Capítulo 21 #3
Me he vuelto a poner el vestido verde que me compré en la tienda de la señora Chapman para el baile de la subasta, ese día me dio suerte porque pude bailar con el chico de ciudad. Y hoy también, porque le he dado un beso con él puesto ¡y me lo ha devuelto!
Estoy en una nube y a la vez me arrepiento muchísimo de no haberme lanzado antes porque ¡todos estos días perdidos! Ahora solo nos queda una semana antes de que se vuelva a Los Ángeles. Es poco tiempo, sobre todo, porque no nos veremos hasta verano.
El chico de ciudad… ¿mi novio?, ¿le puedo llamar ya así? Me ha regalado la única foto que tengo con él, en grande, enmarcada y todo. Me ha dicho que me la iba a dar como regalo de Navidad, pero que, como solo quedaban unas horas, le parecía un buen momento.
Es la que le obligué a hacerse en el viaje a Nueva York. Creía que no había salido bien porque nos la hicimos poniendo su cámara frente a nosotros, sin saber si estaba enfocada y no me la dio junto con las demás. Es preciosa.
Me siento feliz de haber diseñado este plan, no solo de conseguirlo, sino de haberlo disfrutado. He hecho lo mismo de todos los años y también he vivido momentos nuevos, brillantes, que se van a quedar en mi memoria para siempre.
Las navidades siempre son mágicas, pero esta lo ha sido aún más.
Los Ángeles. La foto frente al árbol de Rockefeller que tienen mis padres en la pared de su habitación…, creía que era de cuando estaban en la universidad…
—¿Papá? —Miro al frente, a la tumba de mi madre, como si ella estuviera allí y me fuera a responder.
¿Era mi padre? ¿El chico del diario? ¿Había sido él todo este tiempo?
Vuelvo atrás y repaso cada entrada con las manos temblorosas: El castillo ambulante , el primer libro que papá dice que le regaló mamá. El atracón de galletas de mantequilla en el cine. Las fotos, que odia salir en ellas.
—¿Sofie? —oigo detrás de mí.
Me giro, un poco desorientada por este descubrimiento, y me encuentro a mi abuelo, con las manos en los bolsillos del pantalón de pana y mirada sorprendida.
—¿Qué haces ahí sentada con el frío que hace? —me pregunta al acercarse y agacharse junto a mí, frotándome los hombros con las manos.
—¿Mi padre pasaba las navidades aquí de pequeño? —le pregunto sin poder pensar en otra cosa.
—Claro —responde después de unos segundos, desconcertado por la pregunta—. ¿Dónde te crees que se conocieron tus padres? —pregunta con el ceño fruncido y, a la vez, mirada divertida.
—En la universidad.
Mi abuelo se ríe.
—¡Qué va! Pero si tu padre venía a casa de los Quincy todas las navidades, son familia de tus abuelos.
—Entonces…
Vuelvo a mirar la tumba, otra vez, como si tuviera las respuestas.
—¿No lo sabías? —me pregunta, extrañado.
—No sé, siempre he asumido que se conocieron en la universidad, como papá es de Los Ángeles y mamá fue allí a estudiar…
Mi abuelo niega con la cabeza.
—Creo que tu padre llevaba enamorado de tu madre años y, aun así, por lo que tengo entendido, fue tu madre la que dio el paso —ríe—. A tu padre nunca se le ha dado bien hablar sobre lo que siente. —Esto último lo dice con una sonrisa triste.
Se me encoge el corazón. Está claro que eso lo he heredado de él.
—He discutido con mi padre —confieso sin poder mirar a mi abuelo los ojos, pero con la necesidad de contárselo a alguien que me pueda responder.
Me mira preocupado.
—¿Y eso? —pregunta.
—Rechazaron mi solicitud para Caltech. —Intento tragar el nudo que me aprieta la garganta—. Tengo que esperar hasta marzo para saber si me admiten… y no se lo dije.
Vuelve a frotarme los hombros con las manos y alza la vista al frente, pensativo.
—Bueno, solo estará dolido porque no se lo has contado —dice, cuando vuelve a mirarme, sin reproches, comprensivo.
Niego con la cabeza.
—Leyó… Leyó una carta que escribí el otro día y… —dudo—. Llevo unos días pensando en estudiar Repostería —susurro, como cada vez que lo he dicho en voz alta, como si me diera miedo que el universo lo escuchara.
Mi abuelo abre los ojos, sorprendido, pero enseguida cambia su expresión a una sonrisa cálida.
—¿Sabes? Todo el mundo ha insistido siempre en que te pareces a tu madre. Lo que es cierto, porque eres su viva imagen. —Me aparta los rizos de la cara—. Pero yo siempre he creído que aquí —señala el lugar donde está mi corazón con el índice— te pareces más a tu abuela.
—¿Por qué? —pregunto, sorprendida por su reflexión.
—Ese ánimo para levantarte antes de que salga el sol y la capacidad de rozar el sarcasmo con algunos comentarios… Te aseguro que eso lo has sacado de tu abuela.
Vuelve a reír y consigue que yo también sonría un poco. La verdad es que nunca me había parado a pensarlo. Pero es cierto que mi personalidad es bastante distinta a la de mi madre, sobre todo, estos últimos años.
—Uf —se queja mi abuelo al ponerse en pie y mover las piernas para desentumecerlas—. Esto de estar en cuclillas era más fácil con veinte años.
Sonrío mientras guardo el diario en la mochila y me levanto yo también.
Cuando se incorpora del todo, le doy un abrazo.
Mi abuelo me lo devuelve y pienso que ojalá pudiera quedarme aquí para siempre, envuelta en esta calidez, donde no existen los problemas, donde no tengo que decidir qué quiero ni enfrentarme a mi dolor ni al de los demás.