Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 20
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Capítulo 20

Bajo al recibidor con un vestido que he encontrado entre la ropa de mi madre y que había descartado por no abrigar lo suficiente.

Es de manga larga, con escote cuadrado, corpiño ceñido y falda amplia por encima de las rodillas.

Por el color verde esmeralda, con piedrecitas granate en los bordes de las mangas y la cintura, está claro que se lo compró para alguna comida de Navidad.

Lily me ha dejado unos leotardos que parecen medias transparentes y mi abuela unos botines de un color similar a los pequeños adornos del vestido.

La tela de algodón es gordita, por lo que espero que, entre eso y la calefacción, pueda sobrevivir sin perder ninguna parte de mi cuerpo por congelación.

El primero en verme es mi abuelo, cuyo rostro se desencaja por un momento, cubierto por la añoranza del recuerdo de mi madre años atrás.

La expresión de mi abuela también cambia cuando levanta la cabeza del broche de hojas de acebo que se está enganchando a la camisa roja, la pena inunda sus facciones y aprieta los labios, pero se recupera en solo unos segundos y me sonríe con ternura.

—Era el vestido favorito de tu madre —dice mi padre, saliendo de la cocina con la mirada llena de nostalgia, pero también de cariño.

Me da un abrazo y un beso en la coronilla.

La verdad es que solo me suena habérselo visto puesto en alguna de las fotos que encontré junto al diario, así que supongo que dejó de usarlo antes de que yo naciera.

Nos abrigamos y salimos a la calle donde, efectivamente, hace demasiado frío para ir solo con un vestido debajo del abrigo.

Veo luz en casa de Josh y Lily, así que cruzo la calle al darme cuenta de que no he quedado con ellos…, sino con Josh, en realidad. ¿Debería haberlo esperado en casa como si esto fuera el típico baile de instituto? Dudo mientras avanzo por el camino de entrada a su casa.

Me ha invitado al baile porque era como algo pendiente, pero esto no es una cita ni nada de eso, ¿no? Después de lo que ha pasado esta mañana, estoy aún más confundida, si eso es posible.

El corazón me empieza a latir con fuerza, haciéndose eco de mis nervios.

La puerta se abre y salgo de mis pensamientos preguntándome si he llamado yo al timbre.

—Hola —dice Josh, sorprendido de verme—. Iba a… buscarte.

No viste su habitual chaqueta, sino que lleva un abrigo hasta las rodillas, por lo que solo puedo ver parte del pantalón oscuro y unas botas negras de cuero.

—He venido yo a buscarte a ti —digo, intentando fingir una resolución que no siento.

—¡Sofie! —me llama mi padre desde el coche, donde mis abuelos y él me están esperando—. ¿Vienes con nosotros o vas con Kathleen?

Sería raro que haya venido a buscar a Josh y me fuera, ¿no?

—Voy con Kathleen —le digo.

Mi padre asiente y cierra la puerta antes de que mi abuela arranque.

Vale, ¿y ahora qué?

Me giro hacia Josh, que se balancea nervioso con la vista clavada en las manos, donde me parece ver que sujeta algo.

—Sé que no te gustan los típicos ramilletes para la muñeca… porque son incómodos y que…, bueno…, esto no es el baile del instituto… Pero como te lo has perdido… pensé en… —Por fin levanta la vista, con los ojos llenos de dudas.

Me tiende lo que escondía en la mano y alargo el brazo para cogerlo.

Es una pulsera hecha con dos cordones rojos juntos que se separan en medio, donde hay enganchado un círculo de madera con un árbol tallado, como el de su colgante.

—Vaya… Esto… Gracias. Es precioso —susurro con la respiración entrecortada.

Al alzar la vista veo que sonríe, más tranquilo y que sus ojos ya no muestran tantas dudas. Espero que distinga en los míos la ilusión que me hace este regalo porque, a diferencia de los típicos ramilletes, la pulsera la puedo llevar todos los días y acordarme de él cada vez que la vea.

Es probable que de tanto frío me haya convertido en muñeco de nieve y ahora mismo me esté derritiendo.

—Me ayudó tu abuelo a tallar la madera. —Se pasa la mano por los bucles dorados que parecía haberse esmerado en peinar—. Te la iba a dar en Navidad, pero bueno… He pensado que hoy era un buen día.

Asiento, sin saber qué decir, con el corazón acelerado, y le tiendo la pulsera a la vez que alargo el brazo para que me la ponga.

Le cuesta un poco porque le tiemblan las manos.

Lo que es tan raro en Josh que me pregunto si el escalofrío que noto cuando me rozan sus dedos lo estará sintiendo él también.

Cuando vuelve a mirarme, tiene las mejillas rojas, puede que por el frío que yo no noto desde hace ya unos minutos.

Nos quedamos en silencio, mirándonos. No está tan cerca como esta mañana, pero si me acercara un paso más, solo uno…

—¿Nos vamos? —pregunta Kathleen, saliendo de casa.

Doy un respingo, que espero que nadie haya notado, y la saludo a ella, a Lily y a Mae, que salen detrás.

Cuando llegamos al ayuntamiento, un edificio de dos plantas de ladrillo visto en el que no faltan las luces doradas, ya hay muchísimos vecinos en la entrada, charlando o cruzando las puertas para buscar el calor del interior.

