Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 23
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Capítulo 23

La mañana del día de Navidad, cuando era pequeña, hacía lo típico: me levantaba corriendo, sin una pizca de sueño porque ya llevaba horas dando vueltas en la cama y saltaba encima de la de mis padres para poder ir a abrir los regalos.

Mi padre protestaba porque era muy pronto, mientras mi madre me abrazaba con fuerza, me llenaba de besos y acababa consiguiendo que mi padre nos hiciera cosquillas a las dos.

Hoy me levanto pronto también, aunque no por los nervios de los regalos, sino porque estos días se me ha estropeado el ciclo de sueño y el cuerpo ya no sabe a qué hora se supone que debo espabilarme.

Me acerco al escritorio y abro el cuaderno de mi madre, donde ya no hay nada más que leer.

Por la noche, antes de irnos a dormir, le conté a mi padre lo del diario y también se sorprendió, como mi abuelo, de que no supiera cómo se habían conocido mi madre y él.

Me acurruqué en el sofá, tapada con una manta, y me contó su versión de la historia.

Fue divertido descubrir qué le pasaba a él por la cabeza en esos retazos que había leído de palabras de mi madre.

Como la noche entera que se pasó sin dormir, después de decirle «como desees» porque mi madre tenía fama de no andarse por las ramas cuando un chico no le gustaba y tenía miedo de que ya no quisiera quedar con él.

Lo cierro después de pasar las páginas, como si esperara que por la noche hubieran aparecido nuevas, y debajo de él veo mi carta.

Mi padre me aseguró que, fuera cual fuese mi decisión, mi madre no se habría sentido decepcionada conmigo, pero el no poder preguntárselo, que ella no me lo pueda decir con sus palabras, me marca el pecho con pequeños arañazos.

Sin quitarme el pijama, como manda la tradición, bajo al salón, donde la parte baja del abeto no se ve por la cantidad de regalos que hay alrededor.

—Feliz cumpleaños —oigo a mi padre, antes de sentir sus brazos a mi alrededor y su beso en la coronilla.

Levanto la cabeza para comprobar que la sonrisa que he notado en su voz está pintada en su rostro.

Mis abuelos también me felicitan y me llenan de besos y abrazos que hace unos días no habría sabido cómo recibir y ahora me da pena pensar que dentro de unos días no los voy a poder tener.

Estoy segura de que mi abuelo ya le ha contado a mi abuela todo el drama de ayer porque ni siquiera pestañea cuando le hablo sobre la universidad y mis dudas mientras prepara chocolate para desayunar y «Christmas (Baby Please Come Home)» suena en la radio.

—Y yo que creía que no querrías volver a saber nada de dulces después de trabajar en la pastelería estos días —se ríe mi abuela, sentándose en la mesa de la cocina.

—Ya —me río yo también—. Fue un poco estresante lo de atender al público.

—Bueno —dice, dándome una taza con forma de muñeco de nieve—. Si al final decides estudiar Repostería, hay muchos tipos de trabajo, no solo tener una pastelería.

Asiento, dando un sorbo al chocolate y cerrando los ojos mientras el sabor y la calidez de la bebida me reconfortan.

—Y… —duda—. Si te apetece, cuando volváis en verano puedes seguir ayudándome.

Abro mucho los ojos y casi escupo el chocolate que tengo en la boca.

—¿No vas a cerrar? —pregunto, sorprendida.

Mi abuela niega con la cabeza y una sonrisa ilusionada.

—Me lo voy a tomar con más calma —me cuenta—. ¿Te acuerdas de que te comenté que hablé con Conrad? —Asiento—. Él va a ser quien se encargue de la mayor parte del trabajo.

—¿Lo sabe el abuelo? —pregunto, feliz al ver a mi abuela contenta con la decisión que ha tomado.

—Sí, se lo dije ayer.

Nos quedamos en silencio un rato, cada una en su mundo y las voces de mi abuelo y mi padre de fondo, que intentan averiguar qué hay dentro de cada paquete.

Cuando dejo la taza en la mesa, mi abuela posa su mano sobre la mía y me mira con el mismo cariño de siempre.

—Estoy muy orgullosa de la persona en la que te has convertido —dice con los ojos brillantes—. Y tu madre también lo estaría.

Sonrío, con un nudo en la garganta.

—¿Aunque me siga pareciendo un poco excesivo decorar el jardín como si fuera el mismísimo Polo Norte?

—Entre tú y yo, a la gente se le ha ido un poco de las manos ese tema.

Vuelvo a reír cuando mi abuelo y mi padre entran en la cocina, preguntando qué es tan gracioso.

No nos da tiempo a responder antes de que se abra la puerta de casa y se oiga la voz de mi tío:

—¿Habéis abierto los regalos sin mí?

Se asoma a la cocina y veo que carga con dos bolsas gigantes en las que hay cajas envueltas con papel plateado.

—Te estábamos esperando —dice mi abuela, a la vez que se levanta para servir más chocolate.

Entonces, junto a mi tío veo una cabecita de pelo violeta.

—Hola —saluda Erin, un poco cohibida.

Todos necesitamos unos segundos para recuperarnos de la sorpresa, excepto mi abuela, que sigue trasteando con el cazo y las tazas sin dejar de tararear. Supongo que ella ya sabía que tendríamos una invitada sorpresa.

