Capítulo 18 #2
—Espera —me dice Josh de improviso, nada más emprender el camino para salir de la zona del Rockefeller.
Me detengo a su lado mientras los demás siguen andando sin darse cuenta.
Saca el móvil del bolsillo del pantalón y lo pone frente a nosotros. Me acerco a él, que me pasa el brazo por encima de los hombros. Detrás de nosotros se ve el árbol gigante. Sonrío al ver la nariz arrugada de Josh en la pantalla del móvil y hace la foto.
—Creo que he cerrado los ojos —dice.
En un impulso, justo antes de que haga otra, giro la cabeza y le doy un beso en la mejilla. Me separo rápido, con el corazón latiéndome con fuerza y las mejillas encendidas, sin saber bien por qué he hecho eso.
Josh me mira con una sonrisa un poco desconcertada y… algo más que no logro identificar.
Abro la boca para decir… ¿el qué? Rebusco entre el batiburrillo de sensaciones que noto en el pecho, intentando encontrar algo que le dé sentido a lo que acaba de pasar.
—¿Eso ha sido el reconocimiento por ser el mejor profe de patinaje? —pregunta con una sonrisa traviesa.
Me río, nerviosa, confusa conmigo misma y agradecida por que Josh haya terminado con el silencio que se me estaba pegando a la piel.
¿Qué me pasa? ¿Por qué algunos gestos de lo más normales entre nosotros me desbocan el corazón? ¿Qué significa todo esto que se me acumula en el pecho y que antes no estaba ahí?
Su móvil emite el sonido de una notificación y yo siento que vuelvo a respirar cuando aparta los ojos de mí.
No ha sido nada, solo que me lo he pasado muy bien hoy y… estoy muy a gusto con él, exacto. Me hace mucha ilusión haber recuperado la confianza que teníamos.
—Sofie —susurra, sacándome de mis pensamientos, a la vez que me enseña la pantalla de su móvil.
En ella veo un cartel de Zoe Rivera donde anuncia su próximo concierto… En media hora en Central Park.
Abro mucho los ojos y miro a Josh, cuyo rostro parece haber perdido el color.
—¿Eso es verdad? —pregunto.
—Es su cuenta de Instagram —responde, mostrándomelo.
—Tenemos que ir —digo.
Sin necesidad de más palabras, echamos a correr en la dirección que se han ido los demás y, cuando llegamos hasta ellos, les contamos la noticia.
—Zoe Rivera —digo.
—En Central Park —dice Josh.
—En media hora.
—En el Naumburg Bandshell.
—Tenemos que ir —repetimos los dos a la vez.
Lily asiente y abre la aplicación del mapa en el móvil, con la mirada resuelta de una persona que tiene una misión de vida o muerte.
—¿Esto quiere decir que no nos vamos a casa? —pregunta mi padre con voz estrangulada.
—Papá, es la oportunidad de nuestras vidas.
Mi padre está a punto de replicar, pero Kathleen le pone una mano en el brazo como si quisiera decirle que no hace falta que gaste las pocas energías que le quedan en una lucha que no va a ganar.
—Casi dos kilómetros —dice Josh con un quejido al ver la distancia a la que estamos de Central Park.
—Diez minutos —calculo yo, demasiado motivada.
—¿A qué velocidad? —pregunta Josh incrédulo.
—Como si te persiguiera una manada de velocirraptores —responde Abby.
—Lo que sea, nos vamos ya —dice Lily, cogiendo la mano de Abby y echando a correr por la Sexta Avenida.
Tomo la mano de Josh y sigo a mis amigas mientras oigo a Kathleen gritar:
—¡Id con cuidado!
Nos cuesta avanzar sin soltarnos por la cantidad de viandantes que llenan la calle, pero aferro con fuerza la mano de Josh decidida a no dejarlo ir por nada del mundo.
Nos chocamos con desconocidos y damos algún que otro empujón al pasar por debajo de los andamios de metal que parecen llenar todas las aceras de esta ciudad.
Vemos algunas personas correr en la misma dirección que nosotros y me temo que, cuando lleguemos, habrá tanta gente que ni siquiera podremos acceder a esa zona del parque.
Estamos cruzando la calle frente a Central Park cuando comprobamos que en la entrada más cercana hay un tapón.
—Por aquí —dice Lily, desviándose al ver el panorama.
Damos un rodeo, pero me fío a ciegas de la orientación de mi amiga, que nos ha guiado por la ciudad durante todo el día sin problemas, incluido el metro.
