Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 22
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Capítulo 22

Mi abuelo me concede que comamos en la cafetería de mi tío solo porque le digo que necesito poner mis pensamientos en orden antes de hablar con papá.

Estoy segura de que les envía un mensaje a mi abuela y mi padre para avisarles, pero ninguno de los dos aparece, por lo que supongo que también les pide que no vengan.

La sonrisa tranquila de mi tío me reconforta y verle hablar con Erin entre susurros, un poco inclinados sobre la barra que los separa, hace que los villancicos que suenan de fondo incluso me parezcan adecuados como banda sonora.

Me llega un mensaje de Isla, preguntándome si necesito hablar y le respondo que esta tarde la llamaré. Así podré desahogarme y contarle la historia entera, salga bien o mal.

Al llegar a casa, nos recibe el aroma de macarrones con queso y me arrepiento un poco de no haber venido a comer, pero me hacía falta pensar antes de tener esta conversación.

No quiero volver a hablarle mal a mi padre y necesito que entienda lo que me pasa, quiero que me ayude, ya que mi madre no puede hacerlo.

Lo encuentro en el salón, sentado a un lado del sofá, leyendo.

Mi abuelo me da un suave apretón en el brazo y se encamina hacia las escaleras.

Inspiro y espiro despacio, terminando de poner mis ideas en orden, y avanzo hacia mi padre, que levanta la cabeza al oír mis pasos.

Cuando me mira, puedo distinguir el dolor en sus ojos y también la tristeza, la angustia y mil sentimientos más que me presionan el pecho al ser consciente de que yo he sido la causante.

Me siento en la otra esquina del sofá, con una pierna doblada para quedar de frente a él, que cierra el libro y se gira también un poco, mirándose las manos estiradas sobre los muslos.

Sin mi madre y su facilidad para poner en palabras lo que sentimos, esto es un cuadro.

—Siento haber mirado entre tus cosas —se disculpa mi padre, alzando la vista, esforzándose en mirarme, aunque sé que está más cómodo con la vista clavada en cualquier otra cosa—.

No he ido a tu habitación a eso —me asegura, serio—.

Solo quería dejarte unas fotos que he impreso.

—Señala el montoncito que reposa sobre la mesa de centro, junto al libro—.

Y he visto el papel, pero no pensaba leerlo, solo lo he hecho porque he visto que ponía «mamá».

Bajo la vista un segundo, un poco avergonzada por haber pensado que mi padre estaba rebuscando entre mis cosas, cuando es algo que nunca ha hecho.

—Yo siento haberte gritado… En realidad no creo que solo te preocupen mis notas… —dudo; en mi cabeza estaba muy claro el discurso, pero ahora no me salen las palabras—. Es que… a veces es lo único de lo que hablamos… Ya no hacemos cosas juntos…

Mi padre cierra los ojos con gesto de dolor.

—Tienes razón —admite—. No… No he sabido… adaptarme muy bien a vivir sin tu madre.

Los ojos le brillan con lágrimas que no permite que resbalen.

—Y siento… no habértelo contado —digo, forzándome a no bajar la vista—. No quería que te enfadaras, te lo pensaba contar, pero me daba miedo decepcionarte.

Mi padre niega con la cabeza y se pasa las manos por la cara.

—No estoy enfadado porque no me hayas dicho lo de la universidad… Bueno, sí, pero no exactamente… —suspira, intentando encontrar las palabras—. Me ha dolido que pensaras que no podías hablar conmigo sobre ello, que te diera miedo mi reacción…

Extiende los brazos y me coge las manos, que no me he dado cuenta de que estoy apretando en forma de puño.

—Yo… Los estudios siempre me han parecido un tema seguro.

Era fácil hablar de ello, animarte, preguntarte por las notas, ver cómo conseguías alcanzar ese sueño que tenías desde pequeña…

Supongo que esta situación ha sido culpa mía.

Quería que supieras que te apoyaba, que estaba ahí para lo que necesitaras, pero no he sabido demostrártelo…

—Una lágrima se le escapa y rueda por su mejilla.

Siento presión en los ojos otra vez, pero ni siquiera se me llegan a empañar.

—Lo sé, pero… Creía que te decepcionaría saber que no me habían aceptado —confieso.

—Si no se dan cuenta de lo que vales, ellos se lo pierden —dice con una pequeña sonrisa—. No quiero que pienses que me vas a decepcionar por… Por nada.

Lo imito, aunque aprieto los labios al segundo siguiente.

