Capítulo 18 #3
Nos hacemos fotos los cuatro juntos con el escenario de fondo y también con Matilda, que baila y disfruta cada canción, aunque no se sepa la letra. Lanzo miradas a Josh, que no pierde la sonrisa en ningún momento y, a veces, lo descubro con la vista clavada en mí.
Cuando empieza su versión acústica de «It’s Beggining To Look a Lot Like Christmas», acompañada del violín, a nuestro alrededor la gente alza sus móviles con la linterna encendida.
Estoy a punto de hacer lo mismo cuando Josh entrelaza su mano con la mía y ofrece la otra a Matilda, que la acepta, las levanta y empieza a moverse hacia los lados al ritmo de la canción.
Yo tomo la de Lily, que me mira con una sonrisa emocionada y hace lo mismo con la de Abby.
Hay unos segundos de silencio después de la última nota larga, como si nos hiciera falta un momento para deshacernos del hechizo de su música.
—Quise hacer este álbum para reconciliarme con la Navidad —explica mientras deja el violín a un lado y vuelve a coger la guitarra—. Y lo primero que decidí fue cuál sería la canción de cierre.
Hace una pequeña pausa mientras pasea. Está tan cerca que puedo ver que cierra los ojos, como si intentara reunir fuerzas para decir las siguientes palabras.
—Era la canción favorita de una persona a la que quería mucho y creo que refleja perfectamente lo que debería ser de verdad la Navidad: calentarte frente a la chimenea, los guantes que te hizo tu madre o tu abuela, reunirte con tus amigos…
No de opulencia, sino de las cosas sencillas.
—Se aparta el pelo de la cara en un gesto que parece nervioso—.
Allí donde encuentres amor, será Navidad.
—Levanta la vista hacia el público, hacia nosotros, de tal forma que siento que me está mirando a mí—.
Y aquí, junto a todos vosotros, he encontrado muchísimo amor.
Gracias por acompañarme en esta noche tan especial.
Tengo un nudo en la garganta cuando empieza «It Feels Like Christmas», pero, aun así, canto cada estrofa, cada palabra, sintiéndolas vibrar en cada célula del cuerpo.
Cuando Zoe se despide deseándonos una feliz Navidad y las luces del escenario se apagan, la gente empieza a dispersarse en silencio, como si necesitáramos esta calma para procesar lo que acabamos de vivir. Yo todavía no me lo creo.
Nos despedimos de Matilda, a quien le enviamos la foto que nos hemos hecho todos juntos, y nos pide que la avisemos cuando volvamos a Nueva York para algún otro concierto.
Ni siquiera Lily habla mientras camina con la mano entrelazada con la de Abby. Josh y yo caminamos muy juntos, con las mangas de nuestros abrigos rozándose.
—Aún no me lo creo —dice.
—Ni yo —respondo sin poder quitarme la sonrisa de la cara.
En ese momento, recibo un mensaje de Isla, a quien, como me pidió, le he estado enviando fotos todo el día.
¿Y ese chico de tu derecha? ¿Es el Josh de los dibujos?
Comenta sobre la foto que le he enviado, la de los cuatro con el escenario de fondo.
Bloqueo el móvil y lo vuelvo a guardar, confiando en que Josh no haya visto el mensaje de mi amiga. Pero ¿por qué? Tampoco es tan raro que le haya hablado a Isla sobre él. No sé por qué de golpee siento un poco de vergüenza colorearme las mejillas.
Nos reunimos con Kathleen y mi padre, que llevan sendos vasos de café gigantes para aguantar el viaje de vuelta.
La noche ha caído por completo cuando emprendemos el camino hacia el ferry y la ciudad parece más despierta que nunca: gente con accesorios navideños varios, un Papá Noel en cada esquina y villancicos sonando desde todas partes.
Al sentarme en el coche, no tardo ni dos minutos en quedarme dormida.
Me despierto aún en el coche en marcha y noto algo a mi lado sobre lo que tengo apoyada la cabeza y otro algo sobre la mía.
Me muevo un poco y me doy cuenta de que es Josh, que se ha sentado a mi lado y duerme con la cabeza apoyada en mí mientras yo me apoyo en su hombro.
Difuminados por la niebla del sueño, recuerdo su mano en la mía, el beso frente al Rockefeller y todos los abrazos de estos días.
Tengo demasiado sueño como para analizar la sensación cálida que recorre el cuerpo, así que vuelvo a cerrar los ojos hasta que llegamos a casa.
Una vez de vuelta en White Falls, nos bajamos del coche adormilados. Josh me tiende un papel doblado antes de darme las buenas noches y caminar tambaleándose hacia casa.
Lo despliego mientras mi padre abre la puerta para descubrir lo que parece la foto que nos hemos hecho frente al árbol a boli. Es mucho menos detallado que los anteriores, solo que, en este dibujo, yo estoy mirando a la cámara y Josh es el que me da un beso.
Lo debe de haber hecho en el coche, antes de quedarse dormido.
Se me encoge el estómago al darme cuenta de que me gustaría que hubiera pasado de verdad, al preguntarme si esto significa que a él también, al plantearme qué es esta sensación nueva que me revolotea en el estómago y si debería esconderla hasta que desaparezca o intentar averiguar a dónde me llevará.