No nos paramos a coger aliento ni siquiera cuando nos adentramos entre los árboles y, después de lo que parece una eternidad, por fin llegamos al Naumburg Bandshell por un camino perpendicular donde no hay tanta gente.
Nos internamos entre las personas que ya están esperando, pero nos quedamos atascados a unas pocas filas de la primera.
—¿Vosotros sabéis qué está pasando? —nos pregunta una señora de pelo blanco y gafas de metal ovaladas—. Estaba paseando y una marabunta de gente me ha arrastrado hasta aquí.
—Es un concierto sorpresa de Zoe Rivera —le dice Lily.
—Ah, vaya, me suena, ¿es la chica que sale en los anuncios del perfume este rosa?
Los cuatro asentimos.
—Pues qué pena que no podamos verla bien.
La mujer se queda unos segundos mirando alrededor, como si buscara la salida.
—Oiga, muchacho —le dice a un chico de nuestra edad que está frente a ella—. ¿Sería tan amable de dejarme pasar delante con mis nietos? Estoy muy enferma, estas van a ser las últimas navidades que pase con ellos y me gustaría que fuera el recuerdo más bonito que puedan tener.
El chico abre mucho los ojos y la deja pasar con un «lo siento». La mujer nos hace una seña y me doy cuenta de que nosotros somos sus «nietos». Nos miramos los cuatro sorprendidos y la seguimos sin rechistar.
La mujer le cuenta lo mismo a cada persona que encuentra delante, hasta que estamos en primera fila, en el centro. No sé qué tipo de hechizo les ha echado esta mujer, porque no parece enferma en absoluto.
—Mucho mejor —dice con una sonrisa satisfecha.
—Muchas gracias —le susurramos los cuatro.
—Uy, si vosotros supierais lo que llegué a hacer yo en mi juventud para estar en primera fila… Esto no es nada. —Nos guiña un ojo—. Por cierto, me llamo Matilda.
Nos presentamos y, a continuación, le envío un mensaje a mi padre para que sepa que estamos bien. Me responde con la ubicación donde están ellos, para que sepamos hacia dónde ir cuando salgamos.
Mientras esperamos, la mujer nos cuenta cómo consiguió llegar a la primera fila de un concierto de Madonna, haciendo que la llevaran en volandas hasta allí, como si fuera ella la cantante.
Mientras, observo lo que han montado frente a nosotros.
La cúpula abierta de piedra gris rodeada de árboles da la sensación de que hemos viajado a algún reino mágico.
Sobre el escenario, hay dos abetos de unos tres metros con regalos a los pies, una batería y varios micrófonos de pie.
Es una puesta en escena tan sencilla, comparada con lo espectaculares que suelen ser sus conciertos, que me da la sensación de que vamos a vivir algo muy especial.
Miro a mis amigos, que parecen tan alucinados como yo de estar aquí.
Josh está agarrado a la valla con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos.
En ese momento, las luces de las farolas se apagan y una tos se oye desde los altavoces.
La oscuridad es total y los nervios me atenazan los músculos.
Voy a ver a mi cantante favorita en primera fila, en Nueva York.
Me siento extraña, como si fuera un sueño, con la sensación de que todos mis sentidos están más alerta, como si supieran que no deben perderse ningún detalle.
—¿Acabamos con la Navidad antes de que ella acabe con nosotros? —La voz de Zoe parece llenar el parque, puede que la ciudad entera.
Me agarro al brazo de Josh, emocionada.
Las luces me ciegan y la guitarra eléctrica empieza a sonar con las primeras notas de «Christmas Is Destroying Me».
Cuando consigo abrir los ojos, no me lo puedo creer.
Está ahí enfrente, a unos pocos metros, con un vestido rojo brillante que le llega por los muslos y un escote de pico.
El pelo ondulado castaño le cae a los lados de la cara.
Es muchísimo más guapa en persona y creo que me he enamorado.
Más aún cuando empieza a cantar sobre odiar los villancicos y sentirse rara.
Me arrepiento tantísimo de haber sido una cabezota y no haberme pasado el mes entero escuchando estas canciones…
Grito la letra de la canción junto al resto del público, sacándola del estómago, sintiendo que, de alguna forma, me desgarra a la vez que me cura por dentro. No distingo si lo que retumba es la vibración que provocan los altavoces o mi corazón.
Es increíble estar aquí, tan cerca de ella, disfrutando de cada una de las canciones del álbum que hace solo unos días me negaba a escuchar.