Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) ACELERÓ
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ACELERÓ

E l compás del guitarrista se acelera igual que se aceleraron nuestros corazones.

Estamos en primera fila y puedo ver hasta el sudor del cantante.

El momento, aunque ensayado y visto hasta la saciedad, no es desmerecedor del aprecio que el público le dedicamos: alzamos los brazos y saltamos, a la espera del estribillo final, mientras guitarra y bajo se pelean en una lucha desigual que el batería arbitra.

El solista los contempla, un instante antes del éxtasis colectivo.

Y entonces llega.

Su perfecto estribillo. Siento que me estremece, que los pelos se me ponen de punta y que, gracias en parte al alcohol ingerido, me abrazo al chico que tengo al lado, al que no conozco de nada.

Al que tengo al otro lado sí que lo conozco, y sé que el gesto no le hace gracia, pero a mí me da igual.

Insausti se ha empeñado en venir conmigo al festival, a pesar de que no le gustan casi ninguno de los grupos que tocan.

Después de que se recuperara de su herida en la pierna, aquella en la que me sentí tan responsable, marqué un poco las distancias.

Esa culpa me hizo acceder a cosas con él que ya no siento, o que nunca sentí realmente.

El problema es que Sergio sigue con la idea fija de que seamos pareja, y a mí no me apetece en absoluto.

No tiene que ver con terceras personas —o tal vez sí—, pero, simplemente, no quiero estar con él de esa forma.

—Veo que te encantan, Olga —dice, con la intención de separarme del otro chico.

—Ya te lo dije, son geniales.

—Están bien, la verdad.

No sé si es sincero con sus palabras o lo hace por ganarme un poquito.

La canción ha terminado y con ella el concierto; los integrantes del grupo saludan al público y lanzan objetos diversos: púas, el folio con la setlist y, lo más codiciado, las baquetas.

Dado que estamos en primeras filas, me había marcado como objetivo conseguir una.

Cuando el baterista la lanza en nuestra dirección, pego un salto como un mono para intentar cogerla, pero el chico que está a mi lado tiene algo de ventaja.

Lo que pasa es que está algo más perjudicado de la cuenta, por lo que le rebota en la mano y sale despedida hacia arriba y hacia mí.

Sergio, igual de alto que yo, salta por encima de mis manos y la coge.

Me la muestra sonriente.

—Has triunfado —dice.

—Quédatela —repongo, lo que le borra la sonrisa.

—¿En serio?

Nos miramos unos segundos y veo su cara melancólica. Es un tipo al que jamás se le podría poner la típica cara de cordero degollado, pero la expresión que tiene en esos momentos se le aproxima bastante.

Agarro la baqueta y le doy un breve abrazo a modo de agradecimiento. Él me corresponde con una efusividad que me incomoda, por lo que me aparto ligeramente y le pregunto, para cambiar de tercio:

—¿Qué vas a hacer? El siguiente grupo sí que no te va a molar nada.

—Lo intento —responde.

Resoplo (procuro que no se me note) porque me apetece quedarme sola, sin estar pendiente de él, sin esa tensión constante de sus expectativas.

—Vale, vamos al baño y a tomar una birra.

—Pero perderemos el sitio.

—No me importa, me gustan pero no tanto. Necesito vaciar la vejiga o exploto.

—Pero si luego la vas a volver a llenar con la cerveza.

Me quedo plantada ante él, con los brazos en jarra a modo de protesta. El tipo que está a mi espalda me pregunta.

—¿Os quedáis al siguiente?

Me giro y le respondo, con más firmeza de la que siento por la banda en cuestión:

—Yo sí.

Sergio se da cuenta de mi enfado y levanta las manos a modo de disculpa.

Salir de primera fila es como nadar contra corriente.

La gente empuja hacia adelante, nosotros vamos en dirección contraria.

Sergio me agarra de la muñeca para no perderme.

Pasamos junto al escenario lateral donde los técnicos desmontan cables y micrófonos.

Alguien arrastra un amplificador sobre ruedas chirriantes.

La zona de baños está abarrotada. Hay cola para los dos, aunque la de mujeres es el doble de larga. Espero casi diez minutos mientras Sergio me aguarda apoyado en una valla metálica, mirando el móvil.

Cuando terminamos con nuestras necesidades, vamos a la barra donde yo pido una cerveza grande y él una botella de agua.

—¿Tienes pastillas o algo? —bromeo.

—Sí, ¿qué quieres? ¿Eme, queta, farla…? Las he rapiñado de la Brigada de «estupas».

Consigue arrancarme una risa y le invito a volver lo más cerca del escenario que podamos.

Ahora el recinto se ha llenado todavía más. Grupos de amigos charlan en corrillos, algunos sentados en el suelo. Veo a una pareja besándose apoyados contra un contenedor de basura. Las luces del escenario principal parpadean en modo preparación.

Cuando veo que ya hay demasiada gente para seguir el avance, doy por bueno el lugar, desde el que veremos más o menos bien a la banda que está por empezar su actuación. Miro en derredor por si veo al chico de antes, pero no lo encuentro.

Los primeros acordes arrancan y la multitud vuelve a moverse como un organismo único. Sergio y yo quedamos medio aplastados entre un grupo de chicos con camisetas del festival y tres chicas que no paran de hacerse selfies.

Cuando comienza, no soy consciente de lo que pueda estar ocurriendo al otro lado del escenario. En ese momento no me importa, y lo que hago es disfrutar del concierto. Cuando llevo media cerveza, Sergio rodea con su brazo y me pone la mano en la cintura en una canción lenta.

Me dejo querer.

Y no sé si eso me gusta.