Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) EN EL CHARCO
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EN EL CHARCO

M e despierto en medio de un charco de sudor. El ventilador del techo lleva toda la noche removiendo aire caliente de un lado a otro sin conseguir nada excepto aumentar la factura de la luz de este mes.

La noche ha sido toledana, de esas que llaman tropicales, con una temperatura mínima que ha superado los veinticinco grados y que me ha tenido en vela, con vueltas en la cama, hasta pasadas las tres de la madrugada.

Un madrugón más. Una llamada a deshora más. Una protesta más de Sofía por no silenciar el móvil, «que para eso ya eres inspector jefe». Como si el cargo sirviera de excusa para el escaqueo.

Todo lo contrario.

Desde que me ascendieron a inspector jefe de la Brigada de Delitos Contra las Personas de la UDEV Central, duermo menos que cuando era un simple policía que se comía sus tronchas reglamentarias noche sí y noche también.

El móvil vibra sobre la mesilla de noche. La pantalla ilumina el techo en azul.

No atino a coger el teléfono la primera. El dichoso aparato suena cerca de las siete y media y, al menos, me concede un ciclo de cuatro horas de sueño. Eso y un Red Bull deberían bastar para el tormento de día que, aunque en ese momento lo desconozco, se avecina.

—Del Olmo.

—¿Qué pasa, Toribio? Que es muy temprano…

—Dímelo a mí que llevo desde las seis en planta —responde el inspector—. Tenemos fiambre.

—Qué novedad, si con estos calores debería estar muerto medio Madrid.

—Inspector, déjate de bromas que la cosa es fea.

—¿Fea, fea? ¿O fea sin más?

—Fea de que el cadáver lo han encontrado en un evento de cuarenta mil personas o más.

Escuchar esa cifra mareante de personas, hacinadas en diossabedonde con estas temperaturas, me despabila de momento. Aunque modulo mi sorpresa.

—Golpe de calor, espero.

—De calentura diría yo.

—Explícate.

—Te paso a recoger y vamos al levantamiento que su señoría va de camino, suerte que no está en Madrid y llegaremos antes que ella.

—¿Torres?

—La misma.

La jueza Torres es una mujer que sabe poner a todo el mundo en su sitio, y por eso me gusta trabajar con ella, pese a que no siempre lo ponga fácil.

—Date vida que en veinte minutos te estoy tocando el timbre.

—Lo que me estás tocando son los cojones, inspector…

Lucas ni me da tiempo a protestar porque la llamada ya no está habilitada en el teléfono. El desgraciao me cuelga sin posibilidad de réplica.

«Ser jefe para esto».

—Hoy no te voy a hacer el desayuno, majo, que no he dormido nada. Sudas y te mueves igual que un pollo.

—Qué agradable es que te despierten así y que tu mujercita te dé los buenos día de una forma tan preciosa.

Sofía ignora mi comentario; se da la vuelta y ronronea como un gato enfermo. Enciendo la luz del baño y me miro en el espejo. No tengo ojeras, sino que parece que me han dado dos puñetazos en cada ojo.

Por fortuna, no me tengo que preocupar de no hacer ruido, porque los niños están de campamento de verano.

La ducha fría me despeja un poco. Me visto sin encender la luz del dormitorio para no molestar más a Sofía. El sol está próximo a salir y ya es bastante incordio.

Me pongo lo primero que encuentro en el armario, que consiste en pantalones de lino y polo de tono claro. Un par de barritas de cereales y un té verde completan el frugal desayuno. Mientras me lavo los dientes, suena el telefonillo.

Toribio me espera en el portal con el camuflado en doble fila y las luces de emergencia encendidas. Ya hay vecinos asomados a las ventanas, en realidad creo que han estado ahí toda la noche, intentando captar el mínimo fresco que haya podido haber.

Ya en el camuflado, Toribio me pone al día.

—Varon de unos treinta años. Le han hecho «tras tras» por detrás como si aquello fuera una peli porno.

—Espera, espera. ¿Cómo sabes eso?

—Me han llamado Esther de la científica que llevan una hora y pico con el cadáver.

—¿Esther Manso? ¿Tu novia?

—No es mi novia.

—Era por no decir una barbaridad.

