Capítulo 19
Debería estar penado por la ley despertarse con el sonido estridente del despertador en vacaciones, pero aquí estoy, buscando a tientas el móvil para detener la alarma.
Tengo que admitir que esta situación es, en parte, culpa mía.
Podría haber dormido dos horas más, pero me sabe mal haber dejado sola a mi abuela ayer y, no voy a negarlo, me gusta ese rato tranquilo antes de abrir, con la música de fondo —aunque sean villancicos—, el sonido de las batidoras y los cacharros y el aroma a dulces y especias que se va intensificando con cada hornada.
Alcanzo el móvil y me acuerdo del mensaje de Isla que no llegué a responder.
Sí, es él.
Le respondo sin añadir nada más. Sin pasarle una foto del dibujo que me dio ayer, como si tuviera la necesidad de guardármelo solo para mí.
Me aseo y, antes de bajar, leo la entrada del diario de mi madre.
Acabo de escribir la carta a Papá Noel. Era lo último que me quedaba de la lista que me hice al principio de las navidades. Le he pedido unas cuantas cosas viendo lo mucho que va a cambiar mi vida el año que viene.
Y he añadido una que tiene que ver con el chico de ciudad, que, al acompañarme a casa, me ha regalado las fotos que ha estado haciendo estos días.
He protestado porque no hay ninguna en la que salga él y me ha dicho que por eso las hace, porque no le gusta salir en ellas.
Me he atrevido y le he respondido que es demasiado guapo como para no querer hacerse fotos.
He conseguido que se ponga rojo como un tomate.
Mañana es Nochebuena y solo me queda ese punto de mi plan por cumplir, el que añadí a última hora.
Si el chico no me dice nada durante el día, iré por la tarde a su casa y me declararé.
Sé que se va dentro de unos días y que no volveré a verlo en meses, pero no puedo dejar de intentarlo.
Además, la forma en la que me coge de la mano a cualquier mínima oportunidad me hace pensar que él también siente algo por mí.
Al darme cuenta de que esta es la penúltima, se me encoge el pecho.
No quiero que termine, no quiero dejar de descubrir todo lo que vivió mi madre.
Ojalá hubiera escrito más diarios sobre su inicio en la universidad, cómo fue irse tan lejos a estudiar.
Si le costó mucho adaptarse, si hizo amigos enseguida y si conoció a papá en la biblioteca o en una fiesta.
Me encantaría leerlo de su puño y letra.
Se me escapa un suspiro. Cierro el diario y lo dejo sobre el escritorio, donde los libros de clase no se han movido ni un centímetro desde que los puse ahí, esperando que vuelva a centrarme en seguir siendo la estudiante perfecta para que Caltech no tenga más dudas sobre mí. Aunque yo sí tenga dudas sobre ella.
Bajo a la cocina, donde mi abuela está sentada frente a la mesa, con la mirada perdida y una taza que aún suelta volutas de humo entre las manos.
—Pero ¿dónde vas tan temprano? —me pregunta cuando le doy los buenos días.
—A ayudarte —le digo, acercándome a la encimera a por café.
—No hacía falta, llegasteis muy tarde… —dice casi como si me estuviera regañando por no dormir suficiente.
—Estoy bien —digo entre bostezos, mientras alcanzo una de las tazas del armario.
Esta vez la primera que encuentro es una que parece la barriga de Papá Noel y cuya base tiene la forma de sus botas.
—Ay, espera —dice mi abuela, levantándose—. Que no he hecho café.
Entorno los ojos un poco sin entender entonces qué hay en su taza. Eso parece despejarme lo suficiente como para darme cuenta de que el aroma del chocolate caliente llena la cocina y probablemente la casa entera.
Deben de haber pasado más segundos de los que mi cerebro ha registrado porque mi abuela está ya a punto de poner la cafetera en marcha.
—No hace falta —digo—. Tomaré chocolate.
Mi abuela me mira, sorprendida, pero cambia su expresión enseguida a una sonrisa cálida.
—Marchando un chocolate caliente —dice, a la vez que destapa el cazo que hay sobre la encimera y remueve con una paleta antes de llenarme la taza.
Ahora mismo me sería muchísimo más útil un café, pero confío en que el azúcar haga su trabajo y, al menos, me ayude a abrir los ojos un poco más.
Nos sentamos a la mesa, acerco el borde de la taza a mis labios y cierro los ojos aspirando el aroma a especias. Doy un pequeño sorbo y la calidez de la bebida se extiende por todo mi cuerpo, junto al sabor tan familiar como un abrazo.
Me arrepiento un poco de haber evitado tomarlo estos días por miedo a los recuerdos que pudiera traerme y ahora me doy cuenta de que sí, están aquí, aunque no me duelen, no como me imaginaba.
Echo de menos muchos momentos con una taza de chocolate caliente entre las manos y mi madre junto a mí, y sé que no volverán a ocurrir, pero puedo cerrar los ojos y rememorarlos, intentar sentir esas risas o esa calma, aunque ya no vaya a volver a ocurrir de la misma forma.
—Un día, cuando era pequeña, tu madre cogió el bote de jengibre cuando yo no estaba y echó un buen puñado a la mezcla que estaba cociéndose con la excusa de que no sabía bastante a Navidad.
