Epílogo
Un año más tarde…
Si hubieran permitido a un elfo de Papá Noel decorar las calles de White Falls, el resultado sería similar a lo que tengo frente a mí: las farolas están envueltas en guirnaldas de pino pintadas de rojo y blanco, simulando ser bastones de caramelo, a los pies de cada una hay regalos de diferentes formas y tamaños, de algún material a prueba de agua y nieve, espero.
Entre las casas cuelgan tiras de bombillas de colores mecidas por la suave brisa, que también arrastra los copos de nieve en remolinos frente al parabrisas del coche.
Y algún vecino debe de haber aprendido a hacer esculturas de hielo, porque en todos los jardines hay varias expuestas, algunas más reconocibles que otras.
Reduzco la marcha al pasar junto a un grupo de niños que se persiguen por la acera, demasiado cerca del borde, con las chaquetas desabrochadas y los gorros resbalándose de sus cabezas, sin importarles que la temperatura no supere los cero grados.
Detengo el coche frente a la casa de mis abuelos, donde también hay una escultura de hielo, rodeada de las mismas decoraciones que el año pasado.
—¿Qué se supone que es eso? —pregunta mi padre, a mi lado, refiriéndose a la escultura de hielo—. ¿Una foca?
—¿Un muñeco de nieve? —aventuro.
Nos miramos y sonreímos al comprobar que siempre hay algo nuevo que descubrir en este pueblo.
Una bocanada de aire helado me recibe al abrir la puerta del coche, dándome la bienvenida al Polo Norte neoyorkino. Me arrebujo en la chaqueta y me ajusto la bufanda alrededor de la cara. Nunca me acostumbraré a este frío.
La puerta de casa se abre y mis abuelos salen a recibirnos como si la temperatura no fuera de dos grados bajo cero. Los abrazo, aprovechando para refugiarme en su calidez.
—Hay chocolate caliente ya preparado —me informa mi abuela, caminando hacia el maletero, empeñada en ayudarnos con las maletas, como siempre.
—¡Sofie! —oigo desde la acera de enfrente.
Lily sale corriendo de su casa, con el chaquetón desabrochado, y se tira encima de mí, rodeándome fuerte con los brazos. La imito mientras la risa feliz de las dos se entrelaza con los ladridos de Monty, que reclama sus dosis de caricias.
Al separarme de Lily, veo a Josh tras ella, esperando, con la sonrisa arrugándole la nariz. El corazón me empieza a latir con fuerza, el muy pesado.
Extiendo los brazos a la vez que doy los pasos que nos separan.
La piel cálida de su rostro bajo las yemas de mis dedos y sus labios suaves contra los míos me envuelven, apartando el resto del mundo a un lado, recordándome que aquí tengo un lugar seguro al que volver.
Escondo el rostro en su cuello a la vez que nos apretamos con fuerza el uno contra el otro.
Me encanta besar a Josh, sobre todo cuando sonríe, pero me he dado cuenta de que muchas veces prefiero acurrucarme a su lado o entre sus brazos y, simplemente, dejar que me envuelva su olor y notar el latido de su corazón.
Además, ahora sé que en verano también puedo enterrar mi nariz en su piel e imaginarme que es Navidad.
—Te he echado de menos —me susurra, rozando mi oreja con sus labios.
—Solo ha sido una semana —digo, aunque yo también lo he echado de menos.
Los meses separados después de Navidad tuvieron un regusto a tortura que no recomiendo a nadie.
Sobre todo, a las dos semanas, cuando nos dimos cuenta de que llevábamos más tiempo de relación a distancia que juntos.
Se nos vino un poco el mundo encima varias veces, aunque en ninguna hablamos de dejarlo, menos aún después de que le anunciara mi decisión de estudiar Repostería y a él lo admitieran en la NYU .
Ese, sin duda, fue el momento en el que más me dolió estar lejos, porque quería abrazarlo con todas mis fuerzas.
Esos días tampoco fueron fáciles porque tenía una decisión que tomar. Incluso tuvo que intervenir mi padre, con su facilidad para las palabras, cansado de convivir con un zombi que se quedaba mirando al infinito, lamentándose cada dos por tres.
Y, aunque fue duro, no solo elegir qué estudiar, sino saber que iba a estar lejos de gente a la que quiero, fuera cual fuese mi decisión, ahora sé que hice lo correcto, que estoy estudiando lo que me apasiona.
Además, veo a Josh casi todos los fines de semana, a veces viene él a Hyde Park, otras voy yo a Nueva York y también visitamos juntos White Falls: en su cumpleaños y el de Lily, en el de mi abuelo y el fin de semana de la fiesta de fundación del pueblo.
Me encanta hacer ese trayecto juntos. A veces, Josh ve un atardecer que quiere dibujar, aparcamos en la estación de servicio más cercana y nos sentamos en el capó del coche. Yo estudio o leo mientras oigo el rasgueo de sus lápices de colores sobre el papel.
—Sofie —me llama mi padre, devolviéndome a la realidad—. Yo me voy dentro, que me estoy congelando.
Me separo un poco de Josh y observo a mi padre, con el semblante más tranquilo que el año pasado en estas mismas fechas.
Su avión llegaba hoy, justo el día después a mi último examen.
Así que decidí esperar y recogerlo en el camino de vuelta.
Aunque volé a Los Ángeles en Acción de Gracias, fue solo un fin de semana que no compensó los tres meses sin verlo.
Ahora, por suerte, tenemos más de una semana para pasar tiempo juntos y que me cuente ese proyecto que ha empezado con uno de sus amigos fotógrafos.
Le doy un beso a Josh en la mejilla y nos despedimos hasta la hora de la cena, cuando hemos quedado para ir a la cafetería de mi tío.
Camino hacia la entrada de casa y me doy cuenta, ahora, rodeada de las personas que más quiero, a algunas de las cuales estuve años sin ver, de que se ha cumplido mi deseo de cumpleaños del año pasado, de que sigo unida a todas ellas, más lejos o más cerca, y que, ocurra lo que ocurra, pase el tiempo que pase, e incluso si ya no están aquí, siempre van a estar a mi lado, en mi corazón.