—Sí, calladito estás más guapo.

—¿Y el forense?

—Pues tiene que estar al llegar…

—¿Quién es?

—La nueva.

—¿Ramos?

—¿Qué otra nueva hay?

—¿Pleite y Solís dónde andan?

—En la Brigada ya, recopilando datos. Está Listín al mando —Toribio se gira para clavar sus ojos en los míos—. No te haces una idea de la de curro de oficina que nos espera.

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho: más de cuarenta mil personas a metros del finado. Vamos a estar cribando números de teléfono y redes sociales hasta que te vuelva a crecer el pelo.

—¿Me vas a decir de una puta vez donde vamos? ¿Al estadio del Atleti?

El inspector resopla.

—Peor, al macrofestival más grande de todo Madrid.

Las calles están medio vacías. Madrid a las ocho de la mañana un viernes de julio es un desierto. Toribio pisa el acelerador y las sirenas quedan en silencio; no hace falta con este tráfico.

A los pocos minutos, enfilamos un camino de tierra para acceder a la parte posterior de uno de los escenarios del festival de música que asola Madrid en aquella época del año.

El polvo levanta una nube detrás del coche. A ambos lados del camino hay vallas metálicas caídas, vasos de plástico aplastados, alguna mochila abandonada. En la distancia se ven las estructuras metálicas de los escenarios, enormes y vacías bajo un sol que ha iniciado ya su amenaza diaria.

Se calcula que entre cuarenta y cincuenta mil personas afinaron sus gargantas la pasada noche al ritmo de grupos y solistas que apenas me suenan. A pesar de que no me considero un inculto en lo musical.

Y eso que era solo el primer día, un anodino jueves de verano en la capital de España.

—Mira, este grupo que toca hoy sí los conozco —digo repasando la información que hay en internet sobre el evento.

—Esperemos que nadie toque hoy, inspector.

Toribio echa el freno de mano y sus ojos vuelven a cruzarse con los míos. Percibo un tono de pesimismo que en ese momento no sé valorar bien.

Los compañeros de Seguridad Ciudadana tienen acordonada la zona con esa cinta  de plástico amarilla que tanto espanta a los profanos, y nos escoltan hasta el lugar en cuestión.

Se trata de un viejo autobús de esos que ahora llaman vintage, decorado con decenas de colores y patrocinado por una conocida marca de mayonesas y de ketchups, cuyos logos están un tanto difuminados.

Se supone que en el pasado o en el presente inmediato debió de utilizarse como local para servir perritos y hamburguesas poco saludables a los jóvenes ansiosos de grasas y carbohidratos después —o antes— de los conciertos de sus grupos favoritos.

El autobús está apartado, medio oculto tras un contenedor industrial del tamaño de una furgoneta. La zona está en sombra todavía, protegida por la estructura del escenario lateral y varios árboles que crecen contra la valla del recinto. Hace calor, pero, al menos, aquí el aire se mueve un poco.

El vehículo, ahora alberga otro tipo de carne que, gracias a las elevadas temperaturas, no debe faltarle mucho para entrar en estado de descomposición.

La «novia» de Toribio, de la científica, nos recibe. La pobre luce una cara que parece salida de una piscina olímpica por la humedad presente en cada centímetro de su piel, fruto de una transpiración inhumana provocada por sus monos de trabajo.

—Lo encontró un operario de limpieza sobre las cinco de la mañana. El cuerpo estaba cubierto con una lona que ya hemos analizado sin éxito.

—¿Lleva casi cuatro horas a la intemperie? ¿No ha empezado a oler?

—Llevará más, y por suerte esta zona del recinto parece algo más fresca porque los escenarios y los árboles la resguardan del sol vespertino. Lo que pasa es que en breve va a pegar el matutino y habrá que aligerar las cosas. ¿Cuándo llega su señoría?

—No lo sé, ¿y la forense?

—La forense ya está aquí —se escucha una voz femenina a mi espalda, y por el tono excesivamente agudo, sin duda se trata de la nueva incorporación al anatómico, la doctora Patricia Ramos.

—Buenos días, doctora.

No saluda y accede al autobús con permiso de los científicos.

—Un momento, doctora. Permítame que le guíe —pide Esther.

