Capítulo 21
Nos despertamos cuando el sol ya nos da en los ojos. Por primera vez desde hace días, siento que he dormido bastante. Me desperezo con la idea de ir a ayudar a mi abuela, aunque sea tarde, y alargo el brazo a la mesita de noche para coger mi móvil.
Me sorprende ver que Isla me llegó a responder al último mensaje que le envié:
Estás pilladísima, lo siento, te doy el pésame.
Me gustaría ser capaz de llorar, así podría elegir entre eso o reír de forma histérica. Pero, en cambio, juego con la pulsera.
Siento que la fecha que marca el móvil me grita, recordándome que solo me quedan unos días aquí.
—Sofie. —Lily se asoma por el borde del colchón, frotándose los ojos—. ¿Vamos a despertar a Josh?
Vuelvo a dejar el móvil en la mesita y bostezo.
—Igual ya está despierto —pienso en voz alta.
Mi amiga niega con la cabeza.
—Vi luz en su habitación ayer cuando fui al baño antes de acostarnos.
Me apetece, era algo que nos divertía muchísimo de pequeñas porque Josh tiene muy mal despertar.
—Vale —digo, con la niebla del sueño rodeándome.
Lily se levanta, pasa por encima de mí y tira de mi brazo para llevarme con ella.
—¡Buenos días, Josh! —grita mi amiga nada más abrir la puerta contigua a la suya.
En dos pasos se lanza hacia la cama de Josh, cayendo con todo su peso sobre él. La imito, dejándome caer sobre Lily. La risa se me escapa sin esfuerzo cuando oímos el gruñido de Josh bajo las sábanas.
—Te odio —dice Josh, intentando salir de debajo de nosotras.
Observo la habitación. Las paredes están pintadas del mismo azul suave de siempre.
Los muebles blancos me parece que son los mismos: el escritorio junto a la cama, lleno de materiales de dibujo desordenados.
El caballete de pie al lado, con una tela que cubre lo que sea que está en él.
En las puertas del armario tiene pegados pósters de cuadros de distintos estilos y fotos que no alcanzo a distinguir.
Vuelvo la atención a mis amigos cuando Josh consigue apartar a Lily con tal fuerza que está a punto de caer de la cama. Yo giro sobre mí misma para no acabar también en el suelo.
Josh se incorpora con los ojos entrecerrados, los bucles mucho más despeinados que de costumbre y el ceño fruncido, molesto.
Entonces posa sus ojos en mí y el semblante se le relaja hasta mostrar una pequeña sonrisa adormilada.
Lleva un pijama de Íñigo Montoya con gorro de Papá Noel que me hace sonreír.
—¿Era necesario este ataque? —pregunta, fingiendo enfado, sin dejar de mirarme.
—No, pero ha sido divertido —dice Lily, revolviéndole más el pelo.
Asiento, con esa sensación cálida que me he acostumbrado a sentir en el pecho.
Josh escapa de la mano de su hermana, pero no puede moverse mucho más porque me he quedado tumbada sobre sus piernas.
Estoy a punto de quitarme para que pueda salir, cuando le veo mirarme con la sonrisa ladeada y ese brillo en los ojos que hacía tiempo que no veía.
Intento levantarme, pero me enredo en la sábana.
Esos segundos son suficientes para que Josh consiga alcanzarme y empezar a hacerme cosquillas.
¿No dicen que con los años la gente tiene menos?
Pues no es verdad, porque me retuerzo mientras me río y protesto, todo a la vez.
Busco a Lily con la mirada, quien, siempre que ocurría esto, atacaba a Josh en su punto débil, pero mi amiga no está, ha desaparecido, la muy traidora.
—Para, Josh, por favor —suplico sin aliento.
Lo hace. Se queda quieto, con las manos apoyadas a los lados de mi cabeza, la respiración tan agitada como la mía y expresión de desafío en el rostro.
—No ha sido idea mía —me defiendo, porque siento que la venganza ha ido dirigida a quien no tocaba.
Se encoge de hombros.
—Has colaborado.
Pongo los ojos en blanco y entonces soy consciente de lo cerca que estamos.
Otra vez. Mi corazón se da cuenta también, porque empieza con su ya habitual golpeteo rápido y fuerte.
También me fijo en que el colgante de Josh se balancea entre nosotros y me pregunto si suele dormir con él o solo es que ayer se le olvidó quitárselo.
Lo miro a los ojos, más azules sin las gafas, que me atrapan y me entrecortan la respiración. Ya no veo diversión en ellos, sino eso que se asoma todas las veces que nos hemos quedado en silencio, cerca. Separa los labios, como si fuera a decir algo…
—¡El desayuno ya está!
Damos un respingo al oír a Lily y nos levantamos de la cama.
Otra vez. Nos han interrumpido, otra vez.
Me enredo con las sábanas de nuevo y no me caigo de morros porque Josh me sujeta de la cintura, provocándome un escalofrío al notar el calor de sus manos a través de la tela del pijama. Solo me suelta cuando tengo los pies en el suelo.
Nerviosa, huyo de la habitación de Josh, asustada por lo que siento, porque eso mismo lo he visto en sus ojos.
—Sofie… —me llama cuando ya estoy en el umbral de la puerta de Lily.
