Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 16
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Capítulo 16

Ni siquiera las voces de los vecinos consiguen sofocar el «Last Christmas» de Wham! que llena la plaza a través de los mismos altavoces gigantes del otro día. Estoy segura de que aquí hay más gente de la que vive en este pueblo.

Esta tarde, después de comer, mi abuela y yo hemos pasado por la pastelería y hemos abierto unas pocas horas, hasta hace apenas un rato.

Creíamos que no vendría mucha gente, por lo que solo hemos preparado un par de tipos de galletas.

Pero parece que quitar nieve les ha provocado bajón de azúcar a los vecinos, porque al poner el cartel de abierto se ha hecho una cola que llegaba hasta la esquina.

Hoy lo de cocinar no me ha servido para relajarme ni un poquito, los pensamientos sobre mi futuro se entremezclaban con las recetas y calcular las vueltas al cobrar.

Estaba tan agotada mentalmente que he colapsado cuando nos hemos quedado casi sin productos que vender y mi abuela se ha intercambiado por mí, poniéndose tras el mostrador.

No sé cómo ha podido mantener la calma con la cantidad de personas que había esperando a que sacáramos más dulces del horno.

—Este año te aseguro que los Cooper no me robarán mi canción —dice mi abuelo con la vista clavada en una pareja de su edad.

—Henry, no es tu canción —dice mi abuela, que camina con el brazo entrelazado con el suyo—. Cualquiera puede cantarla. Espero que no les hayas amenazado.

—¡Lo hicieron a propósito! —protesta—. Pero hoy no porque voy a cantar una que nadie se espera.

Mi abuela se ríe e intenta sonsacarle el título a mi abuelo, que no cede lo más mínimo porque hay muchas orejas escuchando.

De pequeña me encantaba este día. No solo me podía vestir con el jersey más colorido y navideño que tuviera, sino también cantar un villancico delante de un público de verdad.

Por supuesto, eso fue antes de que conociera el concepto de la vergüenza.

El último año que estuvimos aquí ya me costó subir al pequeño escenario y solo lo hice cuando Josh me aseguró que cantaría conmigo.

Si hubiera sabido que iba a ser la última Navidad que iba a vivir con mi madre, habría cantado con ella, pero, aun así, verla interpretar con mi padre «All I Want For Christmas Is You», por muy típico que sea, es uno de los recuerdos más bonitos que tengo.

Mis abuelos se internan entre el gentío y mi padre y yo los seguimos.

La multitud se concentra frente a la tarima que hará de escenario y al árbol de Navidad, pero se puede avanzar entre la gente sin mucha dificultad.

Los gorros de Santa Claus son los protagonistas, unos más originales que otros, como el que lleva Ethan, que, en vez de ser el típico cucurucho, son las piernas de Papá Noel del revés, con las botas negras hacia arriba.

Ni siquiera alguien a quien le encante la Navidad puede pensar que eso no queda rarísimo.

—Perdón —dice Kevin al chocarse conmigo.

—No pasa nada —le digo, saludando también a Greg, que está a su lado, con un vasito de chocolate caliente en la mano.

Lo raro es que no me haya tropezado con nadie más teniendo en cuenta que la gente está más preocupada por cotillear los jerséis de los demás que por mirar por dónde pisa.

Sigo avanzando y me doy cuenta de que he perdido de vista a mi padre. No pueden estar muy lejos, ¿no? Estiro el cuello y me pongo de puntillas, aunque no consigo distinguir mucho porque la plaza está en penumbra, preparada para el encendido del árbol.

Saco el móvil y llamo a mi padre para preguntarle por dónde están y no dar vueltas sin sentido. Suspiro al ver que no me lo coge. Con todo el alboroto que hay alrededor ni siquiera notará que le está sonando.

Camino un poco más, alzándome de vez en cuando sobre las puntas de los pies, pero nada. Me parece que, como no haga acto de presencia la magia de la Navidad, me voy a quedar aquí, junto al hombre de la bicicleta navideña que se ha decorado a él mismo con el espumillón de su vehículo.

—Hola —oigo la voz de Josh a mi lado.

—Hola —saludo y automáticamente noto una sonrisa en mi rostro.

—¿Qué haces? —pregunta, curioso.

—Buscar a mi familia —respondo.

Entonces se me ocurre una idea.

—¿Me puedo subir a tu espalda? —le pregunto.

El chico asiente y se gira sin una pizca de duda.

Se agacha un poco, rodeo su cuello con los brazos y él me pasa los suyos por detrás de mis rodillas.

Se incorpora y entonces veo mucho mejor por encima de las cabezas de la gente.

Me aúpo un poco más apoyando las manos en sus hombros y los veo, casi en primera fila frente al escenario.

—Gracias —le digo a Josh mientras me baja al suelo—. Encima que me animo a venir, solo faltaba que tuviera que sufrir el espectáculo sola —digo, desabrochándome la chaqueta porque me estoy asando con el calor que desprende toda la gente de alrededor.

Josh mira mi jersey y sonríe.

—Me encanta —dice.

No lo admito en voz alta, pero a mí también.

