Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Prueba el pomo de la puerta y esta se abre. Me asusto un poco, aunque puede que sea mi tío, que ha venido a algo…

De pronto, las luces se encienden y tengo que cerrar los ojos, cegada por el resplandor

—¡Felicidades! —gritan varias voces.

Cuando consigo abrir los ojos, veo a mi familia y amigos repartidos por el local. Al instante, me envuelven en abrazos fuertes y cálidos que me quitan esa sensación de pesar que me queda siempre en las últimas horas del día de mi cumpleaños.

Incluso la señora Fisher y el señor Walters están aquí, con gorritos de cumpleaños en lo alto de la cabeza.

—Bob ha venido porque había dulces gratis —me susurra la mujer.

Me río y, mientras recibo las felicitaciones, me doy cuenta de que la música que suena no es navideña, sino canciones de otros álbumes anteriores de Zoe Rivera. Toda la cafetería está decorada con globos y las mesas llenas de bebidas y dulces que tampoco están tematizados.

Es una celebración de cumpleaños como otra cualquiera y, aunque estos días he hecho las paces con la Navidad, casi se me saltan las lágrimas al darme cuenta de que lo han hecho a propósito, porque, incluso cuando era pequeña, aunque me encantaba la idea de haber nacido este día, era un poco frustrante que todos mis amigos tuvieran sus fiestas de cumpleaños y yo tuviera que compartir el protagonismo con Papá Noel.

Josh se acerca a mí el último. Se recoloca las gafas y me mira, dubitativo, balanceándose.

¿Cómo se supone que deberíamos comportarnos?

Solo hace unas horas que nos hemos besado y, por mucho que intente no pensar en ello, vamos a estar separados por tres husos horarios en unos días.

Por si eso fuera poco, tenemos a nuestro alrededor a toda la gente del pueblo a la que le encantan los cotilleos y nos conocen desde que gateábamos.

—Quiero besarte, pero está todo el mundo aquí… —me susurra.

Miro alrededor otra vez. La gente está a sus cosas, charlando, comiendo… Nadie nos presta atención, en realidad.

Me acerco un paso y le pongo las manos en las mejillas. Estoy a punto de apartarlas al darme cuenta de que las tengo congeladas, cuando Josh pone las suyas encima, mucho más cálidas, y cambia su expresión dubitativa por una sonrisa.

—¿Crees que si conseguimos que beban mucho vino especiado se olvidarán de lo que han visto? —digo, poseída por el espíritu de mi madre, que estoy segura de que no se pensó dos veces el besar a mi padre delante de todo el mundo.

Recorto los centímetros que nos separan sin pensarlo demasiado, por temor a arrepentirme.

Creía que sería distinto a esta mañana, pero el corazón me late con fuerza de la misma forma y el mundo vuelve a brillar, aunque tenga los ojos cerrados. El pensamiento de que esto tiene fecha de caducidad me asalta, pero lo aparto a un lado. Hoy no voy a pensar en ello.

Nos separamos solo unos centímetros, con los alientos entrelazados, sin abrir los ojos.

—No quiero ver la cara de mi madre —susurra Josh.

—Ni yo la de mi padre —digo, aunque, después de leer la carta que escribí a mamá, no creo que le sorprenda.

Entreabro un poco los ojos. Josh está mirándome mientras se muerde el labio inferior.

Oímos un carraspeo a unos pasos de nosotros.

—Ha sido una forma bonita de anunciar a todo el pueblo la noticia —dice Lily con expresión divertida.

—Lo que pasa es que tienes envidia —bromea Josh, revolviéndole el pelo.

—¡No es verdad! —protesta, apartándose—. Que sepáis que se lo he dicho esta mañana.

—¿Y qué ha pasado? —pregunto, sorprendida, buscando a Abby con la mirada.

La veo al lado de Diya, que tiene la mano de Ethan entrelazada con la suya.

Lily aprieta los labios y parece nerviosa, algo más raro que un vecino de White Falls sin espíritu navideño.

—Pues que se me ha adelantado —cuenta, emocionada—.

Iba a decirle que me gustaba mucho y que quería salir con ella, aunque en unos meses nos vayamos cada una a una punta del estado, pero me ha regalado un vestido diseñado por ella y me ha preguntado si quería que celebráramos el fin de año juntas y besarnos cuando den las doce.

La expresión de Lily desprende felicidad y solo puedo pensar que ojalá les vaya genial mientras la abrazo con fuerza.

El señor Walters reclama a Josh porque ha tocado algo en el móvil que no sabe qué es y Lily vuelve al lado de Abby, quien le da un rápido beso en los labios y las dos miran alrededor con las mejillas sonrosadas.

—El Culinary Institute está en Hyde Park, a solo dos horas de Nueva York, ¿verdad? —oigo la voz de mi padre a mi lado.

Noto calor en el rostro.

—Eso creo —respondo, alzando la vista hacia él, un poco nerviosa.

—Tendré que volver a cambiar yo las bombillas de casa —dice con expresión derrotada.

—Yo de ti, a la próxima, quitaría la luz de la finca entera, por si acaso —bromeo.

Me mira con los ojos entrecerrados.

—Debería haber una ley que impida a los hijos reírse de los padres —protesta.

Y aún me sigue sorprendiendo tanto que volvamos a bromear así que lo rodeo con mis brazos unos segundos.

Josh vuelve a mi lado cuando soluciona el problema del señor Walters y mi padre ha sido secuestrado por Rosalind, que le está preguntando si puede hacer las fotos de no sé qué evento que hay la semana que viene.

—Por cierto —le digo a Josh—. ¿Santa Claus te ha traído lo que pediste? —le pregunto, recordando lo que me dijo en el baile.

Me mira divertido, con su sonrisa ladeada y asiente.

—Esta vez no ha tardado cinco años —dice antes de acercarse a mí y besarme otra vez.

—Tantos años criando dos hijos para que luego no me cuenten nada… —oímos la voz de Kathleen tras nosotros.

Josh y yo nos giramos, y la miramos con la cara más roja que el jersey de mi abuelo.

—Mamá —protesta Josh, avergonzado.

Kathleen le apretuja la cara con una mano y le da un beso en la mejilla.

—Poco os avergüenzo a tu hermana y a ti para lo fácil que me lo ponéis.

—Se gira hacia mí—. Tenías que haber visto lo rojo que se volvía cada vez que pasaba por su habitación y estaba con el dibujo que te ha regalado —me dice como si fuera un secreto, aunque Josh la está oyendo perfectamente y se ruboriza aún más.

Un rato después, mi tío saca un brownie de chocolate y nueces con azúcar glas espolvoreado por encima y diecisiete velas con forma de bastoncillos de caramelo.

—Pide un deseo —me dice mi abuelo.

Miro alrededor. Rodeada de las personas a las que más quiero, solo puedo darle las gracias a mi madre por haber dejado ese diario en una caja y haberme empujado sin que me diera cuenta a recordarla en cada detalle de la Navidad, aunque siempre la vaya a echar de menos.

Y, por primera vez desde hace cinco años, tengo un deseo que pedir.