EL AUTOBÚS
En teoría, al menos.
Porque lo único que le dejo tocarme es el culo, y por encima de la ropa.
—¿Por qué no te dejas llevar? —pregunta con impaciencia.
«Porque diseminar ADN por escenarios como este no entra en mis planes». La respuesta estuvo a punto de escapárseme, pero contuve el impulso. No era cuestión de desvelar todos los protocolos antes de tiempo.
—Todo a su tiempo.
Le indico que se dé la vuelta. Se muestra obediente, una sumisión casi decepcionante.
Es entonces cuando aplico el primer azote sobre las nalgas, un golpe seco contra la tela del pantalón. Emite un grito y, al girarse, lo verbaliza:
—Más fuerte.
Dicho y hecho: le doy otro azote al que imprimo más fuerza. A este le sucede una serie de golpes contundentes, que propino hasta que el ardor en las palmas de mis manos me obliga a buscar una herramienta más eficaz: me descalzo para utilizar una de las zapatillas como instrumento.
La zapatilla en cuestión posee una suela gruesa y sólida. Su aplicación provoca un dolor de naturaleza distinta, que arranca al sujeto súplicas para que detenga el castigo. Lo hago, pero no por clemencia. En ese instante, ciertos instintos primarios ya se han activado en mí y han tomado el mando.
Le bajo los pantalones. Introduzco un dedo, previamente enguantado, allí donde la espalda cambia de nombre. Entonces, vuelve a pedir más.
—Sigue, joder, sigue. Más fuerte.
Continúo con tal intensidad que decido introducirle algo diferente a los dedos. Y en ese punto, ambos perdemos el control de las coordenadas habituales del tiempo y del espacio; o, más bien, estas se desvanecen, irrelevantes.
La música del festival llega amortiguada, unas vibraciones persistente en el suelo metálico del autobús.
Reconozco a la banda que actúa; me agrada su estilo.
Sin embargo, me resulta imposible identificar la canción concreta.
Experimento una satisfacción básica, casi animal, y, a juzgar por sus reacciones, el hombre al que sodomizo también la comparte.
Afuera alguien tropieza con algo metálico. Risas. Pasos que se alejan hacia la música.
Y es entonces cuando, casi de forma incidental, mis manos se dirigen a su cuello. Él acoge el gesto no solo con sumisión, sino con un desafío implícito en la tensión que adquieren sus músculos.
—¿Solo eso eres capaz de hacer? Vamos, cobarde.
Me causa una cierta gracia que un individuo en su situación apele a mi valentía. Así que no me altero, ni imprimo más fuerza a las embestidas, ni al agarre en su cuello. Quizá la contención es, en sí misma, un castigo más refinado. Quizá merece un tipo de correctivo diferente.
El éxtasis inducido por la combinación de la música lejana y el acto físico me impulsa a cruzar un nuevo umbral.
Tomo el cinturón de mis pantalones y, mientras continúo con la sodomía y sujeto con firmeza su abultada y sudorosa melena, descargo un par de latigazos secos que le arrancan sendos gemidos de placer.
—¿Te gusta el cinturón, cerdo?
—Me encanta, sigue.
Por supuesto que sigo, pero no como él anticipa.
Paso el extremo del cinturón por la hebilla hasta formar un lazo corredizo, al estilo de los cowboys de las películas.
Se lo deslizo por la cabeza y tiro con suavidad para ajustarlo sobre su cuello.
En un primer momento, el gesto le infunde desconfianza: lleva las manos al cuero, en un intento instintivo por aflojarlo.
—Ey, no te pases.
—Tranquilo, vaquero, te va a gustar.
Acelero el ritmo de las embestidas. Consigo que, poco a poco, su cuerpo se relaje y se entregue de nuevo. Apenas ejerzo presión con la correa. Le dirijo un par de insultos, lo llamo perro, como si se tratase de un juego en el que él asume el papel de mascota. Lo acepta. Parece que lo disfruta.
Y es en ese preciso instante cuando suena el estribillo de la canción desde el exterior.
Claro que sí, ahora la reconozco: uno de mis temas favoritos, de uno de mis grupos de referencia.
Una oleada de exultación me recorre. Ya no hay marcha atrás.
Bombeo sobre su cuerpo con todo el ímpetu restante; el tipo empieza a correrse entre gemidos sonoros, profundos.
Justo en el momento en que eyacula, aprieto con fuerza el cinturón, de tal forma que le resulta imposible liberarse.
Intenta zafarse, pero un golpe seco en la sien con el tacón de mi zapatilla lo deja medio aturdido.
Tiro del cinturón con ambas manos, con toda mi fuerza, y su cuerpo comienza a convulsionar.
El oxígeno deja de irrigar su cerebro. Sus espasmos, sumados a la descarga general, me provocan el orgasmo más intenso que recuerdo haber experimentado.
Tanto, que por un segundo casi cedo en el agarre.
Él intenta aprovechar ese brevísimo instante para liberarse, pero con otro golpe certero en la cabeza lo inmovilizo por completo.
Entonces, con ambas manos de nuevo, aplico toda mi fuerza en la tracción final.
Su lengua asoma entre los labios de una forma que no he visto en nadie, ni siquiera en representaciones cinematográficas. Una idea extravagante sobre su posible uso cruza mi mente, fugaz y estéril. La necrofilia, de momento, no forma parte de mi catálogo de intereses.
Unas últimas convulsiones, cada vez más débiles, me indican que la presencia de este individuo en el festival ha concluido.
Y en este mundo. Quizá, como se suele decir, ahora esté en uno mejor.
Quizá, irónicamente, le haya regalado el mejor orgasmo de su vida al combinarlo con la privación de oxígeno en el instante final.
La canción termina afuera. Hay aplausos. Alguien grita el nombre del grupo.
Ahora solo tengo clara una cosa. Es la primera vez que siento algo de esta magnitud. Y la experiencia me ha resultado tan intensa, que será difícil no buscar su repetición.