Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Caminamos por las aceras nevadas, frente a casas y comercios engalanados con todo tipo de decoraciones navideñas, hasta el metro, donde nos cruzamos con una chica vestida de elfa que canta «My Only Wish (This Year)» acompañada de su guitarra.

Josh me coge de la mano y me hace dar una vuelta sobre mí misma, como ayer en el escenario. Me río, sorprendida, y veo que Kathleen intenta hacer que mi padre se mueva. Abby y Lily empiezan a bailar y Josh me pone la otra mano en la cintura y empieza a moverse de forma patosa.

—Estoy practicando —dice divertido.

Me da muchísima vergüenza, pero la gente ni siquiera nos presta atención y quienes nos miran sonríen.

Así que me dejo llevar, aunque vaya en contra de todo lo que soy ahora y se parezca tanto a como era antes.

Nos vamos cambiando de pareja y termino bailando con mi padre, cuya sonrisa parece más de verdad que estos últimos años.

Cuando la chica termina de cantar, mi padre le deja un billete y ella inclina la cabeza agradecida con una sonrisa ocurrente.

Una vez dentro del vagón, Josh le pregunta a Lily, la encargada del itinerario:

—¿Dónde vamos primero?

—Es sorpresa —dice, misteriosa.

Hacemos transbordo y, por la dirección a la que nos dirigimos, me pregunto si la primera parada será la librería favorita de mi madre después de la de Mae.

Salimos del metro en una zona que no reconozco. Frente a nosotros se levantan edificios acristalados en los que se reflejan otros más clásicos, de ladrillo, con columnas y molduras decoradas de adornos tallados en la piedra.

—¿Lily? —pregunta Josh con el ceño fruncido.

Con una sonrisa traviesa, mi amiga se encamina hacia una calle diagonal, algo extraño en esta ciudad.

Josh la sigue, despacio, como si supiera dónde vamos y no quisiera.

—¿Qué pasa? —le pregunto cuando me quedo a su lado, unos metros por detrás de los demás.

—Sé dónde estamos yendo —responde con la vista clavada en el suelo—. Y no sé si quiero verlo.

No añade nada más. No creo que sea porque no quiera decírmelo, al fin y al cabo, lo voy a descubrir en un momento, sino porque le duele, lo puedo ver en su mandíbula tensa.

Miro alrededor, a la avenida que hemos cruzado, por donde los vehículos circulan con tantas prisas como las personas que caminan a nuestro alrededor, ya de buena mañana, cargadas con bolsas de regalos, y me doy cuenta, por el número de la calle, de que no estamos lejos de la librería a la que iba con mi madre.

Entonces recuerdo algo que me dijo Josh en el último viaje que hicimos aquí: «Si estudio en la Universidad de Nueva York, podrás pasar a verme cuando vayas a la librería».

Mi amigo nunca ha tenido tan claro como yo qué quería hacer con su futuro, pero había varias posibilidades en el aire y el edificio que está en la diagonal a la que nos dirigimos es una de ellas.

Le tiendo la mano para que sepa que puede usarme de ancla si lo necesita, como hice yo en su día. La acepta y yo le sonrío un poco, intentando darle ánimos. No me devuelve la sonrisa, pero se aferra a mi mano con más fuerza.

Solo caminamos unos minutos antes de llegar frente a un edificio de ventanales alargados, enormes, que parecen atrapar la luz de la mañana para iluminar el interior.

La fachada de tonos beige y grises, decorada con guirnaldas de acebo, destaca entre los demás edificios de color terracota de la calle.

Y las banderolas de la NYU cuelgan de la entrada.

Estoy segura de que en otra época del año esto debe de estar lleno de estudiantes entrando y saliendo de la facultad, pero ahora solo vemos a dos chicas con lienzos enormes en la puerta principal.

—Frente a ustedes pueden ver el edificio en el que Josh se pasará la mayor parte de su tiempo a partir del curso que viene —anuncia Lily con voz de guía turística.

Miro a Josh, que muestra mil emociones en su rostro.

—No sé si estudiaré aquí —dice con un tono tan frío y brusco que un escalofrío me recorre los brazos hasta la mano que tengo unida a la de él, la cual sigue apretando con fuerza, sin darse cuenta.

—Lo harás —dice Lily con tanta seguridad que es imposible no llegar a creerla.

—Ni siquiera tengo el porfolio hecho todavía —confiesa Josh, ahora con rabia.

Kathleen lo mira con el ceño fruncido, pero Lily no.

Siento que no debería estar aquí y mi padre y Abby también parecen percibirlo porque se alejan unos pasos. Yo quiero hacerlo, dejarles espacio para esta conversación que Josh ha estado retrasando, pero no puedo hacerlo sin soltarle la mano.