Ramos es tan joven como elegante. Aunque todo lo que tiene de atractiva parece tenerlo de antipática.

—No se preocupe, oficial, sé dónde está el muerto.

Cruzo miradas con Toribio, y decido esperar a que la forense haga su trabajo. No quiero inmiscuirme, no vaya a ser que lo empeore todo.

Mientras la forense ha iniciado sus inspección, la jueza Torres llega al lugar. Me ofrece la mano a modo de saludo y me lanza una especie de cumplido:

—Caray, Del Olmo, ¿has hecho operación bikini, o qué?

—Mi mujer, que me tiene pasando hambre.

Intento ser mordaz con el doble sentido de las palabras, aunque ella no entra al trapo. Lo cierto es que la jueza también ha adelgazado lo suyo, aunque yo no me atrevo a decirle nada.

Nos abandona y se mete en el autobús. Lucas y yo observamos la escena desde fuera. Dos mujeres con gran carácter elucubrando sobre lo sucedido, mientras que dos polis ya viejunos, esperamos nuestro turno.

Me gusta el intercambio de roles y ojalá sea así de ahora en adelante. No solo por aquello de la igualdad, en la que creo, sino en que esto también me permitirá relajarme en mis obligaciones.

Pasan los minutos. El sol va subiendo y la sombra se retira poco a poco. Empiezo a notar el calor en la nuca. Pasada una hora, Torres ordena el levantamiento del cadáver y tanto Ramos como ella salen del autobús con las mascarillas puestas.

—Doctora —digo.

—Le subo el informe al sistema esta tarde, se lo llevan ya mismo.

—Señoría, ¿nos deja verlo al menos?

—Tiene un minuto de reloj, está empezando a oler.

Ni me despido y me acerco a la escena, me cuesta subir al autobús por la parte delantera, pero Esther Manso está en todo y me ha habilitado la trasera, más accesible. Se lo agradezo con una sonrisa y accedo al bus.

Dentro hace más calor que fuera y huele a algo dulzón que prefiero no identificar. Las ventanillas están cerradas y la chapa del chasis ha convertido esto en una sauna. Me cuesta hasta respirar.

Todavía no huele mal como ha dicho la jueza, pero el ambiente está enrarecido.

La oficial me pide que no me acerque demasiado, pero el cuerpo del fiambre tiene los pantalones bajados y el trasero expuesto.

Me explica que lo han sodomizado de una forma bestial.

La forense, con la mascarilla puesta y una linterna, husmea en el ano del finado.

—Le pasaré el informe cuando lo lleven al anatómico, inspector. Si no es molestia, le pido que se vayan ya para proceder al levantamiento.

—No es molestia, pero si me permite, me gustaría acercarme un poco más.

—Es mejor que no, Del Olmo —pide Esther—. Es demasiado estrecho y no queremos contaminar…

La miro como el profesor mira al alumno que le falta al respeto. Ella se da cuenta y baja la mirada.

—Enséñame la cara al menos, Manso.

Ella acepta y le pide permiso a la forense para levantarle la cara. Ramos acepta a regañadientes.

El cadáver está boca abajo, medio doblado entre el antiguo mostrador y la pared del fondo. Esther lo gira con cuidado. Me fijo en la marca horizontal de un cuello que evidencia el estrangulamiento extremo.

—Parece un cinturón, ¿no?

—Tiene todas las papeletas, inspector —afirma Ramos.

La marca está bien definida, no como la que marcaría una cuerda o un pañuelo.

—¿Alguna huella?

—Ninguna.

—¿Cómo coño se puede follar sin dejar ni una huella ni rastro genético?

Las dos mujeres se encogen de hombros. Miro a Toribio a mi espalda.

—Con guantes.

—¿Follar con guantes? ¿Ni un maldito beso se han dado?

—Inspector —interviene Torres, que ha llegado sin darme cuenta—. Salga usted fuera que vamos a proceder al levantamiento.

Asiento con la mirada y salimos fuera de aquel habitáculo que ya empezaba a agobiarme. Cuando salgo, un rayo de sol me golpea en los ojos, cegándome por un momento. Parece que es un anticipo de una investigación que vamos a empezar a ciegas.