Esta tarde, cuando estábamos a punto de cerrar la pastelería para cambiarnos y venir a la fiesta, la señora Fisher ha entrado por la puerta con una bolsa de papel marrón.

—Esto es para ti —me ha dicho con una sonrisa tan adorable que habría aceptado el regalo, aunque hubiera sido una de esas muñecas de porcelana que parece que te atraviesan con la mirada.

He sacado lo que había dentro y me he quedado sin palabras.

Era un jersey de punto de mangas blancas, con la espalda y la parte delantera dividida en cuadros de colores, donde dentro de cada uno había un objeto navideño: una casita, un buzón de cartas de Papá Noel, un calcetín, una corona navideña, un reno, muérdago, un hombrecito de jengibre, un copo de nieve…

—No puedo aceptarlo —he dicho con un nudo en la garganta que casi me impedía hablar.

¿Cuánto le debía de haber costado? Se lo merecía alguien como Lily, que disfruta de verdad de la Navidad.

—Pues claro que puedes —ha dicho la mujer, apoyando las dos manos en el bastón—. Solo te pido a cambio una cosa. —He asentido sin saber qué era porque cualquier condición me parecía poco—. Que ganes el concurso.

He observado a la señora Fisher unos segundos, tenía tanta ilusión y cariño en la mirada que no he podido decirle que no. Y ahora, viendo la cantidad de gente que hay aquí, me estoy arrepintiendo.

Josh me coge de la mano para guiarme entre la multitud. Con las prisas no he cogido los guantes. Él tampoco los lleva y noto el calor de su palma contra la mía. Como nuestras respiraciones entrelazadas esta mañana al acabar los dos sobre la nieve.

—¡Aquí estás! —exclama mi abuela al verme.

—Creía que ibas detrás de mí —dice mi padre con el ceño fruncido, preocupado.

—Me he chocado con Kevin, el hijo de los Sutton —le digo.

En ese momento la música cambia y, como si Mariah Carey tuviera un poder especial, las voces alrededor se convierten en un murmullo.

Josh me hace una seña para que mire el abeto y veo que las luces se van encendiendo poco a poco, primero parpadean las azules, luego las amarillas, las rojas y las verdes, todo al ritmo de la música.

Hasta que, en el estribillo de la canción, el árbol se ilumina por completo.

La gente aplaude y vitorea como si esto no ocurriera todos los días desde hace semanas, cuando lo colocaron en la plaza después de Acción de Gracias.

Y, al mirar a mi alrededor, no puedo evitar compararlo con el encendido de luces de la ciudad.

Aunque hace años que no voy, recuerdo perfectamente el árbol muchísimo más grande que este, con la decoración colgando de sus ramas con una precisión milimétrica.

La canción era la misma y las luces también bailaban a su son, pero los aplausos eran fríos, la gente estaba más preocupada por grabarlo con el móvil y hacerse un selfi que de disfrutar de la compañía de sus amigos o familia.

Aquí, a pesar de que también veo algún móvil alzado en el aire, la mayoría mira al frente o a la persona que tiene al lado.

Mis abuelos se abrazan, Mae y Kathleen cantan y mi padre me pasa el brazo por los hombros.

Entonces me doy cuenta de que aún tengo la mano entrelazada con la de Josh, quien se mueve hacia los lados al ritmo de la música.

Cuando termina la canción, la alcaldesa sube al escenario.

—Vecinos de White Falls y alrededores —empieza Rosalind—.

Muchas gracias por venir un año más a nuestro tradicional concurso de jerséis de Navidad.

Recordad que para que el jurado valore vuestro atuendo es imprescindible que nos deleitéis con una canción navideña a vuestra elección.

Violet —nombra, señalando a una mujer de pelo corto muy rubio que saluda desde una esquina de la tarima— os apuntará y os irá llamando cuando sea vuestro turno.

Y ahora, mientras os decidís, ¡vamos a disfrutar de unos villancicos gracias a nuestro magnífico coro!

Rosalind aplaude, al igual que el resto del público, mientras los cantantes suben, todos con el mismo suéter: granate con arbolitos verdes y copos de nieve que rodean el texto «El coro de Santa».

Distingo a Lily y a Abby entre el grupo cuando empiezan a cantar «O Holy Night».

Y también a Conrad, lo que me hace preguntarme si mi abuela habrá tomado una decisión sobre la pastelería.

—Vamos —me dice Josh, tirando de mi mano.

Me dejo arrastrar, notando que los nervios me cosquillean en la piel. Tengo claro qué canción voy a cantar, pero hace años que no lo hago, mi voz ni siquiera es la misma. No he cantado delante de nadie que no sea Isla desde entonces. ¿Y si lo hago fatal?

Caminamos hacia uno de los laterales de la tarima, donde los aspirantes hacen cola para apuntarse.

Saludo a Joanne, la chica con cara de elfa que estaba en la visita de Papá Noel y que ahora lleva un suéter con lucecitas de colores.

También veo a mi tío, vistiendo un jersey con estampado de camisa hawaiana.

Es feísimo, el más feo con diferencia. Me duelen los ojos.