Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 18
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Capítulo 18

Después de comer, decidimos ir hacia Bryant Park andando —lo decide Lily, en realidad— para disfrutar del ambiente navideño de la ciudad: es decir, más Papás Noel con campanas, gente que no mira por dónde va y villancicos que surgen de los lugares más insospechados.

Allí, nos recibe un árbol de cuatro metros de alto, lleno de adornos dorados y rojos.

Aún es pronto, pero las luces ya están encendidas, aunque casi no se aprecian, al igual que en las casetas del mercadillo que hay cuando nos adentramos en el parque, decoradas con guirnaldas de hojas de pino.

Pasamos junto a la fuente en la que el agua está medio congelada y eso provoca que un escalofrío me recorra el cuerpo entero. Por un rato, se me había olvidado el frío que hace y que mi nariz podría competir con la de Rudolph.

Paseamos por el mercadillo con calma, intentando acercarnos a todos los puestos, aunque la cantidad de gente que hay a veces nos lo dificulta.

—Oh —digo cuando atisbo un puesto de bolas de nieve de cristal.

Me abro paso como puedo hasta llegar frente a la caseta, donde no puedo apartar la vista de las miniaturas que contienen las esferas.

Un cartel indica que son artesanales y, me da igual el dinero que me cueste, necesito una. Sé que son navideñas y que hace solo unos días ni me habría planteado comprar una, pero nadie puede negar que parecen contener esa magia ancestral que dicen que tiene la Navidad.

Alcanzo una que representa la escena de dos personas decorando un árbol.

Es de las más sencillas, pero sé que es esta, como en la librería supe qué libro escoger.

Decorar el árbol es una de las últimas cosas que hice junto con mi madre antes de que ingresara en el hospital por última vez y la primera al volver a White Falls sin ella.

—Yo creo que me quedo con esta —oigo la voz de Josh junto a mí. Ni siquiera me había dado cuenta de que me había seguido.

Sostiene en las manos una esfera dentro de la cual hay tantos abetos que parece mentira que puedan caber, sobre un manto blanco que se alza un poco en una zona y, bajando por esa cuesta, un trineo con dos personas montadas en él.

Ponemos boca abajo las bolas a la vez y las volvemos a girar. La nieve cae sobre las escenas y las convierte en mágicas. Observo los copos caer, preguntándome cómo consiguen que unas simples figuras dentro de un cristal redondeado parezcan cobrar vida.

Pagamos a un señor que debe de tener la edad de mi abuelo y que nos sonríe amable mientras nos cobra y envuelve las bolas en papel de burbujas antes de meterlas en sendas cajas de cartón.

Salir de allí casi nos cuesta más que entrar y esta vez soy yo la que coge la mano de Josh con la excusa de que la gente que se apelotona alrededor no nos separe.

Encontramos a Abby en un puesto de prendas de punto, probándose un gorro de lana verde con círculos de colores como si fuera un árbol de Navidad.

Lily y ella se compran uno cada una y guardan los que llevaban en la mochila para ponerse esos.

Mi padre y Kathleen han aprovechado para comprar rollitos de canela para todos en un puesto que llena la calle de aroma de manzana, especias y mantequilla.

Paseamos un rato más hasta que el espacio se llena de gente atraída por las luces doradas que destacan ahora que empieza a atardecer.

—Siento deciros que nos dirigimos a nuestra última parada —dice Lily al salir a la avenida ruidosa y asfixiante por el ajetreo y los edificios que no dejan atisbar más que un pequeño trozo de cielo, cuyo color queda oculto por las luces de la ciudad.

—Noooooo —gimotea Abby, poniendo voz al pensamiento de todos, aunque a estas alturas estemos tan cansados que podríamos dormirnos de pie.

Llegamos al Rockefeller Center cuando ya es completamente de noche.

El edificio es impresionante, pero ni siquiera le doy un segundo vistazo una vez que atisbo el árbol que hay frente a él.

Podría ser un abeto o un cono de corcho, puesto que es imposible ver qué hay bajo la cantidad inmensa de luces de colores y la estrella blanca brillante con mil brazos, tan grande que espero que esté bien enganchada porque, como se le caiga a alguien a la cabeza, no lo cuenta.

No tenemos más remedio que hacer cola un rato antes de poder entrar en la pista de hielo.

Me pongo de puntillas para ver la estatua dorada de Prometeo y confirmar que sigue sin gustarme.

Recuerdo que una de las veces que vinimos le pregunté a mi madre dónde estaba la estatua esa tan famosa y, cuando me la señaló, le dije que no entendía por qué la gente se hacía fotos frente a ella si era rarísima.

—¿Te acordarás de cómo se hace? —me pregunta Josh cuando avanzamos unos pasos.

—Por supuesto —digo con convicción.

Miro la pista de hielo, segura de que patinar no se olvida. Pero esa seguridad se esfuma unos minutos más tarde, en cuanto pongo los dos patines sobre el hielo y pierdo el control durante unos segundos, haciendo que las cuchillas se deslicen por el hielo a su antojo.

Noto unas manos en mi cintura que me estabilizan, salvándome de caer al suelo. Levanto la cabeza para encontrarme con Josh, que me mira con los labios apretados, intentando no reírse.