—Y sobre lo de… —se me enganchan las palabras— estudiar Repostería…

Mi padre tira suave de mis brazos, me rodea con los suyos con fuerza y me da un beso en la coronilla antes de separarse un poco para mirarme.

—Como si, de pronto, te dieras cuenta de que tu sueño es ser cuidadora de osos panda.

Suelto una leve risa por la ocurrencia que me relaja.

—Pero no estoy segura… —digo, volviendo a sentir angustia.

—Aún te quedan unos meses para pensarlo —dice—. Puedes solicitar plaza para Repostería y, si quieres, en alguna otra universidad con un buen programa de Ingeniería, así tendrás opciones donde elegir.

—No sé si quiero más opciones. Estaba bien con una… —suspiro, añorando la seguridad con la que veía mi futuro hace solo unos días.

Mi padre me aparta el pelo de la cara con una sonrisa.

—¿Has mirado dónde te gustaría estudiar en caso de que cambies de idea? —pregunta.

Asiento y trago saliva. Se lo ha tomado todo bastante bien, pero lo de irme a la otra punta del país…

—Aquí, en el Culinary Institute —digo sin apartar la vista de su rostro, esperando ver una mueca de disgusto.

Pero no la hace; en cambio, se queda pensativo, serio.

—Claro, tiene sentido, ahí quería haber estudiado tu abuela, ¿no?

Asiento y mi padre vuelve a sonreír, divertido.

—Sería gracioso que tu madre se fuera a la costa oeste para estudiar y ahora tú vuelvas a la este.

Sonrío, aliviada porque no le parezca mal la posibilidad de que me vaya tan lejos de casa, pero la mención de mi madre me trae otro pensamiento.

—¿Crees que mamá estaría decepcionada? —susurro, con voz temblorosa.

—Tu madre estaría muy orgullosa de ti porque piensas en lo que de verdad te hará feliz.

—Pero se lo prometí —me lamento.

Vuelve a mostrar esa pequeña sonrisa, un poco triste y divertida a la vez.

—Lo que más quería tu madre en el mundo era verte feliz. Además, creo que las promesas que hacemos antes de los doce años prescriben alrededor de los diecisiete, así que mañana serás libre.

Suelto una risa débil y me vuelvo a recostar contra su pecho. Siento que he vuelto a recuperar a mi padre y que, aunque no se le dé bien hablar, puedo contarle lo que me ocurre y estará ahí para sostenerme cuando haga falta.

Al separarnos, noto que el pecho ya no me pesa, como si todo lo que tenía acumulado sobre él hubiera desaparecido.

—Podríamos hacer maratón de Parque Jurásico cuando volvamos a casa —propongo, aún con un poco de miedo a que me diga que no—. Han sacado dos pelis nuevas estos años que no hemos visto.

Mi padre asiente, con una expresión más tranquila en el rostro y en los ojos, sin rastro de la angustia que los llenaba hace un rato.

—Sí, estaría bien… Y podríamos ver si hay algún musical ahora en el teatro Ahmanson.

Sin darnos cuenta, empezamos a hacer planes para los próximos meses: ir al cine, cenar en el restaurante italiano que van a abrir en unas semanas al lado de casa, visitar Canadá…

Alcanzo las fotos de la mesita de centro y las voy pasando despacio. Las del día de Papá Noel son muy divertidas. En una estoy hablando con el niño del interrogatorio y tengo una expresión de desconcierto en la cara que hace que me ría.

—No me hizo mucha gracia al principio lo de encargarme de las fotos… —dice mi padre—, pero me di cuenta enseguida de que lo echaba de menos.

—Lo noté —le digo, pasando a la foto en la que estamos todos junto a Noel, vestidos de elfos.

No puedo evitar fijarme en el brazo de Josh rodeándome y su cabeza junto a la mía.

—¿Me puedes hacer copias de esta? —le pregunto.

—Ya las he hecho, de esa y de algunas otras. Luego te las doy para que las repartas.

Le sonrío, agradecida.

Sigo viendo fotos hasta que me detengo en una que no sabía que me había hecho.

Es el momento en el que Josh me cogió de la cintura el día de la pelea de bolas de nieve.

Justo cuando me dijo algo al oído con una sonrisa.

Noto calor en las mejillas al darme cuenta de que en la carta también hablaba de él.

Pero mi padre no ha dicho nada, así que paso rápido a la siguiente, intentando disimular.

