Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 24
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Capítulo 24

La comida de Navidad es igual que hace años y, a la vez, distinta.

En la mesa hay pavo relleno, puré de patatas, pan de maíz, salsa de arándanos y, de postre, galletas de jengibre y ponche de huevo. Las conversaciones se entrecruzan, las risas vibran en el aire y los villancicos acompañan los breves silencios.

Pero no está mamá, ni su risa dulce, tampoco su discurso de brindis.

Y sé que todos la echamos de menos. Lo sé por esos segundos en los que nos quedamos con la mirada perdida, y por las sonrisas nostálgicas al recordarla.

Aunque también sé que lo mejor que podemos hacer es disfrutar de este rato en familia porque es lo que ella quería, lo que nos empujaba a hacer cada Navidad.

Es diferente también porque está Erin, que se va quitando poco a poco las capas de timidez y nos cuenta cómo fue ella la que invitó a mi tío al baile de la subasta y lo besó cuando la acompañó a casa porque se habría hecho vieja esperando a que él diera el paso.

Mi tío se pone rojo como el gorro de Papá Noel que lleva en la cabeza y, aunque protesta porque está contando sus intimidades, mira a Erin con tanto cariño que no hay forma de ocultar lo enamorado que está de ella.

Al terminar, recogemos entre todos la mesa y la cocina y, mientras los demás se quedan en el salón charlando con la película Elf de fondo, yo subo a mi habitación para enviarle un mensaje a Isla y leer las felicitaciones de los que, entre regalo y regalo, se han acordado de mi cumpleaños.

Tenías razón.

Es lo último que le escribí a mi amiga esta mañana y, como imaginaba, su respuesta es un audio de dos minutos gritando, que escucho con una sonrisa tonta en la cara.

Termino de responder a los demás mensajes y, al levantar la vista del móvil con un suspiro, me vuelve esa sensación de tristeza al ver la habitación tan desnuda, con solo cuatro cosas que indican la época en la que estamos.

Me acerco al armario y paso los dedos por el nombre bordado de mi madre en el calcetín con un poco de tristeza por haber perdido la tradición de meter la carta en ellos y pensando en recuperarla el año que viene.

Me pregunto si, cuando escribía la carta y la metía aquí dentro, creía de verdad que se iban a cumplir sus deseos.

Si también confiaba en la magia de las velas de cumpleaños y en las estrellas fugaces.

Lo estiro por abajo para que cuelgue de frente y no se doble.

Entonces, noto algo en la punta del calcetín.

Con el ceño fruncido meto la mano y toco un papel.

Lo saco despacio y me quedo mirándolo unos segundos.

¿Será la última carta que escribió? El corazón me retumba rápido en el pecho, como si, en vez de un papel inofensivo, tuviera en la mano una bomba a punto de explotar.

Inspiro, intentando llenar los pulmones y convencer a mi corazón de que no hay ningún peligro.

El papel cruje mientras lo despliego despacio, con las manos un poco temblorosas y un nudo en la garganta que no me deja tragar.

Hola, Santa:

¿Cómo te va? No te lo suelen preguntar mucho, supongo.

Puede que esta sea la última carta que te escriba.

Mis padres aún no lo saben y Sofie tampoco.

Adam quería que se lo dijera ya, pero necesito que estas navidades sean como todas.

Si tienen que ser las últimas, las quiero enteras, maravillosas y mágicas, como cada año.

Y, si no son las últimas, mejor, así no las habremos desperdiciado estando tristes.

Te pediría curarme, pero, dadas las esperanzas que me han dado los médicos, igual no es algo posible ni siquiera para ti.

Así que, si tienes que usar tu magia en algo importante de verdad, prefiero que sea para asegurarte de que Sofie crezca feliz.

Quiero que no pierda la sonrisa, que siga creyendo en ti, en la Navidad y en ella misma, sobre todo en ella.

Que siga descubriendo el mundo con esa curiosidad y esas ganas.

Lleva meses con la idea de hacer ese doctorado que yo no me atreví a empezar sin siquiera saber lo que eso significa.

Pero yo quiero que, cuando llegue el momento, decida dedicar su vida a aquello que ame por encima de todo.

Que se atreva a seguir sus sueños, que no se conforme.

Quiero que se equivoque, que aprenda, que pruebe y decida. Que VIVA .

Ojalá pueda verla con mis propios ojos en esos momentos, estar a su lado a cada paso. Al menos sé que, si yo no estoy, Adam la acompañará y la apoyará como hemos hecho el uno con el otro durante todos estos años.

Y cuida mucho de él también, no dejes que se encierre en sí mismo, ni que renuncie a lo que ama, recuérdale que puede que no se le den bien las palabras, pero sí es un experto en encontrar esa imagen que lo significa todo.

Ayúdales a no rendirse.

Un abrazo, tu fiel admiradora,

Ophelia

Una gota cae sobre el papel, que tiembla entre mis manos, y me doy cuenta de que es mía, de que la carta frente a mí está borrosa. Me toco las mejillas y un sollozo se me escapa al notarlas mojadas.

Me dejo caer en el suelo, sin fuerza para dar los pasos que me separan de la cama, y me abrazo a mí misma, con la carta pegada al pecho.

