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SI TODO PASA POR ALGO

E l tramo que hay desde el parking hasta el acceso al edificio donde se sitúa la Brigada parece un desierto.

Creo que la temperatura debe de rondar, sin exageraciones, los cuarenta y cinco grados; cuando toco la barandilla de la rampa de acceso la retiro al instante.

El metal quema como si acabara de salir de una fragua.

—Cuidado, hombre, pareces nuevo —se mofa Toribio.

Lo miro con rabia y me miro la palma de la mano: la tengo enrojecida.

Entramos en el edificio. El contraste térmico es brutal.

Las puertas automáticas se cierran a nuestra espalda y el aire acondicionado nos golpea como una ola de aire polar.

Subimos en el ascensor hasta la tercera planta.

En el espejo del ascensor veo nuestras caras: las dos sudadas, el pelo de Toribio pegado a la frente.

La sala de reuniones está al fondo del pasillo.

Mesa grande de madera laminada, sillas giratorias desparejadas, pizarra blanca con marcadores casi secos.

Una de las ventanas da al patio interior donde no corre ni un gramo de aire.

La otra está cubierta por una persiana bajada a medias.

El proyector cuelga del techo y proyecta una mancha de luz sobre la pared del fondo.

Reúno al equipo para valorar la situación. El aire acondicionado aquí dentro es un alivio casi obsceno.

—Venga, Luis, ilústranos.

—Como ya te han comentado —inicia Listín—, anoche acudieron cincuenta y dos mil trescientas veintitrés personas al festival. Son los datos oficiales. Era el primer día, hoy se esperan superar los sesenta y cinco mil asistentes.

—Qué alegría; venga, dame buenas noticias.

—Su señoría ha sido buena y ya tenemos tramitadas las solicitudes a todas las compañías de teléfono para que nos faciliten todos los números que andaban por la zona.

—Miedo me da —interviene Solís.

Amaya tiene una botella de agua medio vacía delante. Se ha recogido el pelo en un moño alto. Todos llevamos todavía el calor de la calle pegado a la piel.

—Miedo le tiene que dar a Mansilla, que es la que los va a filtrar todos —intervengo.

—Gracias, jefe —ironiza la novata.

Lola Mansilla está sentada al fondo, con su portátil ya abierto. Teclea algo mientras hablamos. No levanta la vista.

—La plataforma que comercializó las entradas nos ha mandado hace media hora todos los nombres de los asistentes —interviene Pleite.

—Julio, ¿a que vas a ser bueno y ayudarás a Mansilla a cruzar datos con los teléfonos que nos vayan llegando?

El subinspector se cuadra y hace el saludo militar con tono de mofa.

—Lucas, ¿ha llegado el informe de tu no…

—Que te calles —me ataja antes de que suelte la broma delante de todos. Aunque algunos, como Amaya, ya se han echado una sonrisilla.

—¿Ha llegado o no?

—Pues claro, iba a exponerlo ahora, si dejas de tocarme la moral, inspector jefe —pronuncia las últimas dos palabras con retintín.

—Adelante, latin lover.

—Qué tío más pesao —protesta el inspector—. De criminalística nos dicen que no han encontrado ningún resto con tejido humano. Es decir, nasti de ADN ni de huellas ni de pelo. Tampoco fibras ni nada.

—¿Huellas de pisadas? —interviene Solís.

—En los alrededores del autobús, muchas. Mucho trasiego de gente por allí. De momento no han aislado ninguna que nos sirva, pero están en ello.

—Una duda —reflexiono en voz alta—. Si hay mucho trajín de gente… ¿cómo es posible que nadie viera nada?

El equipo se queda callado unos segundos. El aire acondicionado se escucha demasiado. Alguien arrastra una silla

—Porque coincidió con un concierto importante… —aporta Mansilla.

Me acaricio la barbilla.

—Continúa, Lola, no te cortes.

—No tengo mucho más que decir. Coincidió con el concierto principal de la noche y todo el mundo estaba pendiente. Y por eso no pasó nadie por allí. Según habéis dicho, el autobús estaba bastante apartado de la zona de los escenarios. Casi lindando con la valla que acordona el recinto. ¿No?

—Y eso nos lleva a pensar que de alguna forma el culpable podía acceder a zonas reservadas para el personal. Y eso acotaría los sospechosos… —comenta Pleite.

—A no ser que... —digo.

—¿El qué, jefe? —pregunta Toribio.

—Que la víctima sea la que pertenezca al personal, coño, ¿no te has fijado en la camiseta?

—Pues no.

—Hazme el favor de conseguirme el número de alguien que mande en ese festival. Y el resto, seguid con el trabajo que parece que hay faena. Solís, has solicitado cámaras de seguridad, supongo.

—Supones bien, jefe. De las de seguridad será complicado sacar algo. Pero he solicitado todo el montaje audiovisual del festi, y ya he llamado dos veces para que lo aligeren.

—Yo tengo una mala noticia, jefe —indica Toribio.

—¿Ya lo han comunicado? —Lucas asiente—. La madre que los parió. Pues echaos luego una siesta que esta noche nos vamos de concierto.

—Todo pasa por algo.

Eso no lo dice nadie del equipo. La voz viene desde la puerta.

Me giro. La inspectora Olga Saavedra está apoyada en el marco, con los brazos cruzados.

Camina hacia a mí, enfundada en sus vaqueros y su camiseta blanca, ambos más ceñidos al cuerpo de lo que el calor que estamos pasando recomienda.

Lleva el pelo suelto, más largo que la última vez que la vi.

Gafas de sol sobre la cabeza. No sonríe.

Su presencia aquí, en Homicidios, es una declaración en sí misma.

—Buenos días, inspectora.

Sonrío, pero ella tiene la amargura pintada en la cara.

El equipo se ha quedado en silencio. Toribio la saluda con la mano. Amaya se levanta y le da un abrazo rápido. Mansilla la mira con curiosidad, debe de ser la única que no la conoce.

—Todo pasa por algo —repite.