Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Miro a mi padre y me doy cuenta de que tiene la vista clavada en mí, como si esperara que sea yo la que tome la decisión. Vuelvo la vista a Kathleen, que ya solo mira su taza con expresión triste.

—Vale —digo.

Kathleen levanta la vista, sorprendida, y poco a poco una sonrisa se dibuja en su rostro.

—¿Le puedo decir a Abby que venga? —pregunta Lily con la ilusión brillando en sus ojos.

—Claro —responde Kathleen, más relajada.

Sin perder un segundo, Lily saca el móvil para enviarle un mensaje a Abby y empieza a planificar nuestra ruta para mañana.

Me doy cuenta, con el sabor dulce de la bebida en la boca, las voces tan familiares a mi alrededor y la sensación de que no hay otro lugar en el que quiera estar ahora mismo, de que ya he cumplido el plan de hoy de mi madre.

Esta calma que me inunda, la misma que sentía ayer junto a Josh, me hace pensar en que puede que las navidades perfectas de mi madre lo estén siendo para mí también.

Cuando todos se van, subo a la habitación.

Por primera vez desde que estoy aquí, no me calma la falta de decoración navideña —a excepción del calcetín de mi madre que cuelga del pomo del armario y la diadema de elfo que me puso mi padre el día que decoramos la casa y que enganché en un clavo desnudo de la pared—, sino que me parece extraño, como si esta parte de la casa tuviera menos luz.

Veo los libros de texto sobre el escritorio y eso hace que mis pensamientos se dirijan hacia la duda que sembró Lily en mí el otro día.

Sé cuál es la escuela de cocina más prestigiosa. Pero, aun así, lo busco. El Culinary Institute of America, cuya sede principal está en Hyde Park, a orillas del río Hudson, y donde mi abuela siempre quiso estudiar Cocina y Pastelería, pero no tuvo la oportunidad.

Echo un vistazo a la web. El plazo de solicitud para admisión temprana termina en unos días, y el de la ordinaria, a principios de febrero.

Leo los requisitos para las becas y las opciones de alojamiento en las residencias del campus.

Siento vértigo cuando me doy cuenta de lo que estoy haciendo, que de verdad estoy dedicando tiempo a recabar información sobre una posibilidad que no existía hasta hace dos días.

En un momento de pánico, llamo a Isla con la esperanza de que me lo coja.

—Sofiiieee. —Solo oír su voz ya me calma y hace que respire mejor.

Y, cuando deja el móvil quieto y su rostro llena la pantalla, la sonrisa me sale sola.

—¿Has hablado ya con Ryan? —le pregunto sin querer sacar el tema por el que la he llamado.

Isla aprieta los labios y no hace falta que diga nada más.

—¡Pero pobrecito! —exclamo, imaginándome al pobre Ryan comiéndose la cabeza porque mi amiga no es capaz ni de leer su mensaje—. Abre ahora mismo su conversación y léelo —le ordeno.

—Si no lo veo, no es real —se excusa, encogiéndose de hombros.

—Si no lo ves, vas a perder la oportunidad.

—Puede que no haya ninguna oportunidad.

—Que te acompañó, Isla, que vive justo en dirección contraria a tu casa —digo, frustrada y divertida a la vez con los nervios de mi amiga.

—Ya —dice con un suspiro mientras la veo toquetear la pantalla del móvil.

—¿Qué dice? —le pregunto, impaciente.

—Me pregunta si conozco la cafetería inspirada en Alicia en el país de las maravillas que hay cerca de la estación y que si quiero ir una tarde y aprovechar para ver el encendido del árbol. —Su rostro pasa por varias fases en solo unos segundos: nervios, sorpresa, ilusión y vergüenza.

—Te encanta esa cafetería.

—Me encanta.

—¿La cafetería o Ryan?

Isla me saca la lengua y yo suelto una carcajada. Durante un momento solo veo sus ojos ilusionados en la pantalla mientras le responde al chico.

—Bueno, no te creas que no me he dado cuenta de lo que has hecho —dice cuando termina, refiriéndose a lo de hablar del tema de Ryan antes de que ella pudiera preguntarme nada a mí—. ¿Has vuelto a discutir con tu padre?

Suspiro. La he llamado para esto, ¿no? Para desahogarme.

—¿Tú estás segurísima de que quieres estudiar Ingeniería? ¿No tienes ni una duda pequeñita?

Mi amiga frunce el ceño.

—Bueno… Tengo miedo de que sea demasiado duro, de que acabe por no gustarme…, pero es lo que quiero hacer ahora mismo.

Asiento, eso mismo pensaba yo hace unos días.

—¿Cuántos kilos de galletas has cocinado estos días? —me pregunta después de unos segundos de silencio, y yo frunzo el ceño sin entender a qué viene eso… Oh.

Está claro que me conoce mejor que yo misma.

—¿Cómo lo sabes…?

Isla enarca las cejas y se acerca el móvil a la cara.

—El año pasado, cuando mi hermano destrozó mi tarta de cumpleaños, tenías que terminar tu parte del trabajo del club de robótica para el día siguiente y, aun así, no dudaste un segundo en venir a casa y hacerme una, aunque no parabas de insistir en que iba a ser feísima.

—Eres mi amiga, no te podía dejar tirada —me defiendo, no sé de qué.

—Podíamos haber ido a comprar una, que era mi idea, pero a ti ni se te pasó por la cabeza esa opción.

—Pero…

—Que te brilla más la cara cuando haces cupcakes que cuando tenemos que soldar cables —dice tajante.

—Me gusta soldar cables —digo con la boca pequeña.

—Ya, la verdad es que es relajante, no ha sido mi mejor ejemplo, pero me has entendido.

La he entendido, y esta conversación, en vez de aclararme las ideas, me ha confundido más. Esperaba que Isla me asegurara que mi sitio está con ella en Caltech y así ya no tendría por qué darle más vueltas.

—Nada me hace más ilusión que ir contigo a la universidad, pero, si te han entrado las dudas ahora que has trabajado unos días con tu abuela, puede que lo mejor sea que te lo pienses bien, que estés segura de que no te vas a arrepentir de la decisión que tomes.

Asiento, un poco decaída al ver frente a mí un problema nuevo que no tenía antes.

Hablamos un poco más de lo que hemos hecho estos días y, cuando cuelgo, vuelvo a la web del Culinary Institute.

Miro otra vez las fotos y me pregunto si me veo allí, si prefiero batir nata o soldar cables.

Y la conclusión a la que llego es que no lo sé.

Noto una desazón en el cuerpo que antes no existía y que me encoge el estómago.

Llaman a la puerta y cierro el navegador del móvil con el corazón latiéndome más rápido que las varillas de la batidora. Es mi padre, quien entra con un montón de ropa limpia en los brazos.

—¿Has pensado qué quieres hacer esta tarde? —pregunta, dejando la ropa encima de mi cama.

Me muevo incómoda. He estado tan empeñada en no querer participar en esa fiesta que ahora me da vergüenza confesar que puede que me apetezca un poco.

—Creo que iré —susurro.

Mi padre asiente con una sonrisa.

—Me alegro. ¿Le digo a tu abuela que te saque un jersey?

—Tampoco nos pasemos —respondo, levantando las manos con una mueca de disgusto un poco forzada.

Una cosa es reconocer que la Navidad puede tener cosas buenas y otra ponerme un jersey feísimo.