Lloro con fuerza, como la última vez que lo hice.

Con los labios entreabiertos, notando el sabor salado de las lágrimas que resbalan por mi rostro hasta la barbilla y caen sobre mi ropa.

No puedo evitar preguntarme si la dejó ahí pensando que algún día la encontraría. Si, aunque iba dirigida a Papá Noel, en realidad, era para papá y para mí.

Oigo unos golpes suaves en la puerta. Intento responder o, al menos, llorar en silencio, pero no lo consigo. A los pocos segundos, se abre un poco.

—¿Sofie? —pregunta la voz de mi padre—. Sofie —repite, angustiado.

Se acerca a mí y se arrodilla a mi lado sin comprender por qué estoy tan desconsolada. Le tiendo la carta mientras intento calmarme, pero siento que todas las lágrimas que he ido acumulando durante estos años han decidido salir ahora y no van a parar hasta que me quede vacía otra vez.

Puedo identificar qué parte está leyendo por cómo va cambiando la expresión de su rostro. Y sé cuándo llega al final porque dos lágrimas resbalan desde sus ojos.

Me mira un segundo, antes de extender los brazos hacia mí y envolverme en un fuerte abrazo. Me recuesto contra su pecho y dejo de intentar detener el llanto porque, con cada sollozo, siento que saco una parte de todo el dolor que tengo acumulado, que remiendo las cicatrices que me decoran el pecho.

No sé si estamos así minutos u horas, pero, cuando consigo volver a respirar con normalidad, siento que el aire me entra más limpio en los pulmones.

Mi padre se separa un poco de mí y me da un beso en la frente.

—¿Estás mejor?

Asiento, limpiándome la cara con el dorso de la mano.

—¿Dónde la has encontrado? —pregunta, curioso, volviendo a mirar la carta.

—En el calcetín.

Mi padre cierra los ojos y suspira.

—Pues claro —dice, como si fuera algo que tendría que haber sabido.

Vuelve la vista hacia mí y me aparta los rizos de la cara.

—Ahora ya sabes que a tu madre le parecería bien decidieras lo que decidieses —dice con una sonrisa pequeña, un poco triste, un poco cálida.

Asiento otra vez, consciente de que muchas de las lágrimas que he derramado han sido de alivio al leer sus palabras y tener la seguridad de que no la he decepcionado.

Doblo la carta, me pongo en pie y la guardo en el diario, junto a la mía, sin poder evitar pensar en que parece que Papá Noel sí lee las cartas, aunque no se metan en el calcetín y ni siquiera vayan dirigidas a él.

Mi padre me da otro beso en la frente y vuelve a envolverme entre sus brazos.

Bajamos al salón un rato después, yo más tranquila y con la cara lavada, para seguir celebrando el día de Navidad.

—¿Y los abuelos? —pregunto a mi padre con el ceño fruncido al ver la planta baja vacía.

—Se han ido a la carrera de trineos con Tyler y Erin —responde—. Por eso he ido a buscarte, ¿vamos?

—Oh —digo, mirando alrededor, un poco triste porque no me hayan esperado—. Vale, sí.

Nos abrigamos y salimos a la calle, donde la nieve ha decidido no hacer acto de presencia y el sol solo es una muesca en el horizonte.

—¿Has pensado lo que hablamos de enviar solicitudes a varias universidades? —me pregunta cuando emprendemos el camino hacia el antiguo molino.

—Sí —respondo—. He pensado en la Universidad de Rochester, donde irá Lily.

Mi padre asiente.

—¿Y al Culinary Institute? —pregunta, con tono cauto.

Ayer por la noche me costó dormirme porque no paraba de darle vueltas a este tema.

—Creo que sí —digo, aunque no todo lo segura que me gustaría sonar—. Que solicite plaza no significa nada, puedo seguir pensándolo hasta que tenga que matricularme.

Mi padre me pasa un brazo por los hombros y me aprieta hacia él.

—Exacto. Lo mejor es que intentes tener el mayor número de posibilidades abiertas.

Cuando, en las películas o los libros, las protagonistas se dan cuenta de que habían estado equivocadas toda la vida, en ese momento de revelación, se las ve segurísimas de que han descubierto su nuevo camino y se lanzan a él sin dudar.

Pero ¿no les da miedo? Después de años yendo en una dirección, ¿no sienten vértigo al pensar en cambiar hacia el otro lado, a que solo sea un pensamiento pasajero?

¿Y si dentro de dos años me doy cuenta de que no es lo mío?

Puede que me haya influenciado el entorno, la pastelería, reencontrarme con tantas sensaciones familiares que ahora soy consciente de que echaba de menos.

—Y no pasa nada si eliges algo y luego te das cuenta de que no es lo que querías —dice mi padre, como si me leyera la mente.

Suspiro y me aprieto contra su costado mientras recorremos la calle principal, donde todas las casas están ya iluminadas.

—Espera —dice mi padre de pronto—. Me ha parecido ver algo en la cafetería.

Frunzo el ceño. Las luces están apagadas y me extraña que en este pueblo alguien entre sin permiso en algún local o casa ajenos, pero sigo a mi padre.