Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) FUE MALA FÉ
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FUE MALA FÉ

La reunión en cuestión es en la sede del Ministerio del Interior, apenas cuatro horas después de presenciar el levantamiento del cadáver, y no hace falta ser un genio para imaginarse de qué va la cosa.

El calor que azota Madrid en estos días no es de esta época. Parece sacado de una película apocalíptica: Mad Max o alguna peor. De esos calores que te alarman cuando ves esas ondas sobre el asfalto que te hacen creer que sufres de una miopía digna de Rompetechos.

El edificio del ministerio está en una calle paralela a la Castellana.

Toribio me deja en la entrada principal y se marcha a buscar aparcamiento.

Dos guardias civiles custodian el acceso.

Paso el control de seguridad, dejo mi móvil en una bandeja, cruzo el arco detector.

Una funcionaria me acompaña por pasillos interminables de mármol blanco que amplifican cada sonido.

Nuestros pasos resuenan como en una catedral vacía.

La sala de reuniones está en la tercera planta.

Menos mal que el aire acondicionado, pagado con dinero del contribuyente, refresca la estancia.

Aunque demasiado para mi gusto. Detesto que el chorro de aire me golpee directo en el cogote, porque se me suele agarrar a la garganta o, incluso peor, a las vértebras.

Por ello le pido el cambio de lugar a Alamillos, que no entiende mi petición pero accede sin comentarios.

—Gracias por venir, caballeros —dice el Secretario de Estado de Seguridad.

Habla en plural porque allí estamos reunidos el DAO, el comisario Alamillos y yo. La flor y nata, como se suele decir. Solo faltarían el Ministro del Interior y el Director General de la Policía. Deben de tener asuntos más importantes que tratar. O estar de vacaciones, que también es lícito.

—He leído su informe, inspector…

—Del Olmo —digo—. Me va a perdonar pero solo he tenido una hora para elaborarlo.

—No se preocupe, me hago cargo y me basta para entender la situación. El comisario también me ha informado.

—Señor secretario —interviene Alamillos—. Como verá, la situación es bastante grave como para continuar con el festival.

El Secretario se acaricia una barba que parece recortada con escuadra y cartabón.

—¿Usted qué opina, Director?

El DAO se retrepa en el asiento antes de decir:

—Yo confío en la opinión del comisario.

A mí ni me menciona, y mira que el DAO es un tipo que, en general, me cae bien.

—¿Estamos seguros de cerrar un festival tan grande? Nos van a acosar desde el Ayuntamiento y no digamos desde la promotora.

—Lo sabemos, secretario. Y creemos que es lo mejor para todos.

—¿No han podido averiguar todavía nada, inspector Del Olmo?

—Solo hace cuatro horas que tengo noticia del crimen, Secretario. Es materialmente imposible.

—Comprendo.

El sujeto vuelve a tocarse la barba. Consulta su móvil, lo deja boca abajo sobre la mesa. Lo vuelve a coger. La pantalla se ilumina con alguna notificación que no alcanzo a leer desde mi posición.

Yo me fijo en Alamillos, que me rehuye la mirada. El DAO permanece impertérrito, como su posición demanda.

Mis ojos divagan entre las manos del Secretario toqueteando el móvil, y la estancia en la que nos encontramos.

Un despacho impoluto y gigante con más luz que un parque al mediodía.

Tres ventanales ocupan toda la pared del fondo.

Las persianas están subidas y el sol entra sin piedad, rebotando en cada superficie.

Hay banderas de todas clases detrás del Secretario: europea, española, de la Comunidad de Madrid.

La mesa es de algún tipo de madera noble imposible de descifrar para mí el origen.

Eso sí, tan límpida y brillante que me deslumbra.

No hay ni un papel sobre ella, solo el móvil del Secretario y una carpeta cerrada con el sello del ministerio.

—¿Me darían tiempo hasta las seis de la tarde, que es cuando empieza el festival? —pregunta el secretario.

El DAO se mueve, incómodo, en el asiento. Alamillos abre la boca y está por decir algo, pero se contiene. Así que soy yo el que se come el marrón.

—Secretario, con el debido respeto. Si le dice a cincuenta mil personas que se tienen que ir a casa una vez que están a las puertas del festival, vamos a tener un problema de seguridad pública.

—No, no, tiene razón. ¿Qué tal hasta las cuatro? Ahí sí nos daría tiempo a pedir al festival que lance un comunicado. ¿No?

—Señor…

—Por favor, llámame Alberto.

—Alberto, ¿qué interés tiene usted en que se celebre el festival?

El Secretario, Alberto Terrero, se lleva la mano a la boca, sorprendido. Arruga los ojos. Vuelve a consultar el móvil.

—Inspector Del Olmo, el asunto es muy complejo. Le pido que no frivolice ni haga suposiciones que no son.

—Inspector —interviene Alamillos— ¿Nos puede dejar solos?

No, no puedo dejarles solos. Si les dejo solos van a autorizar la celebración del maldito festival. Eso es lo que me da ganas de decirles. Aunque me lo pienso mejor, y total ¿para qué? Mi opinión, la del que ha estado en el barro esta mañana, no va a contar en absoluto.

—Si me permite una cosa antes de largarme, señor Secretario… Alberto.

—Adelante.

—Tan solo piense si usted dejaría que sus hijos fuesen a ese festival esta tarde.

Me giro con velocidad. Cruzo el despacho en dirección a la puerta sin mirar atrás.

Espero que el DAO sea mi aliado en esa reunión que van a tener.

En el pasillo, la funcionaria que me acompañó antes aparece como si hubiera estado esperando.

Me guía de vuelta hacia la salida. No cruzamos palabra.

El aire acondicionado del pasillo es menos agresivo que el del despacho.

Recupero mi móvil en el control. Fuera, el calor me golpea sin tener en cuenta que ya estoy demasiado mayo para aguantar tanta temperatura.

Y tanta gilipollez.