Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 17
69%

Capítulo 17

A nadie se le ocurrió ayer pensar en lo mala idea que era planificar este viaje para el día siguiente al concurso de jerséis.

No hubo muchas más canciones después de la nuestra, pero casi había más categorías de premios que gente que se había presentado.

Mi tío ganó al más feo, eso no lo dudó nadie ni un segundo.

Josh al más divertido y, cuando subió al escenario, me dio las gracias a mí por inspirarle, con esa sonrisa ladeada a la que le puse los ojos en blanco.

El más original, el menos navideño, el más clásico, el más moderno…

Juraría que cuando era pequeña solo estaban los premios al más feo y al más bonito.

Diría que han ido añadiendo categorías a lo largo de los años para que nadie se quedara sin premio.

Y lo mejor es que el jersey de la señora Fisher ganó el premio al más bonito.

La cogí del brazo y subimos las dos a recogerlo.

Así que llegamos a casa tan tarde que ahora mismo solo puedo abrir los ojos lo justo para no resbalarme por el suelo helado y partirme la crisma.

Kathleen y mi padre se han preparado termos de café de medio litro para aguantar despiertos todo el camino. Yo también llevo uno más pequeño que me calienta las manos.

Lily le tiende a Abby una bolsa de pastelitos de manzana que ha ido a comprar a la pastelería hace un momento —ni siquiera debía de estar abierta aún, mi abuela la habrá dejado entrar antes para dárselos— y Abby le da un abrazo que hace que a mi amiga se le sonrojen las mejillas.

Eso sí, antes de irnos, he leído la entrada del diario de mi madre para confirmar si al final fueron también a Nueva York.

¡Hemos visto el árbol más grande de la historia del Rockefeller Center!

Esto no estaba en el plan inicial, pero ayer les rogamos a nuestras madres que nos dejaran ir, porque no habíamos podido visitar Albany.

Obviamente no nos han permitido ir solas.

Han venido las dos con nosotras y, como quedaba un sitio libre en el coche, se lo dijimos al chico de ciudad, que aceptó sin dudar.

Kathleen dice que es porque quiere pasar tiempo conmigo, pero yo no estoy tan segura. Creo que las ganas que tengo de que sienta algo por mí me están haciendo imaginarme cosas.

Patinamos en la pista de hielo frente al árbol y me cogió de la mano, pero nada más.

Estoy segura de que solo estaba intentando mantener el equilibrio.

¡Hubo un momento en el que creía que iba a besarme!

Pero, en realidad, solo quería quitarme unos copos de nieve que se me habían enganchado en el pelo.

Puede que me vea muy pequeña, solo es un año mayor, pero él ya está en la universidad.

Sea como sea, nos lo pasamos genial, conseguí que el chico de ciudad se hiciera una foto conmigo y descubrimos una librería gigante donde me compré Mujercitas, que aún no lo he leído.

Kathleen y yo hemos acordado que tenemos que hacer este viaje todos los años, como una tradición.

Mientras nos montamos en el monovolumen de Mae, el único coche en el que cabemos los seis, me pregunto si llegó a ir a Nueva York más veces con el chico misterioso o si algún año fueron las dos solas.

Cuando termine de leer el diario le tengo que preguntar a Kathleen para que me rellene los huecos, pero no antes, de momento quiero que siga siendo algo solo mío.

Abby y Lily se piden ir atrás del todo y Josh y yo nos sentamos en la fila del medio.

Tengo tanto sueño que ni me planteo intentar mantenerme despierta.

Me acomodo en mi asiento y cierro los ojos, dispuesta a dormir las tres horas de viaje con la música rock de fondo que ha puesto mi padre a un volumen bajito.

Estoy a punto de quedarme dormida cuando un sonido familiar empieza a acompañar a la música y al murmullo de Abby y Lily.

Abro los ojos solo un poco y echo un vistazo a Josh.

Se ha traído su bloc y está dibujando algo que, de momento, no logro identificar.

Me tienta quedarme despierta y observarlo ahora que no se da cuenta, pero siento que eso sería traicionar un poco su confianza; además, me muero de sueño.

Vuelvo a cerrar los ojos y me quedo dormida, imaginando qué puede estar creando por el sonido del lápiz rasgando el papel.

Me despierto un rato después, cuando paramos en una estación de servicio. Miro por la ventana al paisaje nevado y decido que no tengo tantas ganas de ir al baño como para abandonar el ambiente cálido del coche.

—No vamos a volver a parar hasta llegar a Nueva York —me advierte mi padre.

—Aguanté las más de tres horas del concierto de Taylor Swift al que acompañé a Isla, creo que podré soportarlo —digo sin ninguna intención de moverme de mi sitio.

Mi padre asiente y todos se bajan, excepto Josh, que sigue enfrascado en su bloc.

Le mando una foto del exterior a Isla, quien me ha pedido un reportaje detallado del pequeño viaje, y vuelvo a guardar el móvil sin esperar respuesta porque debe de estar durmiendo aún.

—¿Qué tal vas? —le pregunto a Josh.

Siento que hace mucho que no me intereso por su porfolio.

