Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) LE VI LOS OJOS
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LE VI LOS OJOS

El agua de la bañera está casi fría. Con este calor demoníaco de julio, el hielo que añadí hace media hora ya se ha derretido por completo.

Desde la ventana del baño se distingue el perfil de los edificios de la calle Princesa, difuminados por la calima.

Úndecima planta. Lo suficientemente alto como para que el ruido del tráfico llegue amortiguado.

El recuerdo de las escenas de la noche anterior me produce una resaca emocional más intensa que la derivada del ron y el eme.

Ni en mis más tórridos sueños imaginé que acabar con la vida de otra persona podría aportarme tal cúmulo de sensaciones.

Lo había proyectado mentalmente múltiples veces; sobre todo en aquellos episodios en que sometí a mis tres gatos y al perro del vecino a la asfixia.

O cuando golpeé a aquella cría hasta privarla de consciencia; o en la paliza que le di a aquel indigente del que no sé si se recuperó o acabó en el depósito de cadáveres. Meros prolegómenos, intuyo ahora.

Confieso una breve, casi académica, inquietud al principio, en particular cuando le acometieron esos espasmos que había observado en ciertas representaciones cinematográficas.

Pero, por encima de todo, el instante en que su lengua se proyectó de una forma tan desmesurada me trajo a la memoria, con una claridad inesperada, la escena en la que la princesa Leia estrangula a Jabba el Hutt en El retorno del Jedi.

No es que profese una particular devoción por la saga Star Wars, pero la iconicidad de la escena es innegable.

La sodomía anal y la contemplación simultánea de esa lengua protuberante, casi grotesca, no constituyen una vivencia que se prodigue en la cotidianeidad.

Extiendo el brazo para alcanzar el vaso con agua con gas y limón. Anoche bebí demasiado y hoy tengo que recuperarme. Porque hoy se vuelve a salir.

Volviendo al tema de los ojos: al examinarme en el espejo esta mañana, los míos presentaban el aspecto característico de un mapache.

El término «ojeras» resulta insuficiente para definir las concavidades oscuras bajo mis párpados.

Nada que un poco de crema bronceadora no resuelva.

Además, creo que esta noche usaré lentillas de colores.

Las verdes, que me harán juego con el outfit que me pondré.

Y es que este noche tengo intención de repetir. No solo ir de festi, sino repetir la experiencia de acabar con la vida de otra persona.

¿Por qué hago esto?

La verdad es que no lo tengo del todo claro; podría argumentarse que se trata de una convergencia de factores, un cúmulo de circunstancias que me ha situado en este preciso momento y lugar. Aunque, si debiera postular la razón más plausible para justificar mi proceder, sería la siguiente:

Matar es fácil.

Expresado de este modo, reconozco que puede sonar un tanto frívolo.

Y también un tanto irreal. No resulta sencillo ejercer la tracción necesaria sobre una correa para anular el tránsito de aire desde la tráquea hasta los pulmones de un ser humano.

La verdad es que la tarea me resultó considerablemente fatigosa, sobre todo porque, durante el acto seguí dando empellones que resonaban como bofetadas en la cara.

Lo que pretendo significar es la facilidad con la que se puede manipular a un individuo mediante la simulación de buenas intenciones, especialmente si dichas intenciones se vinculan a la promesa de un encuentro sexual rápido.

Una vez que la persona ha sido engañada o seducida, solo se requiere la audacia para actuar y la elección de un método que no admita errores.

Y, en el supuesto de no alcanzar el objetivo primordial, disponer de una excusa verosímil para eludir las posibles consecuencias.

Yo la tenía preparada para el tal Oliver, pues así me comunicó que se llamaba.

Cuando situé mis manos en su cuello, percibí su morbo.

Me instó a que incrementara la presión. De hecho, yo ya estaba al corriente de esta preferencia; me la había confesado en la conversación previa.

Cuando mi discurso viró hacia temas sexuales, su inhibición se desvaneció con una celeridad casi cómica y su locuacidad se agudizó de tal manera que solo tuve que seguir la pauta que él mismo había trazado.

Unos azotes, unos tirones de pelo, la ya mencionada presión de las manos sobre el cuello…

Ciertamente, sí notó algo anómalo cuando ejercí la constricción por primera vez: no fue el tacto de mi piel lo que percibió, sino el de mis guantes.

No incurro en la ingenuidad de diseminar vestigios genéticos de forma indiscriminada.

Aunque, como ya he indicado, la justificación estaba prevista: no se trataba de unos guantes de látex de uso sanitario, sino de unos de cuero fino.

Cuando se los mostré, su excitación se intensificó y el resto del proceso transcurrió con mayor fluidez.

Resulta curioso observar cómo los individuos pueden llegar a perder cualquier atisbo de dignidad, e incluso de instinto de autopreservación, cuando la libido asume el control sobre la razón.

Y eso, precisamente, es lo que me ha proporcionado una satisfacción de orden superior, y el motivo por el cual voy a repetir.

Contemplar a aquel espécimen corpulento que demandaba más, sin que midiera las consecuencias últimas de ese «más», generó en mí una considerable excitación.

Aunque yo, a diferencia de él, supe mantener el dominio sobre esa libido traicionera; me concentré en intensificar la presión hasta que comprendió que no iba a ceder y ya no pudo ni solicitar auxilio.

Salgo de la bañera. Sobre la cama he dispuesto la ropa para esta noche: vaqueros negros, camiseta sin mangas. El aire acondicionado del dormitorio funciona a dieciocho grados y me aporta una ligera paz. Sobre la mesilla, las lentillas verdes aguardan junto al neceser.

Sí, voy a repetir esa sensación esta misma noche. Y la disfrutaré con mayor intensidad si cabe, ahora que poseo el conocimiento de lo que se experimenta.

Quizá mi perfil se ajuste a lo que se describe como psicopatía; se dice que quienes presentan estos rasgos no experimentan remordimiento por sus acciones y carecen de empatía hacia el sufrimiento ajeno.

Yo, de lo único que siento remordimientos es de no haber iniciado esta práctica mucho antes. Al final voy a tener que agradecerle los consejos a la persona que me ha inspirado a empezar.