El vestíbulo es pequeño. Tan solo tiene un escritorio, el cual han apartado a un lado para colocar varios percheros donde la mujer de las orejas de reno que hoy, a pesar de ir vestida de gala, también las lleva, nos ayuda a colocarlos para que podamos recogerlos a la salida.

Me cruzo con la amiga de Lily, Joanne, vestida con un traje chaqueta color menta brillante.

—Me encanta —le digo.

—Gracias —dice, sonrojándose un poco—. Tu vestido también es precioso.

Le devuelvo el agradecimiento e intento salir del montón de gente que empieza a acumularse en la entrada.

—Pero qué bonita estás —dice la señora Fisher cuando me ve—. Te queda igual de bien que a tu madre.

—Usted parece una actriz de Hollywood —le digo, admirando su vestido dorado hasta los pies.

La mujer sonríe.

—Te agradezco el cumplido, pero estoy segura de que te van a sacar a bailar más a ti que a mí —ríe—. Ay, recuerdo ese año… Todos querían bailar con Ophelia, pero ella solo tenía ojos para uno de ellos.

El corazón me da unos pocos golpes más rápidos. ¿Será el chico del diario? Me queda solo una entrada por leer…

—¿Y quién era ese chico? —le pregunto, un poco nerviosa por descubrir el primer amor de mi madre.

—Uy. —La señora Fisher se vuelve a reír—. El chico de las fotos. —Me guiña un ojo y, sin aclararme nada más, se marcha con sus amigas.

¿Será el chico de ciudad? Debe de serlo por lo que cuenta mi madre de él y las fotos en el diario. Pero tendrá un nombre, ¿no? Suspiro. No pasa nada, decidí que no iba a indagar. Mañana lo averiguaré, o bien porque mi madre mencione su nombre en el diario o porque iré a preguntarle a Kathleen.

—Me encanta ese vestido —dice Lily, acercándose a mí. Ahora que no lleva el abrigo puedo ver su vestido corto rojo de tela brillante—. Parece que hasta te guste la Navidad —se ríe y me da un abrazo que me pilla tan de sorpresa que me cuesta unos segundos devolvérselo.

Pero lo hago y cierro los ojos al apoyar la barbilla en su hombro desnudo. Intento transmitirle todo el amor que puedo, porque si no hubiera tirado de mí estos días es probable que no hubiese hecho ni la mitad de las cosas de las que he disfrutado tanto.

Cuando nos separamos, veo a Josh y Ethan charlando mientras cuelgan las prendas de abrigo. Los dos van con camisa, pero la de Josh, cómo no, tiene dibujos de arbolitos de Navidad.

—No encontré ninguna que tuviera cabecitas de Grinch —dice con su sonrisa ladeada al acercarse a mí.

Pongo los ojos en blanco, aunque no consigo reprimir la sonrisa.

—Estás muy guapa —me dice, y las mejillas me empiezan a arder como una chimenea llena de leña.

Me lo han dicho ya tres personas desde que me he quitado el abrigo, así que… ¿por qué de pronto me da vergüenza?

—Gracias —consigo decir sin que me tiemble la voz—. Tú también.

Las mejillas de Josh se colorean un poco y me siento algo menos tonta.

—Estáis muy guapos los dos, ¿entramos? —pregunta Ethan con las cejas alzadas y la mirada divertida.

Los dos asentimos y pasamos a la estancia donde supongo que normalmente hacen los plenos, pero que hoy está decorada con luces cálidas y guirnaldas de pino.

Por supuesto, un abeto con lazos rojos y bastones de caramelo se alza al fondo del salón.

Y la melodía de «Have Yourself a Merry Little Christmas» llena la estancia.

—¡Vamos! —dice Lily, arrastrándome de la mano a una de las mesas donde están expuestas las donaciones.

Se detiene frente a un caballete donde reposa una lámina bastante más grande que un folio.

No me hace falta ver la firma para saber de quién es.

Los árboles desnudos o con algunas hojas marrones al fondo, desdibujados, los copos blancos que parecen moverse de verdad, el banco de Theodore reproducido con tal detalle que casi se puede ver hasta las astillas de la madera gastada bajo la nieve que se acumula sobre él…

—¡Mira! —exclama Lily, señalando la hoja que hay enfrente, sujeta a la mesa con una chincheta—. Ya han subido la puja seis personas.

Noto movimiento a mi lado y me giro para ver a Josh, que mira el listado con los labios apretados.

—Te van a dar la beca —le aseguro.

Clava los ojos en mí con tanto miedo en ellos que me gustaría saber qué hacer para que creyera lo que le digo.

—Siento que todos tenéis más confianza en mí que yo mismo —dice con una sonrisa un poco triste.

—De eso se trata, ¿no?

—¿De tener unas expectativas irreales? —pregunta con una mueca.

—De hacerte ver lo que el miedo te esconde —le digo con un pequeño empujón.

Me mira un segundo con una expresión que no consigo descifrar y vuelve la vista adelante.

—¿Y tú? —me pregunta.

—¿Yo qué?

—¿También es el miedo el que te impide ver lo que te apasiona?

Sé que no es la intención de Josh, pero su pregunta es como un golpe en el estómago.

—No… ¿Por qué…? —Las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

—Te he visto esta mañana en la pastelería y… no sé si los ojos te brillan igual cuando estudias Física o Matemáticas, pero apostaría a que no.