Una vez recuperados, saludamos a Erin, ayudamos a mi tío a colocar los regalos junto a los demás y, cuando llegan mis abuelos con tazas de chocolate para todos, empezamos a abrirlos.

Todos tenemos un jersey que, claramente, es de parte de mi abuelo. El mío es gordito, suave y blanco con bastones de caramelo y galletas de jengibre. No me lo pienso ni un segundo, antes de ponérmelo sobre la camiseta del pijama.

Mi abuela, más práctica, nos regala gorros de lana que van forrados por dentro para los días de frío que aún quedan.

Me doy cuenta de lo que echaba de menos la emoción de intentar averiguar qué es antes de rasgar el papel, las risas cuando es más una broma que un regalo y la sensación cálida en el pecho cuando alguien se emociona al recibir eso que llevaba tanto tiempo esperando.

Calcetines y pijamas se acumulan en la mesita de centro, junto a nuevos moldes para galletas, una cámara de fotos, un set para hacer velas, libros y una maleta con dibujos de tartas. Mientras, el suelo acaba cubierto de papel de regalo arrugado.

Aprovecho que hay demasiada gente en casa dispuesta a ayudar a mis abuelos a preparar la comida y, con el gorro nuevo y dos regalos en la mano, cruzo la calle, notando cómo los nervios me hacen cosquillas en la piel.

Llamo al timbre y no pasan ni cinco segundos antes de oír los pasos que se acercan a la puerta.

—¡Feliz cumpleaños, Sofie! —grita Lily nada más abrir.

Se lanza hacia mí y estoy a punto de caerme de espaldas.

—Espera aquí —dice cuando entro en el recibidor y cierra la puerta tras de mí.

La casa está calentita, así que me quito las prendas de abrigo y las cuelgo en el perchero de la entrada, mientras Monty salta y corre a mi alrededor, reclamando caricias.

Mae y Kathleen salen de la cocina y me felicitan también, con abrazos mucho más calmados que el de mi amiga.

—Me acuerdo cuando tu madre me dijo que tenías que nacer sobre el 30 de diciembre, pero que estaba segura de que te adelantarías al 25 —me cuenta Kathleen—. Me aposté una cena y perdí —ríe.

Estoy a punto de contarle que encontré el diario, pero algo silba en la cocina y vuelve a entrar junto a Mae, lo que le da vía libre a Monty, otra vez, para reclamar mi atención.

Oigo la voz de Josh en la primera planta antes de verlo bajar las escaleras mientras se termina de poner un jersey que, bajo el cuello, tiene dibujado el cuerpo de un elfo navideño.

Sonríe al verme y salta los dos últimos escalones, pero cuando llega frente a mí se para, como si hasta hace un segundo tuviera muy claro lo que iba a hacer y se le hubiese olvidado.

Nos miramos unos segundos en los que oigo a Lily gritar algo en el piso de arriba. Por fin, se acerca a mí y me envuelve en un abrazo.

—Feliz cumpleaños —dice pegado a mi oreja, y esa mezcla de nervios y cariño a la que me podría acostumbrar me recorre el cuerpo entero.

Nos separamos cuando oímos los pasos de Lily bajando las escaleras. Noto mis mejillas ardiendo y me parece que las de Josh también están coloradas, pero puede que solo sea el calor que hace aquí dentro.

—Lo escondí tanto el otro día cuando viniste que no lo encontraba —dice Lily, tendiéndome un bulto envuelto en papel marrón con la cara de un reno dibujada en él.

Me río al abrirlo y ver un pijama verde del Grinch.

—Aunque ya no te salgan sarpullidos cuando oyes villancicos, sé que en el fondo siempre vas a tener esa parte verde y peluda dentro de ti —dice Lily—. Y es muy calentito, así que te lo puedes dejar aquí para cuando vuelvas las próximas navidades.

Eso último lo dice con una pizca de duda en el tono.

—Sí, es buena idea —digo, y mi amiga sonríe tanto que sé que haré lo que sea para volver.

Entonces, le tiendo una cajita envuelta en papel blanco, con un arbolito de Navidad dibujado con rotulador.

La desenvuelve con cuidado. Frunce el ceño al destaparla y luego abre mucho los ojos y la boca. Me mira al sacar uno de los dos pendientes. Es el símbolo del elemento químico holmio con un gorrito de Papá Noel.

—¿Puedes ser más friki, Sofie? —se ríe y me abraza—. Me los voy a poner ya —dice al separarse de mí, antes de subir corriendo las escaleras.

Sopeso el regalo que me queda entre las manos, dudando de si le gustará, si ya lo tendrá. Se lo tiendo y él lo abre, destrozando el papel, como siempre.

—Igual ya te lo has leído… —digo mientras me asaltan todas las dudas de si no debería haber pensado un poco más y no conformarme con la primera idea que tuve.

—Me encanta —dice cuando ve el ejemplar de El castillo ambulante y levanta la vista hacia mí—. No me lo he leído aún.

Suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—Espero que te guste, entonces —digo.

Josh asiente y se pasa la mano por el pelo.

—Tengo tu regalo arriba… —dice dubitativo— ¿Quieres subir o…?

—¿Otro? —pregunto, sorprendida, alzando el brazo donde llevo la pulsera.

—Este es por tu cumple —aclara, con los nervios bailando en sus ojos.

—Oh, vale, subo —digo con el corazón golpeándome las costillas.