Le doy un largo abrazo al terminar de verlas todas y subo a mi habitación. Aprovecho que aún falta un rato hasta la hora de cenar y llamo a Isla, que me responde a los cinco segundos, como si estuviera con el móvil al lado, esperando mi llamada.

—¿Tengo que coger el bate de mi hermano o ir a recogerte al aeropuerto?

Me río.

—Estoy bien —le aseguro y me doy cuenta de que es verdad.

—¿Y esta mañana? —pregunta, preocupada.

Suspiro y le cuento todo lo que ha pasado.

Ordenarlo en mi mente para decírselo me ayuda a reflexionar sobre cada palabra que he dicho y me doy cuenta de que nos hacía falta enfadarnos y gritarnos.

Necesitábamos salir de nuestras respectivas corazas para poder reencontrarnos en un punto medio, donde no está mamá, pero nosotros seguimos aquí.

—Me alegro —dice Isla cuando termino—. Entonces ¿me puedo ir despidiendo de pasar mis años universitarios contigo? —pregunta con voz lastimera.

—Aún no lo sé.

Isla enarca las cejas.

—Bueno, me voy a ir haciendo a la idea.

Pongo los ojos en blanco para disimular cómo se me encoge el pecho al pensar en separarme de ella.

—¿Y qué tal con Josh? —pregunta, acercándose a la pantalla, con la mirada de estar esperando una palabra para bromear por el último mensaje que le envié.

Me agito un poco, sin saber cómo poner en palabras todo lo que me preocupa sobre ese tema.

—Te regala dibujos todos los días —dice Isla al ver que no respondo, como si me leyera la mente.

—También lo hacía cuando teníamos diez años —rebato, sin entender bien por qué.

—Te regaló una pulsera.

—Porque yo le regalé un colgante.

—Sofie Elisabeth Graham, que casi os besáis, ¿cuántas?, ¿tres veces?

—Eso es lo que me pareció a mí, igual él estaba pensando en que tenía una legaña en el ojo.

Isla pone los ojos tan en blanco que parece que se le hayan dado la vuelta entera.

—Mi apuesta es que mañana tendrás un regalo de Navidad en forma de beso.

Noto calor en las mejillas.

—Le encanta la Navidad —sigue sin esperar que diga nada— y ayer te dio el regalo que estaba guardando para mañana, así que no creo que se quede sin darte nada.

—Pero… me voy dentro de unos días. —Me cuesta sacar las palabras.

Esta vez Isla no pone los ojos en blanco ni se burla de mí. Mantiene su rostro serio, el que muestra cuando habla de cosas importantes.

—Me parece bien que me rebatas todo lo que digo porque no quieras hacerte ilusiones —dice, y siento que me clava un puñal en el estómago al darme cuenta de lo ciertas que son sus palabras—.

Pero que sepas que ese chico está tan pillado por ti como tú por él y que le da igual que te vayas a ir a la otra punta del país.

Te conozco y, si vuelves sin haberte arriesgado, te arrepentirás.

Siento vértigo al imaginarme cómo cambiaría todo, al imaginarme qué ocurriría si no funcionara. Lo último que quiero es que los dos acabemos con el corazón hecho trizas.

Bajo a cenar un rato después, cuando me parece oír la voz de mi tío.

—Gracias, Adam, me encantan —está diciéndole a mi padre con un montón de fotos en las manos.

Mi abuela sale de la cocina con el delantal de Mamá Noel puesto.

—Esto me recuerda que hace mucho que no sacamos los álbumes más vergonzosos —dice mientras camina hacia el mueble de la tele y abre uno de los cajones.

Mientras mis abuelos terminan de hacer la cena, nos sentamos en la mesa de la cocina y repasamos las fotografías de la familia.

Mi madre de pequeña, con un mono de trabajo, el pelo recogido en un moño alto y un destornillador en la mano, sonriéndole a la cámara.

Mi tío Tyler tras una cocinita de juguete sirviendo café imaginario en tazas de plástico.

Y los dos juntos haciendo muecas a la cámara, llenos de barro, abriendo regalos de Navidad…

Mi abuela de joven, enfurruñada mientras señala el árbol de Navidad de la plaza, y mi abuelo, luciendo una buena melena oscura, aguantando el chaparrón con las manos en los bolsillos.

Las carcajadas llenan la casa, junto con los relatos de la historia de cada una de las escenas. No hay tristeza al mencionar a mi madre o, al menos, no es el sentimiento que prevalece, sino que el ambiente se llena de nostalgia y cariño al recordarla. Como ella hubiera querido.