Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Cuando llegamos a la librería, me sorprende lo grande que es. Más bien, me sorprende que siga pareciéndome tan grande. Ocupa casi una fachada entera y hace esquina con la calle Broadway.

strand bookstore , leo sobre la entrada, en un cartel rojo de letras blancas del que cuelgan copos de nieve luminosos.

Pienso en la última vez que vine aquí con mi madre y me compró el ejemplar de Mujercitas que, desde el peor día de mi vida, sigue cogiendo polvo en la parte alta de la estantería de mi habitación.

Ahora sé que su edición pequeña y desgastada también la consiguió aquí.

Puede que en uno de esos carritos de metal expuestos en la calle, donde hay libros de oferta.

Se me forma un nudo en la garganta, que me aprieta más fuerte al ver el escaparate decorado con una chimenea y una mecedora, donde reposan varias ediciones especiales de libros como Nochebuena , El cascanueces o El Expreso Polar . La echo tanto de menos que juraría que me duele el pecho.

Al entrar, nos recibe un hilo musical suave —navideño, por supuesto— y un aluvión de gente en busca de un libro para hacer feliz a alguien querido.

Nos separamos: Josh y mi padre se van hacia las secciones de arte y fotografía, Abby y Lily a juvenil, Kathleen hacia ciencia ficción y yo paseo sin rumbo entre el poco espacio que dejan las mesas de distintos tamaños y tonalidades repletas de libros sobre ellas y en los estantes interiores.

Las estanterías, también diversas, algunas de metal, otras de tablones finos ya combados, antiguas y nuevas, cubren las paredes y se elevan formando pasillos estrechos en los que perderse.

Mi madre siempre decía que tienes que dejar que el libro te elija a ti. Recorríamos los lomos con los dedos hasta que uno nos lanzaba una señal y ese era el que nos llevábamos a casa.

Paseo por los clásicos, los de cocina y los de fantasía, cada sección decorada acorde a su temática y toques invernales. Incluso echo un vistazo en los de no ficción por si acaso, pero no encuentro nada que me llame la atención. Me pregunto si era algún tipo de magia que solo tenía ella.

La tristeza me hunde los hombros mientras ojeo las tote bags , ropa y demás merchandising de la librería. Decido ir con Lily y Abby y dejarme aconsejar por ellas.

Las veo charlando frente a las novedades de la sección de juvenil, cuando una mesa pequeña a mi derecha me hace girar la cabeza.

Es el cartel de una serie que reconozco porque Isla me insistió en que la viera y yo me negué al saber que era navideña.

El póster indica que esta librería es uno de los escenarios principales.

Y, bajo él, está el libro en el que se basa: El cuaderno de desafíos de Dash y Lily .

Sonrío al ver el nombre de mi amiga en el título y sostengo uno de los ejemplares entre las manos.

Es navideño, pero está claro que esto ha sido la señal que esperaba.

Nos encontramos en la caja, cada uno con un libro, como marca la tradición. Josh uno de pintura costumbrista, mi padre de fotografía artística, Kathleen uno de romance de alienígenas, y Abby y Lily el primero y segundo de una saga de dragones que yo he decidido leerme cuando esté terminada.

Al salir de la librería, mi amiga vuelve al modo guía turística:

—Hora de comer —anuncia, y entonces me doy cuenta de que estoy realmente hambrienta.

Cogemos el metro hacia Central Park, pero no nos dirigimos allí al salir, sino a una de las calles perpendiculares, en el lado que da al río.

El cartel luminoso de la fachada donde se lee lights & mights diner sigue tal y como recordaba, con la letra «n» parpadeando.

No es una cafetería que llame la atención desde fuera, con la puerta de metal un poco desvencijada y solo un ventanal pequeño con la única decoración de una pegatina con forma de árbol de Navidad y bordes curvados por el tiempo.

Pero dentro es algo totalmente distinto.

La campanilla suena cuando Lily abre y el olor a patatas y beicon hace que mi tripa ruja como si no la hubiera alimentado en días.

El suelo de azulejos con patrón de ajedrez brilla con las luces blancas que cuelgan del techo, compitiendo con los colores de las guirnaldas de bombillas redondas que cuelgan por las paredes y cubren el abeto que hay en la esquina, junto a la barra de metal gris que ocupa toda la pared lateral, frente a la cocina.

Hay poca gente sentada en los asientos rojos de estilo años cincuenta, frente a mesas de madera laminada blanca.

No recuerdo pasar una Navidad en el pueblo en la que no hayamos venido aquí a comer.

Me pregunto si mi madre y Kathleen lo descubrieron ese primer año que vinieron de visita.

Cuando la camarera nos toma nota y se marcha deslizándose sobre los patines, yo me recuesto contra el costado de mi padre, que me pasa el brazo por los hombros para estar más cómodos y miro alrededor, recordando a mi madre mientras se debatía entre la hamburguesa con doble de patatas o con doble de queso y, al final, eligiendo doble de las dos.

Y me doy cuenta de que me sigue doliendo estar aquí sin ella, pero, a la vez, una sensación cálida me invade al saber que siempre que venga la recordaré.