Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

La tranquilidad que me había dado ver que a los dos les habían gustado los regalos se ha esfumado al notar los nervios de Josh. ¿Tendrá razón Isla? ¿Quiero que tenga razón?

Subimos las escaleras en silencio y nos cruzamos con Lily, que va dando saltitos con sus pendientes nuevos y me vuelve a abrazar rápido, antes de bajar a enseñárselo a su madre y su abuela.

Entro en la habitación de Josh, que está igual que ayer por la mañana, excepto porque en el caballete no veo nada.

Se acerca al escritorio donde coge una cartulina que hay sobre él, un poco más grande que un folio.

—Es uno de los que voy a enviar para el porfolio —dice, quedándose frente a mí, con la vista clavada en la parte del papel que yo no puedo ver—. Como me ayudaste a decidir el tema que unía a todos, quería que lo tuvieras tú.

Me lo tiende y me doy cuenta de que me tiemblan un poco las manos al sujetarlo. Giro la cartulina, pensando que será el de la castañera, el que estaba bocetando de camino a Nueva York. Pero no lo es. Al ver el dibujo me quedo tan quieta que creo que hasta el corazón se me para y dejo de respirar.

Soy yo. Lo sé por el pelo, la peca de la barbilla y porque recuerdo este momento perfectamente.

Cuando volvimos a casa del cine, cuando cerré los ojos y saqué la lengua para sentir la nieve caer en ella.

El fondo son solo unos trazos desdibujados donde se intuye una casa y las luces que la iluminan.

En cambio, mi rostro está perfectamente definido con trazos finos de varios colores que le dan profundidad.

Está hecho a boli, como los que me ha estado dando estos días, pero con muchísimo más detalle.

Pienso en el viaje a Nueva York, cuando le comenté que me gustaba esa técnica y él no dijo nada.

—Gracias —le digo al levantar la vista hacia él.

Aunque me parece que esa palabra no es suficiente, porque no solo es por el regalo, sino por haberme acompañado estos días mientras volvía a descubrir la Navidad, por ser mi Cindy Lou y darme la mano mientras recordaba a mi madre como ella hubiera querido que lo hiciera.

No le digo nada de eso porque siento que las palabras se me van a atascar en el nudo que tengo en la garganta, pero intento que lo entienda con mi mirada y con el abrazo que le doy y que él me devuelve.

No se queja cuando entierro la cara en su cuello, aunque sé que mi nariz congelada le debe de haber dado un pinchazo en la piel, sino que me aprieta más fuerte contra él.

Hace una semana no quería venir y ahora no quiero irme. No quiero separarme, no quiero echarlo de menos. Quiero quedarme aquí entre sus brazos para siempre.

Josh me suelta un poco y pone las manos en mis costados, para alejarse un poco de mí.

Yo dejo las manos sobre sus hombros, con cuidado de no arrugar la cartulina que sujeto en la izquierda, temerosa de que se quiera alejar de mí tan pronto, de que me haya dado este regalo porque se siente en deuda conmigo y no porque lo hizo pensando en mí.

—Tengo otro regalo más… —dice, y le veo tragar saliva.

¿Cómo?, ¿otro? Frunzo el ceño, confusa por su expresión nerviosa y un poco asustada.

—Bueno… —Intenta poner esa sonrisa ladeada que he aprendido a querer estos días, pero los nervios no le dejan—. El regalo sería para mí… ¿Para los dos? —Frunce el ceño y baja la vista—. En realidad, depende de lo que respondas. En mi cabeza esto sonaba mejor, lo estoy estropeando.

Suspira y levanta la vista. Me mira unos segundos con los labios apretados y la mirada preocupada, como si esperara que yo dijera algo.

—¿Qué? No me has preguntado nada —susurro, sin saber si está esperando esa respuesta que ha mencionado, pero que no tengo ni idea de cuál es.

El corazón me late tan rápido y tan fuerte que es imposible que Josh no lo esté oyendo.

—Tienes razón. —Josh cierra los ojos, frustrado—. Qué desastre.

Inspira y vuelve a abrir los ojos clavando en mí su mirada nerviosa a la vez que resuelta.

—¿Puedo besarte? —pregunta.

Voy a necesitar otro corazón después de estas navidades porque se acaba de saltar un latido para retomar su función con más fuerza aún, si es que eso es posible.

Siento ese vértigo a no saber qué hay después, a cambiar la amistad que ha funcionado incluso después de años separados. Pero también ese sentimiento nuevo que me empuja a buscar su mano, a querer quedarme entre sus brazos, a necesitar saber qué sentiré cuando me bese.

Me acerco y con los labios rozando su oreja le respondo:

—Como desees.

Y me parece un milagro que no se me haya entrecortado la voz, porque a mi cuerpo se le ha olvidado cómo funciona eso de respirar.

Me separo lo justo para que mi nariz roce la suya. Nuestras respiraciones se entremezclan de forma distinta a las veces anteriores. Porque en esta ocasión no hay dudas, solo anticipación.

Me pierdo en sus ojos unos segundos antes de cerrarlos y notar sus labios sobre los míos.

Me crepita cada terminación nerviosa del cuerpo, los brazos de Josh envolviéndome, sus manos en la espalda y la mía en su pelo.

Lo siento todo tanto, con tanta fuerza, que me da la sensación de que, hasta este momento, el mundo estaba apagado y ahora brilla con una luz cálida y dorada que no quiero que se apague nunca.

Cuando nos separamos para respirar, mi primer instinto es esconder la cara en su cuello. Pero no lo hago, quiero ver su rostro y su nariz arrugada. Por eso abro los ojos y ahí está la sonrisa que voy a echar de menos cada día que esté lejos de él.

Nos miramos unos segundos, en los que me doy cuenta de que mi corazón se ha tranquilizado, aunque mi respiración sigue agitada. Observo el atardecer de sus ojos, ese brillo que ahora sí me atrevo a identificar y que me pregunto si él puede ver en mí también.

—El mejor regalo de Navidad —susurra Josh.

Se vuelve a acercar a mis labios y no puedo evitar reírme, feliz, provocando una sonrisa en los suyos a la vez que nos besamos de nuevo.