Mi amigo levanta la cabeza con la mirada un poco perdida, como si necesitara unos segundos para enfocar la realidad a su alrededor.

—Bien…, creo —responde, pensativo. Echa un vistazo al bloc, donde veo un esbozo de la castañera que vimos el otro día—. Me faltan solo dos bocetos y decidir con qué técnica quiero hacer cada uno.

—Me gustan los que haces a boli, los que me das a mí —digo e inmediatamente noto las mejillas arder no sé bien por qué, nunca he tenido ningún problema en hablar con Josh de lo que fuera y creía que habíamos vuelto a esa dinámica, pero mi cuerpo se ve que no se ha enterado y me manda señales que no entiendo.

No creo que haga ninguno así, seguro que son demasiado sencillos para presentarlos en la solicitud, pero, para mí, ni el lienzo más grande y complejo se podría comparar con la ilusión de desplegar un papel sabiendo que lo ha dibujado pensando en mí.

Josh sonríe un poco a la vez que vuelve la vista a su bloc y asiente, pensativo.

—Oye —dice, volviendo a alzar la cabeza—. ¿Cuál es el plan de hoy?

—Un viaje a Nueva York. —Noto cómo una sonrisa me tira de las comisuras de los labios.

—¿Literal? —pregunta, sorprendido.

—Literal como que esta tradición de ir todas las navidades a la ciudad empezó el año en el que mi madre escribió el diario.

—La magia de la Navidad —canturrea, retomando el dibujo que estaba haciendo.

Yo pongo los ojos en blanco, pero no digo nada más al ver que vuelve a concentrarse en su tarea.

Saco mi ejemplar de La historia interminable de la mochila, dispuesta a leer ahora que me noto más despejada, con la intención de que el viaje se me haga más corto.

—Sofie —me llama Josh, bajito, cuando no he leído ni dos páginas.

Levanto la vista del libro y lo miro con curiosidad.

—Igual no te acuerdas… —dice con la vista clavada en el lápiz que mueve entre los dedos—. Pero el último año que viniste al pueblo te invité al baile que hacen durante la subasta…

Frunzo el ceño, intentando hacer memoria. Todas las navidades, los vecinos organizan una subasta silenciosa con donaciones en la que recaudan dinero para alguna necesidad del pueblo. La última en la que estuve me suena que fue para el centro social… ¿Y Josh me invitó…? Sí, ahora lo recuerdo.

—Te respondí que ninguno de los dos sabía bailar y no tenía sentido que me invitaras —digo, evocando lo pragmática que era ya con diez años.

Josh dibuja una ligera sonrisa y me mira con el mismo brillo en la mirada que estos últimos días.

—Sigo sin saber bailar, pero, como no has podido ir al del instituto, me preguntaba si esta vez aceptarías mi invitación.

Lo dice con ligereza, como si no fuera nada importante, pero sus mejillas un poco sonrosadas indican lo contrario. Y creo que las mías deben de tener un tono similar porque no me molestaría enterrar la cara en la nieve para refrescármela.

¿Por qué de repente estoy tan nerviosa? ¿Por qué siento los latidos en las puntas de los dedos? Si es el baile de siempre… No tiene mayor importancia… Vayamos o no juntos, vamos a estar allí todos.

—Vale, sí —digo con una sensación extraña que me recorre los brazos.

Josh sonríe con la nariz arrugada, me mira unos segundos, asiente y vuelve a su dibujo con las mejillas aún más rojas que antes.

Yo meto la cabeza en el libro y noto que el rostro me sigue ardiendo.

Entonces me doy cuenta de que no tengo nada que ponerme. Podía haberlo pensado, haberme traído el vestido y así, al menos, lo hubiera usado…, o me lo habrían perdido junto al resto de la maleta que todavía no han localizado, recuerdo.

Miro los pantalones de pana de la tienda de Cecilia, el jersey de copos de nieve y las botas de mi madre que llevo, y me doy cuenta de que hace días que no echo de menos mi maleta.

Lo que me produce sentimientos contradictorios.

Por una parte, alivio al sentir que, poco a poco, he recuperado a mis amigos y estoy disfrutando de las fiestas; por otra, desazón, porque no está mamá y no puedo evitar ese sentimiento de culpabilidad que me atenaza el estómago.

Los demás no tardan en volver con provisiones y emprendemos la segunda mitad del trayecto.

Todos estamos más despiertos, así que hay un poco de discusión sobre qué lista de canciones navideñas escuchar —o no escuchar, en mi caso—.

Conflicto que termina cuando Kathleen pone la suya, argumentando que es quien conduce.

Aparcamos a las afueras de la ciudad, en el aparcamiento del ferry de Weehawken, y cruzamos el río Hudson a bordo de la embarcación.

El viento que sopla frío y húmedo me corta la piel, por lo que paso la mayor parte del trayecto escondida detrás de la bufanda y con el gorro calado hasta casi taparme los ojos.

Solo levanto la cabeza para echar vistazos a los edificios que se van agrandando frente a mí y que, después de pasar estos días entre casas de no más de dos alturas, me parecen exagerados.