—Estoy bien —le aseguro. Puede que necesite unos minutos para volver a coger la mecánica de los patines, pero no pienso confesarlo.

—No pienso soltarte —me dice Josh con su habitual sonrisa.

—Puedo yo sola, ha sido un lapsus momentáneo por la falta de práctica.

—Lo sé —dice—, pero me quedo más tranquilo.

Me suelta la cintura, entrelaza su mano con la mía y tira de mí para empezar a dar vueltas en la dirección de todas las demás personas que llenan la pista.

Poco a poco, voy sintiendo más confianza a la vez que mis músculos parecen recordar cómo funciona esto de patinar.

Entonces, me suelto de Josh, más por orgullo que porque quiera de verdad.

Mi amigo me mira sorprendido con las cejas enarcadas, pero no insiste.

Nos cruzamos con Abby y Lily, que intentan hacer un paso de baile y están a punto de caerse. Las salva que Kathleen y mi padre pasan en ese momento.

—¿Por qué no me apuntaste a danza sobre hielo cuando te lo pedí? —le pregunta Lily a su madre—. Es mi sueño frustrado —añade con un puchero.

—Porque entonces aún te tropezabas con tus propios pies al andar —responde Kathleen sin inmutarse por los ojillos de pena de su hija.

—Minucias —dice Lily, haciendo un gesto con la mano y volviendo a patinar con Abby, que le recuerda la vez que se cayó en un charco de barro, lo que provoca que mi amiga refunfuñe y Abby la abrace riendo.

Nos ponemos de nuevo en marcha para no entorpecer a los demás patinadores y pronto Josh y yo nos volvemos a quedar solos.

—Mi padre lleva el mismo tiempo que yo sin patinar y no le veo sufrir tanto —protesto.

Josh sonríe y estoy segura de que va a burlarse de mi equilibrio cuando un grito lo interrumpe.

—¡Wiiiiiill!

Me da el tiempo justo de ver cómo un chico viene directo hacia nosotros con cara de pánico y poco control sobre sus patines, antes de que Josh me rodee la cintura para intentar apartarme.

No lo logra y caemos los tres al suelo. Mi amigo consigue amortiguar la caída con el brazo izquierdo, pero, aun así, mi culo impacta contra el hielo. Voy a tener un moratón precioso.

Josh ha acabado sobre mí, con la cara tan cerca de la mía que puedo notar su respiración sobre mis labios. El corazón se me acelera, me da la sensación de que el resto del mundo se ralentiza y la piel se me eriza debajo de las capas de ropa.

—¿Estás bien? —me pregunta, preocupado.

¿Vamos a convertir en costumbre eso de caernos uno encima del otro? Porque mi corazón no llegará a viejo si seguimos así.

—Creo que sí —digo, respirando con dificultad por el susto, creo, o por estar tan cerca de él, no lo sé.

—Perdón, lo siento —oigo la voz del chico que se ha abalanzado sobre nosotros y que se intenta incorporar sin mucho éxito.

Me giro hacia él mientras Josh se aparta, permitiéndome que vuelva a respirar con normalidad. Es un chico de hombros anchos, con esa complexión gigante que tienen los jugadores de fútbol americano, y nos mira con expresión apurada sin dejar de disculparse.

—Mi novia, Anna, me ha dicho que no me soltara de ella, pero…

—Will —dice una chica de pelo oscuro recogido en una trenza, acercándose a nosotros con la respiración agitada—. ¿Estáis bien? —nos pregunta mientras ayuda al chico a levantarse, sujetándolo del brazo.

—Sí —respondemos Josh y yo ya en pie.

El tal Will necesita tres intentos para volver a estar sobre los patines y con la mano de la chica entrelazada a la suya. Más de una vez está a punto de arrastrarla con él al hielo.

—Por cierto, soy Anna. ¡Encantada! Pero, si nos volvemos a cruzar, huid —dice la chica, divertida.

—No os preocupéis, a ella tampoco se le da muy bien —bromea Josh, señalándome a mí.

Le doy un puñetazo en el brazo que no le hace ni cosquillas, pero que aprovecha para cogerme la mano y entrelazar sus dedos con los míos.

—De verdad que lo siento —repite Will—. No me volveré a soltar —le dice a Anna.

—Eso espero —responde ella con un suspiro, pero sin perder la sonrisa.

El chico asiente como un chiquillo al que le dicen que no vuelva a meterse en el charco de barro.

—Disfrutad de la tarde —nos dice Anna antes de marcharse, arrastrando a Will, que no parece muy seguro.

Patinamos un rato sin más incidentes que algún desequilibrio puntual, como cuando suena «Winter Wonderland» y Josh intenta que dé una vuelta sobre mí misma, provocando que me tenga que volver a sujetar de la cintura.

El contacto me provoca escalofríos por todo el cuerpo que intento ignorar.

En cambio, él, que no se ha pasado cinco años sin pisar el hielo, me demuestra que ha aprendido a hacer un pequeño salto.

Aplaudo y vitoreo, provocando que la gente nos mire y Josh vuelva a mi lado con las mejillas rojas, avergonzado.

No protestamos cuando Kathleen y mi padre nos dicen que es hora de irnos si no queremos llegar a casa de madrugada porque la verdad es que estamos agotados.