Capítulo 20 #2
Claramente me ha salido el tiro por la culata al intentar animarlo y, encima, me ha devuelto los nervios al recordar lo que casi ocurre hace solo unas horas.
—No quería… —Josh se sube las gafas—. Lo siento, no quería incomodarte —dice apurado.
¿Estoy incómoda? ¿O son los nervios por todo lo que me han removido estos días aquí?
Por suerte, Lily debe de haber tomado demasiado chocolate con nata, porque vuelve a arrastrarme por todas las mesas para ver cuáles son los objetos más codiciados.
Aun así, las palabras de Josh se repiten una y otra vez en mi cabeza y las dudas que se agazapan en mi estómago desde hace días se agrandan, ocupando más sitio del que les quiero permitir.
Unos minutos más tarde, Rosalind, la alcaldesa, pronuncia un pequeño discurso para explicar que los beneficios de este año son para el refugio de animales y, a continuación, da por iniciado el baile.
Veo a Kevin, el hijo de los Sutton, intentando animar a Greg, el nieto de la señora Fisher, a unirse al grupo que ya llena la improvisada pista de baile, quien se niega sin mucha convicción y acaba aceptando con una sonrisa tímida.
Desde los altavoces empieza a sonar la voz de Zoe Rivera.
—¡Violet está poniendo las canciones que le dijimos! —exclama Lily, tirando del brazo de Abby y del mío hacia la pista de baile.
Por el camino intercepta a Diya, que está repartiendo folletos del refugio de animales del que es voluntaria.
Si hace una semana alguien me llega a decir que estaría bailando esta versión rock de «Carol of the Bells» en el ayuntamiento de White Falls mientras la canto con las amigas a las que no veía desde hacía cinco años, me habría reído en su cara.
—Ve a por Ethan —dice Lily, dándole un pequeño empujón a Diya.
La chica niega con la cabeza y sigue balanceándose al ritmo de la música con los ojos cerrados.
Entonces me doy cuenta de que Josh tampoco ha venido con nosotras y lo busco entre la gente. No me cuesta encontrarlo. Está solo a unos metros, hablando con su amigo, cuya expresión no es, para nada, la habitual.
—Diya —insiste Lily con la expresión que pone cuando se decide a conseguir lo que quiere—, ve a pedirle a Ethan que baile contigo.
—Que venga él —dice, encogiéndose un poco sobre sí misma, visiblemente nerviosa.
—No vendrá porque le has dicho que no tantas veces que no lo volverá a intentar. —Hace una pausa en la que Diya echa un vistazo a Ethan con miedo y duda en los ojos—. ¿Se ha quedado con el gato que has encontrado esta mañana?
—Sí, he ido a verlo antes de venir… Estaba raro.
—¿El gato o Ethan? —pregunta Abby con las cejas alzadas.
Diya aprieta los labios.
—No me ha hecho ninguna broma.
—¿Qué es lo peor que puede pasar? —le pregunto y, en parte, siento que la pregunta también es para mí misma.
Diya me mira pensativa.
—¿Que haga el ridículo? —pregunta.
Lily pone los ojos en blanco y extiende el brazo hacia donde está el chico.
—Vas tú o te llevo yo a rastras.
Y Diya, con más miedo que resolución, camina hacia Ethan. Cuando llega junto a él, Josh se separa un poco y busca con la mirada entre la gente hasta que nos ve y se acerca.
—¿Me concede este baile? —me pregunta con su sonrisa ladeada y una reverencia.
Noto calor en las mejillas a la vez que se me dibuja una sonrisa en la cara.
—Por supuesto, señor —bromeo para intentar quitarme la sensación de nervios que me pellizca la piel.
Josh sonríe, arrugando, de esa forma tan suya, la nariz, y me coge de la mano mientras la otra la posa en mi cintura, justo cuando empieza «Snowman», de Sia. El corazón me late tan fuerte que creo que su intención es salir disparado de mi pecho y abandonarme.
Me da un poco de vergüenza alzar los ojos hacia él, así que miro alrededor, a Lily, que se ríe de algo que le acaba de susurrar Abby mientras bailan muy juntas.
También busco a Ethan, que le debe de haber hecho alguna broma a Diya, porque ella da un paso atrás con intención de irse antes de que el chico la coja de la mano y tire de ella, haciendo que acabe sentada sobre su regazo.
La chica no se aparta; al contrario, le da un abrazo a Ethan, el cual se queda unos segundos bloqueado hasta que cierra los ojos y le devuelve el abrazo.
—Sofie —susurra Josh.
Inspiro y lo miro, porque, ya que he aceptado su invitación, lo menos que puedo hacer es mirarlo, aunque me muera de vergüenza y me dé miedo lo que pueda ocurrir.
Su expresión es tímida, como si él tampoco supiera bien qué hacer, y eso me tranquiliza un poco.
—Pues tampoco bailamos tan mal —bromeo.
—No sé si balancearse siguiendo el ritmo de la música se puede considerar bailar —me sigue.
Nos volvemos a quedar en silencio y me pierdo en sus ojos, en ese azul oscuro que me hace sentir en casa.
Josh me suelta la mano despacio, como si quisiera darme tiempo a que se lo impida y la baja hasta mi cintura, acercándome un poco más a él.
Yo poso mi mano libre en su hombro y me doy cuenta de que todos mis nervios y dudas se reflejan también en él.
