Capítulo 16 #3
En el diario no aparece este plan porque entonces no existía esta tradición, pero estoy segura de que, si hubiera existido, estaría en la lista el primero de todos subrayado varias veces porque era el día favorito de mamá después del de Navidad.
Ese pensamiento me da las fuerzas que me faltan para subir los dos escalones cubiertos de moqueta roja, que crujen bajo mis botas, al igual que lo hace el suelo cuando camino sobre él.
Me detengo a unos pasos de distancia de Josh, que no me quita la vista de encima, supongo que para asegurarse de que no salgo corriendo.
La canción empieza a sonar y la música me retumba por todo el cuerpo.
Me acerco el micrófono y respiro hondo, cierro los ojos, me imagino que soy pequeña, que mi madre está ahí en el público, junto a mi padre, y que baila con una sonrisa para animarme a cantar con todas mis fuerzas.
Empiezo a cantar sin abrir los ojos, mi voz es un susurro y la de Josh junto a la mía, más grave de lo que lo era hace unos años, me acompaña con los coros en el mismo tono bajo que yo.
Antes de que empiece la segunda estrofa abro los ojos y echo un vistazo al público con temor a ver sus caras decepcionadas.
Pero no es así, la gente se balancea al ritmo de la canción.
Mis abuelos bailan cogidos de las manos y mi padre da palmas mientras mueve la cabeza al son de la música.
Canto un poco más fuerte y clavo la vista en Josh, cuya mirada ya no parece tan preocupada como antes.
Me muevo un poco e intento deshacerme de la vergüenza para acercarme a mi amigo, que me coge de la mano que tengo libre y me hace dar una vuelta sobre mí misma en la parte instrumental de la canción.
La carcajada me sale sola desde el estómago sin que pueda evitarlo y, cuando llegan los últimos versos, canto de frente al público moviéndome para que todos vean el jersey tan precioso de la señora Fisher, con el ancla que es la mano de Josh entrelazada con la mía.
Los aplausos de la gente, cuando aún ni siquiera ha terminado la canción del todo, hacen que me recorra un escalofrío de satisfacción por los brazos.
Ya no noto los nervios pellizcarme la piel, sino una sensación agradable que me relaja los músculos y me estira los labios en una sonrisa cómoda, sin esfuerzo.
Josh y yo hacemos varias reverencias hasta que los vítores se van apagando y nos bajamos del escenario.
—¡Habéis estado genial! —exclama Lily, abrazándonos a los dos a la vez.
Una risa débil se me escapa, sin terminar de creerme que lo haya hecho.
En ese momento Violet la llama para que suba al escenario junto a Abby.
—Puede que no ganemos el concurso, pero esta será la mejor canción que escuchéis hoy —dice Lily antes de subirse a la tarima.
Mientras mis amigas se preparan, miro a Josh sin tener claro cómo agradecerle el haberme acompañado ahí arriba sin saber si iba a ser una catástrofe.
—Gracias —le digo un poco avergonzada no sé por qué.
—No me las des —dice, negando con la cabeza—. Subir a cantar contigo ha sido algo totalmente egoísta, quería ser el que más cerca te viera así de feliz.
El corazón me late con fuerza, los ojos me molestan y noto una sensación extraña en el pecho.
No me resisto ni un poquito a las ganas que tengo de abrazarlo. Le rodeo el cuello y entierro la cara en él. La misma sensación que ayer me recorre entera y mi cuerpo parece reconocer que los brazos con los que me rodea la cintura son el sitio más seguro del mundo porque cada músculo se relaja.
Pero, de pronto, soy consciente de que en poco más de una semana tengo que volver a California y un dolor sordo en el pecho me hace reforzar el agarre en torno a Josh, quien me imita, no sé si como acto reflejo o porque también es consciente de que esta amistad que hemos recuperado va a pausarse durante meses.
Solo me separo de él cuando Lily y Abby empiezan a cantar «Mistletoe», de Justin Bieber. Nos acercamos hacia donde están nuestras familias, pero no nos alejamos el uno del otro mientras las animamos.
Es obvio que están en el coro por algo y que son las que mejor cantan con diferencia de todos los que hemos subido ahí, pero me pregunto si han elegido esa canción por algo más o solo porque les gusta.
Bailamos las demás canciones y aplaudimos a mi tío, que, por supuesto, elige una de Kelly Clarkson: «Every Christmas».
No tengo ninguna duda de que se la está cantando a Erin, sobre todo cuando, en las últimas estrofas, la mira a ella directamente.
Mi tío nunca ha afinado mucho, pero le pone todo su empeño y, cuando baja del escenario, Erin le hace alguna broma con la que mi tío se ríe un poco avergonzado.
Los miro, esperando detectar alguna señal más de que están juntos, aunque supongo que ninguno de los dos ha dado el paso aún porque simplemente siguen hablando con sendas sonrisas de enamorados.
Creía que me iba a querer ir de aquí a la segunda canción, que lo pasaría mal sobre el escenario.
Pero ha sido todo lo contrario y me pregunto si, allá donde esté, mi madre me está dando esos pequeños empujones para que vuelva a hacer todo aquello que compartíamos en estas fechas, aunque ella no esté.