Lo miro, interrogante, con la respiración entrecortada.
Si fuera valiente… Solo un poco…
—Puedes venir a despertarme siempre que quieras —dice, con las mejillas coloreadas y una sonrisa dubitativa.
Mi corazón se salta un latido y estoy segura de que, de esta, salgo con una cardiopatía.
Vuelve a entrar a su habitación sin decir nada más y yo me quedo ahí plantada unos segundos, intentando encontrar algún otro significado a sus palabras que no sea ese salto al vacío que siento que sería el convertir nuestra amistad en algo distinto.
En la habitación de Lily, me visto rápido y meto todas mis cosas en la mochila.
Cuando bajo a la cocina, la taza de pies de elfo está frente a la única silla libre y miro a Josh, que me sonríe, y, aunque no sé qué quiero hacer con esto que tiembla entre nosotros, no puedo evitar imitarlo al rodear la taza entre mis manos.
Rozo con la yema del dedo las dos grietas irregulares del asa, esas que demuestran que es mi taza, la que se me cayó a la mesa cuando estaba bebiendo un sorbo y Josh me asustó por detrás. Solo le perdoné cuando se disculpó por enésima vez y pegó los dos pedazos del asa lo mejor que pudo.
—Le prometí a Abby que iría a ayudarla a envolver los regalos para sus primos —dice Lily un poco contrariada—. Si no, podríamos ver una peli los tres.
—Yo quiero ir a ayudar a mi abuela, de todas formas —digo, mirando el reloj de pared que me indica que es tardísimo.
—Y yo tengo que seguir con el porfolio —dice Josh.
Me alegro al ver que no parece tan agobiado como estos días atrás.
—Quiero ver alguno de los dibujos que has preparado —digo, intentando comportarme con normalidad.
—Ya visteis el de la subasta…
—¿No tienes ninguno terminado? —pregunta Lily.
—No del todo… Casi.
—Mañana es Navidad —le dice Lily, enarcando las cejas.
—Ya lo sé —responde Josh en tono de advertencia.
Lily le saca la lengua y me queda claro que me estoy perdiendo algo.
Al entrar en casa no oigo nada. Echo un vistazo en la cocina y en el salón, pero no hay nadie. Así que voy a mi habitación a dejar la mochila antes de ir a la pastelería.
Subo los últimos peldaños de las escaleras extrañada al ver la puerta de mi habitación de par en par, normalmente la dejo entreabierta.
Descubro por qué nada más poner un pie dentro.
Mi padre está junto a mi escritorio, con un papel en la mano.
Lo primero que pienso es que debe de haber visto que no he hecho nada de deberes, aunque tampoco debería extrañarle porque no he parado en casa.
Pero entonces me doy cuenta de que el papel que tiene en la mano es la carta que le escribí a mamá.
Debe de haber oído mis pasos porque alza la cabeza y me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto? —pregunta, brusco.
Creo que se ha acabado el oxígeno de la habitación porque no consigo tomar suficiente aire como para llenar mis pulmones.
—¿Cuándo me pensabas contar que no te han admitido en Caltech?
Se suponía que esta conversación la íbamos a tener en casa, en un entorno controlado. Le iba a contar mis dudas…
—¿En qué momento te ha parecido buena idea ocultarme todo esto?
Demasiadas preguntas.
Se pasa la mano que no sujeta el folio por la cara.
—Te lo iba a decir cuando volviéramos a casa —susurro—. Además, seguro que me aceptan en marzo…
—Aquí no hablas solo de eso —dice, ahora sí, enfadado de verdad.
La presión que siento en el pecho sigue sin dejarme respirar con normalidad, pero, de alguna forma, se convierte en rabia al ver cómo arruga la carta al apretar la mano en un puño, al darme cuenta de que ha mirado mis cosas sin permiso.
Me acerco a él y se la quito de un tirón. Está tan sorprendido que la suelta.
—¡No tenías derecho a leerla! ¿Por qué has entrado en mi habitación y has rebuscado en mis cosas?
—¡Soy tu padre! —grita, como si eso lo justificara todo.
—¡¿Y qué?! —grito yo también.
—¡Que se supone que me debes contar lo que te pasa!
—¡Igual es porque a veces siento que solo te importa si saco buenas notas! ¡Que solo quieres una hija perfecta!
Me arrepiento al instante, al terminar de decir la última sílaba, al ver la expresión dolida que llena su rostro, sus ojos.
Pero siento un fuego que me quema las entrañas porque, en parte, es cierto.
Desde que no está mamá el tema del que más hablamos es de los estudios, se alegra cuando ve los sobresalientes y me felicita cuando mi grupo gana alguna competición.
No vamos al cine, ni vemos series juntos.
Hace siglos que no viajamos, que nuestras vacaciones son entre las cuatro paredes de nuestro piso.
—Sofie —dice mi padre, como si soltara todo el aire de sus pulmones, derrotado, cansado.
Alcanzo el diario de mi madre, que también está sobre el escritorio y, sin mirarlo una vez más, salgo corriendo de la habitación y de casa.
Me detengo en la acera, echo un vistazo hacia la casa de enfrente y me planteo llamar, pero Lily tenía planes y Josh necesita tiempo para terminar su porfolio, no debería molestarlos ahora.