Pero, además de eso, noto vértigo. Esto no debería ser tan fácil y difícil a la vez.
Admito que lo que siento no es solo amistad, pero yo lo único que quería era recuperar a mis amigos, no complicarlo todo.
Además, voy a regresar a California dentro de unos pocos días.
Entonces Josh acerca su rostro al mío y, esta vez sí, el corazón me va a atravesar las costillas, los músculos y la piel.
—Todas las navidades, desde la que no viniste, pedía que volvieras —susurra.
Me arde la piel ahí donde sus labios rozan mi oreja y su mejilla se pega a la mía.
Algo me presiona el pecho. Si yo hubiera escrito la carta a Papá Noel, ¿habría pedido volver?
—¿Y qué has pedido este año? —pregunto sin moverme.
Noto su sonrisa contra mi mejilla y en su voz cuando me responde.
—No te lo puedo decir, pero supongo que, teniendo en cuenta lo que le ha costado a Santa Claus hacer que se cumpla ese deseo, para este tendré que esperar cinco años más.
Puedo sentir la tristeza en las últimas palabras, así que hago lo único que sé y que tengo tantas ganas de hacer desde hace rato.
Termino de rodearle el cuello con los brazos y me apoyo en él, con el rostro enterrado en su cuello, con ese olor a Navidad que me gustaría descubrir si se mantiene en su piel el resto del año.
La canción termina y empieza otra con un ritmo más rápido. No nos movemos durante unos segundos. Quiero saber qué ha escrito en su carta este año, quiero ayudarle a conseguirlo, a deshacerse de esos pequeños problemas que le quitan la sonrisa.
En ese momento, oigo un carraspeo y deshago el abrazo sin separarme del todo.
—Mira quiénes se han quedado bajo el muérdago —dice la señora Fisher con un guiño al pasar junto a nosotros.
Josh y yo miramos hacia arriba y ahí están las hojas verdes justo sobre nosotros, pendiendo de una de las guirnaldas de luces que atraviesan la estancia.
¿A quién se le ha ocurrido colgar eso ahí?
Bajo la vista al notar que me suelta y veo que se pasa la mano por el pelo con los labios apretados y la mirada en algún punto detrás de mí.
No hay nadie mirándonos, podríamos dar un paso hacia la derecha, salir de debajo de la traidora planta y ya está. Pero ¿quiero hacerlo?
Los segundos se alargan —aunque puede que solo sea una sensación mía— mientras Josh me mira a mí y al infinito, alternativamente.
—Da mala suerte si no… —susurro, dudando de que me haya oído por encima de los latidos acelerados que me retumban el pecho.
Pero sí lo ha hecho, porque deja sus ojos clavados en los míos y asiente con ese brillo en los ojos que una parte de mí no se atreve a definir.
En su rostro aparece su habitual sonrisa ladeada, aunque más pequeña, dubitativa, antes de que lleve su mano a mi cintura otra vez y ver cómo se acerca.
Al notar sus labios en mi mejilla, cierro los ojos, sintiendo un escalofrío que me recorre el cuerpo entero, haciendo que me crepite cada terminación nerviosa.
¿Sintió lo mismo él ayer? ¿Por eso el dibujo?
Abro los ojos cuando Josh se separa un poco de mí y vuelvo a sentir las ganas de arriesgar y el miedo a estropearlo, todo junto girando en mi estómago.
De repente, la música para y oigo la voz de Rosalind a la vez que los dos damos un respingo. El momento que estamos compartiendo se rompe y, al separarnos, noto frío en todas las partes del cuerpo que, hasta hace unos segundos, tenía en contacto con Josh.
Oímos a la alcaldesa, un poco achispada, animar a los asistentes a pujar por algunos de los objetos que no están siendo muy populares.
Nos quedamos uno al lado del otro hasta que se acercan los demás para bailar «You Make It Feel Like Christmas» todos juntos.
Ya no nos volvemos a quedar a solas y, por una parte, lo agradezco porque mi corazón necesita un respiro para no acabar conmigo antes de los treinta.
Charlo con la señora Fisher y sus amigas.
Abby, Lily, Diya y yo pujamos por un conjunto de gorro, guantes, bufanda y calcetines de punto que, si ganamos, nos quedaremos con una prenda cada una.
Noel, sentado en una silla junto a la puerta del vestíbulo, me pregunta una palabra de su crucigrama.
Y bailo con mis abuelos, Kathleen y mi padre, quien también acompaña a la señora Fisher y sus amigas en una canción cuando no está haciendo fotos.
Recuerdo el baile de invierno al que no pude asistir y me doy cuenta de que ya no me molesta tanto habérmelo perdido. Estoy segura de que me lo estoy pasando mucho mejor en este, aunque sí me da pena no tener a Isla junto a mí.
Salimos del ayuntamiento tarde y no puedo evitar preguntarme cómo puede ser que haya tantísimas canciones navideñas y versiones de estilos tan distintos como para que no se haya repetido ninguna en toda la noche.
—¿Quieres venir a dormir a casa? —me pregunta Lily cuando estoy a punto de subir al coche de mi abuela.
Asiento sin dudar. Estoy cansada, pero no me quedan muchos días aquí, las actividades sociales nos han secuestrado estos días y quiero aprovechar todo lo posible para pasar tiempo con mi amiga.