—Mi abuela ríe—. Estaba incomible y recuerdo que dijo: «Ahora entiendo por qué la Navidad son solo unos días al año».
Me sorprendo cuando una carcajada me sale fácil, acompañando a la de mi abuela. De repente cobra sentido por qué, el día que le pregunté a mi madre por qué no era Navidad todo el año, me respondió que demasiada Navidad nos dejaría mal sabor de boca.
Metemos las tazas en el lavavajillas y nos abrigamos para salir a la calle.
Diminutos copos de nieve revolotean a nuestro alrededor, arrastrados por el viento.
Miro la casa de enfrente, donde no parece haber movimiento.
Me planteo dejarle algún mensaje a Josh en el banco, pero es probable que desaparezca para cuando él se levante y, además, le voy a ver dentro unas horas.
Eso me recuerda el dibujo que me dio ayer y me pregunto si esperará que diga algo al respecto.
Lo que me hace darle vueltas otra vez a su significado.
A la invitación al baile, a que nos durmiéramos juntos en el coche, a la sensación de calma que siento al abrazarnos, al escalofrío de cuando nos damos la mano sin los guantes de por medio, al «como desees» que me susurró al salir del cine.
Por una parte, no hay nada en todo ello que no hiciéramos de pequeños, pero, por otra, parece distinto, como si cada uno de esos gestos que antes nos salían naturales, sin mayor importancia, ahora tuvieran un peso que amenaza con desequilibrarlo todo.
No puedo permitir que lo que sea esto estropee nuestra amistad, no ahora que le he recuperado.
Estoy tan enfrascada en mis pensamientos que no me doy cuenta de que hemos llegado a la pastelería hasta que oigo las campanillas de la puerta.
Mi abuela se detiene en el mostrador y enciende la radio, desde donde suena el estribillo de «Jingle Bell Rock».
Tarareando, enciende las luces de la cocina y nos repartimos las tareas.
Pesar, mezclar y darles mi toque a las recetas me despeja la mente de cualquier otro pensamiento.
En algún momento debo de haberme puesto a cantar «Frosty The Snowman» porque mi abuela choca su cadera con la mía cuando nos cruzamos con sendas bandejas de dulces mientras me mira con los ojos brillándole de alegría y me acompaña con la letra del estribillo.
Estoy decorando unos cupcakes con buttercream roja y blanca y pequeños bastoncillos de caramelo cuando oigo a mi abuela soltar una exclamación.
—¡Se nos está acabando el azúcar! Madre mía, pero qué despiste. Cualquiera pensaría que la magia de la Navidad se encargaría de no dejar una pastelería sin azúcar, pero parece que no funciona así.
Se queda con los brazos en jarras mirando el paquete de azúcar de cinco kilos donde solo debe de quedar uno.
—Voy a ver si Tyler tiene para dejarme —dice, quitándose el delantal—. Abre tú cuando sea la hora, ¿vale?
Asiento, intentando no mostrar mi disgusto, porque lo de atender al público sigue siendo un suplicio para mí.
Continúo con mis tareas a la vez que termino lo que se ha dejado a medias mi abuela y veo los minutos pasar demasiado rápido. ¿Dónde ha ido? ¿A la cafetería o a la fábrica?
Cuando estoy sacando del horno una tanda de galletas de chocolate y menta, suenan las campanillas de la puerta y miro el reloj, asustada. Aún quedan cinco minutos.
—¿Hola? —oigo una voz que reconozco perfectamente y respiro, aliviada.
—En la cocina —digo, como si pudiera estar en algún otro sitio.
Josh asoma la cabeza por el arco que separa los dos espacios.
—He venido a por provisiones —dice con la sonrisa que le arruga la nariz—. Y a saber cuál es el plan de hoy.
Cocinar me ha quitado de la cabeza las preocupaciones por un rato, pero, al verlo acercarse hacia mí, los nervios vuelven a revolotearme en el estómago. ¿Le digo que me gustó mucho el dibujo? ¿Lo tomará como una indirecta? ¿Quiero que lo tome como una indirecta?
—Escribir la carta a Papá Noel —digo sin mirarlo, centrándome en dibujar pequeños copos de nieve con glaseado sobre la tarta de galletas Oreo y en que no me tiemblen mucho las manos.
—¿Lo vas a hacer? —pregunta, curioso.
Dejo la manga pastelera en la encimera y lo miro.
—He pensado que voy a escribírsela a mi madre.
Josh cambia su expresión a una más cálida y asiente.
—Tú ya la tienes, ¿no? —le pregunto.
—Por supuesto —dice.
Niego con la cabeza, divertida, y vuelvo a lo que estaba haciendo. Necesito terminarlo antes de abrir.
—¿Y tu abuela? —me pregunta.
—Ha ido a por azúcar porque se nos está acabando —le explico sin levantar la cabeza de la tarta.
—¿Quieres que te ayude? —me pregunta, al ver que ya es hora de abrir.
Dudo. Mi abuela me ha dejado a mí de encargada y ella casi siempre lo hace todo sola, debería poder apañarme… Miro alrededor, a las bandejas a medio montar y las elaboraciones sin terminar.
—No, puedo sola, tú tienes que terminar el porfolio —le digo con todo el dolor de mi corazón.
—Voy bien —responde.