Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Empiezo a caminar rápido y giro por la primera calle para que, si mi padre sale de casa, no me vea.

Cojo el móvil con las manos temblorosas, no sé si por el frío o los nervios o todo a la vez.

Llamo a Isla. Espero y espero, pero la llamada finaliza sin que me responda.

Es Nochebuena, debe de estar con su familia haciendo las compras de última hora, como la mayoría de los vecinos del pueblo, que pasean con sonrisas pintadas en la cara que me parecen grotescas y fuera de lugar.

Llevan bolsas con purpurina, de colores brillantes, llenas de regalos que no son más que tareas que tachar de una lista.

Vuelve la presión en el pecho, me quema el estómago y solo quiero hacerme una bolita y llorar. Quiero llorar, pero, aunque me duelen los ojos y un nudo me presiona la garganta, no sale ni una lágrima.

Pienso en mi abuela, que lo último que necesita es a su nieta, que no ha ido a ayudarla, llegando a la tienda con la cara desencajada. También me viene a la cabeza mi tío, que estará preparándose para el turno de la comida, y mi abuelo, que ni siquiera sé dónde está.

Paso frente a una casa de cuyo jardín sale la voz de Frank Sinatra. ¿Venden altavoces para jardín que reproducen la misma canción una y otra vez?

Me siento tan sola ahora mismo… Una sensación tan distinta a la que me ha abrazado estos días que creo que el pecho se me va a partir en dos. No sé si eso es físicamente posible, pero me duele.

Cuando levanto la vista, me doy cuenta de a dónde me han llevado mis pasos.

En la calle de enfrente veo un muro bajo de piedra irregular, con columnas de poco más de un metro de altura. Un camino se interna entre los arces y robles que ocultan lo que hay tras ellos.

Respiro hondo. Hay una persona que sé con certeza dónde está y estoy segura de que no la voy a molestar.

Camino despacio, internándome en la arboleda, con las manos en los bolsillos y la cara metida en el cuello de la chaqueta. A Papá Noel y sus renos se les van a congelar hasta las pestañas cuando pasen por este pueblo.

Recorro un camino que en mis recuerdos está cubierto por una niebla densa y espesa, aunque, en el día que lo hice, el sol brillaba alto en el cielo, como si él también quisiera despedirse e intentar quitarnos un poco el frío que nos llegaba hasta los huesos.

Me detengo frente a la losa gris con el nombre de mi madre grabado sobre unos años cuya diferencia es demasiado pequeña.

No es justo.

Me siento en el césped húmedo con las piernas cruzadas.

—Le he gritado a papá —digo, con la vista clavada en las flores grabadas junto a su nombre—.

No quería que pasara así, pero no he podido evitarlo.

Ha sido como si todo el resentimiento que he ido guardando todo este tiempo a pedacitos dentro de mí me hubiera explotado dentro del cuerpo y hubiese salido disparado en forma de palabras horribles.

Siempre me ha parecido una tontería cuando en las películas los personajes le hablan a una tumba, pero el peso que me presiona el pecho se va deshaciendo poco a poco con cada palabra, y supongo que ahora sí lo entiendo.

—No tenía derecho a mirar mis cosas. No lo entiendo. Nunca lo había hecho hasta ahora.

Me arrebujo como puedo en el abrigo. Me estoy quedando helada ahora que me han bajado las pulsaciones y la rabia no me araña el estómago.

—Lo peor es que sé que, cuando se le pase el enfado por no habérselo contado, voy a tener que ver la decepción en sus ojos el resto de mi vida.

Estaba… Estábamos tan seguros de que iban a aceptarme en la universidad…

Y ahora solo puedo pensar en que no he hecho lo suficiente y sé que él también lo piensa.

Gimo y me toco las mejillas, esperando que estén mojadas, pero no, solo están congeladas.

—Y, si decido estudiar Repostería…, ¿entonces qué? Si lo hago, perderé lo único que me unía a él, el único tema del que hablábamos sin problema.

Un suspiro sale de mis labios y forma una nubecilla frente a mí.

—Me siento fatal porque estaba contento estos días, se reía como antes. Me abrazó el otro día y sentía que había recuperado a papá, al que se fue contigo. Pero la he cagado, la he cagado tanto…

Entierro la cara entre las manos.

—No quiero volver y ver el dolor en su mirada. No quiero que se encierre en él otra vez. Quiero ir a comprar libros, pasar tiempo juntos y hablar de ti y que me abrace.

La mochila que había dejado de pie en el suelo, a mi lado, vence y cae contra mi rodilla. La abro y saco el diario.

Solo queda una entrada, la última. Una página más y confirmaré que mi madre fue más valiente que yo. Una página más y no me quedarán palabras nuevas que leer de mi madre.

Una parte de mí no quiere terminarlo. Siento que los días ya no van a ser iguales sin esa curiosidad que he sentido todas las mañanas al despertarme. Pero, por otra parte, sé que leerla va a calmarme. Que será como tener a mi madre aquí, conmigo.