—Lo sé. Soy tu hermana —dice Lily como si eso le diera el poder de saberlo todo sobre su hermano, y puede que así sea—. Y por eso estamos aquí, para que veas que este es tu sitio y que puedes terminar las obras y conseguir la beca.

Josh aprieta los labios y observa el edificio que tenemos enfrente. Puedo ver el miedo en sus ojos, a fracasar, a no ser suficiente. Pero también hay una pizca de ilusión, que es la que le ha hecho no rendirse aún, no desistir en buscar esa idea que demuestre que este es su sitio.

—¿Por qué no nos has dicho nada? —pregunta Kathleen con la angustia dibujada en su rostro al darse cuenta de que su hijo no le ha contado lo que le ocurría estos días.

Josh se encoge de hombros sin mirar a su madre y tarda unos segundos en responder.

—No quería preocuparos —confiesa.

Y es cierto, pero también veo lo que no dice: que se siente inferior a Lily, que no quiere que lo comparen con ella. Estoy segura de que no lo harían, pero supongo que hay veces en las que el miedo supera la lógica.

Kathleen y Lily se acercan a Josh para abrazarlo y yo aprovecho que suelta mi mano para apartarme con mi padre, que me pasa un brazo por los hombros, y emprendemos el camino hacia la avenida, seguidos de Abby, que está hablando por teléfono con su madre.

—¿Lo sabías? —me pregunta, al ver que no me ha sorprendido su confesión.

Asiento.

—El otro día me lo dijo.

Me da un ligero apretón hacia su costado.

—Qué bien que hayas recuperado la relación con tus amigos. Tenía miedo de que hubiera pasado demasiado tiempo.

Sonrío levemente.

Si siguiera enfadada, se lo recriminaría, pero ya he hecho las paces con él, así que solo respondo:

—Yo también… Me gustaría volver todos los años, aunque solo sea en Navidad.

—Sí, yo también lo he estado pensando… Podemos venir en verano si te apetece.

—Vale —digo tan rápido que mi padre ríe levemente.

De pronto, la imagen de la web del Culinary Institute me asalta. Si estudiara a menos de dos horas de White Falls, no solo podría ir en vacaciones, vería a mis abuelos más a menudo y mis amigos no vivirían a tres zonas horarias de distancia, aunque sí lo estarían Isla y mi padre.

Un batiburrillo de sentimientos vuelve a llenarme el pecho al pensar en que elegir un futuro u otro también implica con qué personas voy a vivirlo.

Cualquiera pensaría que me he acostumbrado a esta sensación, dado que me asalta al menos una vez al día desde que llegamos al pueblo, pero la verdad es que cada vez me cuesta más apartarla a un lado al sentir que se me van acumulando dudas unas encima de otras.

Dudas que no existían hasta hace unos días.

Me intento quitar la idea de la cabeza. Es una locura cambiar el rumbo ahora, cuando en solo unos meses es probable que me acepten en la universidad de mis sueños, la misma universidad donde estudió mi madre.

Cuando Abby termina de hablar con su madre, nos pedimos un café en una pequeña cafetería de la avenida que queda frente a un edificio de estilo gótico, encajado entre los demás como si se hubiera equivocado de época.

No entramos dentro del local, sino que nos quedamos de pie en una de las mesas altas del exterior y el camarero, con gorrito de Santa incluido, nos sirve la comanda.

Mientras esperamos, mi padre nos cuenta a Abby y a mí que Noel tiene una cámara de fotos antigua y un cuarto oscuro en su casa para revelar carretes, y que le ha ofrecido dejarle las dos cosas.

Lo dice con tanta ilusión que me doy cuenta de lo que echa de menos dedicar tiempo a su faceta artística, completamente abandonada durante años.

Unos minutos después, aparece Lily con los ojos un poco rojos, pero paso determinado, para seguir con nuestro itinerario.

Detrás caminan Kathleen y Josh cogidos del brazo y con expresión cansada pero tranquila.

Me pregunto si, cuando volvamos a casa, y le cuente a mi padre lo de la solicitud, lo entenderá como Kathleen o pondrá el grito en el cielo, dado el orgullo con el que presume ante cualquiera de que voy a estudiar en Caltech.

—Siguiente parada: un clásico —dice Lily, echando a andar por la avenida hacia un lugar que conozco bien.

Caminamos por las calles cada vez más ajetreadas, donde nos cruzamos con alguna que otra persona vestida de Papá Noel, haciendo sonar una campanilla que me taladra la cabeza, y gente cargada de bolsas con regalos.