Capítulo 15 #2
Josh reacciona rápido y se aparta antes de que Lily se eche encima de nosotros. Aun así, le alcanza y los dos protestamos cuando notamos su peso hundirnos aún más en la nieve, con lo que solo conseguimos que la risa de mi amiga sea más fuerte.
—Tenéis una edad ya… —dice Abby, mirándonos desde arriba con los brazos en jarras.
Lily se levanta, apoyándose en Josh, que vuelve a protestar, y tira de unos de los brazos de Abby, haciendo que tropiece al intentar alejarse y acabe medio enterrada en la nieve junto a nosotros.
—¡Lily Grace Smith! —grita Abby con tono de advertencia, pero no añade nada más porque mi amiga se tira encima de ella sin parar de reír.
Oigo las carcajadas de Josh junto a mí y lo miro dejando salir la que me burbujea en el pecho. Me duele la tripa y las mejillas tanto de reírme que creo que mañana tendré agujetas.
Empiezo a mover las piernas hacia los lados y los brazos arriba y abajo sin perder la sonrisa, con la vista clavada en el cielo despejado donde solo alguna nube blanca y esponjosa se desplaza con calma, permitiendo al sol disfrutar del paisaje blanco.
Noto el roce de las puntas de los dedos enguantados con las de Josh, que también se mueve dibujando la forma de un ángel en la nieve.
Me quedo unos minutos más ahí, quieta, oyendo las risas de otros grupos de personas que han iniciado su propia pelea de bolas de nieve en el vecindario, la respiración de Josh a mi lado, ahora más calmada, y las carcajadas de Abby y Lily que, junto con las demás señales que he ido viendo estos días, me hacen preguntarme si hay algo más entre ellas que una simple amistad.
Cuando nos levantamos del suelo, veo a mi padre con la cámara de fotos entre las manos y la mirada en el visor. Oigo el clic del objetivo antes de que pueda confirmar que mi pelo debe de parecer un gato mojado.
—Papá… —protesto.
—Ya sabes que no vale quejarse hasta ver el resultado.
Pongo los ojos en blanco. Siempre que nos hacía una foto a mi madre o a mí sin avisar nos decía esas mismas palabras y la verdad es que la mayoría de las veces, cuando las veíamos impresas, no teníamos ninguna queja.
Entre Abby, Lily, Josh y yo empezamos a construir un muñeco de nieve.
Se nos desintegra la bola de en medio al colocarla y tenemos que volver a hacerla.
Mi padre nos trae una zanahoria de la cocina, mi abuelo una bufanda vieja y mi abuela encuentra una boina en un cajón de su armario.
Abby, emocionadísima con la boina tan parisina, decide hacer un nudo original a la bufanda para que nuestra «Oline» —según Lily es el nombre femenino de Olaf— sea una muñeca de nieve con estilo.
Al terminar, Josh le quita uno de los brazos a Oline para asustar a Lily por la espalda. Oigo el clic de la cámara justo en el momento en el que mi amiga grita, Abby mira mal a Josh y yo empiezo a reírme. Me giro hacia mi padre, que sonríe divertido y me guiña un ojo.
En ese momento, se acerca Rosalind para pedirle a Abby que vuelva para terminar de ayudarla porque tiene que irse al ayuntamiento. Nos despedimos de ella, conscientes de que se ha terminado la diversión por hoy.
—¿Quién quiere ponche navideño? —pregunta mi abuela desde la puerta de casa.
Josh y Lily no dudan un segundo y se dirigen hacia mi abuela, dándose pequeños empujones y riendo. El chico se gira un momento con el ceño fruncido al ver que no voy con ellos. Le hago una seña para indicarle que ahora iré.
Espero a mi padre, que, enfrascado en captar algo que solo él puede ver, sigue con la cámara entre sus ojos y el mundo.
Me acuclillo para taparme las piernas con la chaqueta y no puedo evitar escribir dos palabras en la nieve, esas que mi madre dibujaba con sus dedos cada vez que tenía oportunidad, como si quisiera que la propia nieve las guardara y nos las devolviera al año siguiente.
Te quiero.
Oigo un clic y no me hace falta levantar la vista para saber que es mi padre.
Noto cómo se agacha junto a mí y sigue escribiendo debajo:
Incluso cuando se derrita la nieve.
El recuerdo de mi madre junto a nosotros, de todos los «te quiero» que escribimos en la nieve, me forma un nudo en la garganta. Siento un batiburrillo de emociones en el pecho y en el estómago, que tiran de mí de un lado a otro, peleándose por mi atención.
La alegría que sentía hace un momento, cuando solo me preocupaba escapar de las bolas de nieve, se apaga poco a poco hasta ser solo una pequeña luciérnaga que no tiene fuerza para iluminar la oscuridad de alrededor.
Echo de menos a mi madre. El saber que ese peso estará siempre ahí me presiona las costillas hasta dejarme sin aire, como cada vez que soy consciente de ello.
También echo de menos a mi padre, al que escribía esas palabras en la nieve y me alzaba en brazos entre risas y besaba a mi madre mientras yo me tapaba los ojos y decía «puaj».
Y ahora, aquí, en cuclillas, después de pasar tanto rato riendo y sintiéndome como cuando tenía nueve años, me doy cuenta de que también me echo de menos a mí.
A la facilidad con la que disfrutaba de cualquier pequeño detalle, con la que demostraba a mi familia y amigos lo mucho que los quería, a esa seguridad con la que veía el futuro frente a mí, aunque aún no tuviera mucha conciencia de qué era eso exactamente.
Noto presión en los ojos, pero, aun así, no sale ni una sola lágrima de ellos.
El primero en levantarse es mi padre, que me tiende la mano, la cual cojo, aunque no me haga falta. Y me siento un poco mejor al pensar que parece que se está reconciliando con el pasado, con la cámara de fotos en las manos y una expresión nostálgica en el rostro, pero sin tanta tristeza.
El frío vuelve a recorrer mis piernas empapadas por la nieve y camino hacia casa temblando, de la mano de mi padre, como si tuviera cinco años.
—Te he dejado ropa seca en el baño —dice mi abuela cuando entramos, señalando el aseo pequeño que hay en la planta baja, al lado de las escaleras—. Y luego vente al salón para entrar en calor frente a la chimenea.
Me siento tan blandita por dentro que le doy un abrazo. Son solo unos segundos que siento extraños, pero, cuando me separo, mi abuela me mira con los ojos brillantes y la sensación cálida que me llena el cuerpo me hace darme cuenta de que esto no hace falta que lo eche de menos porque sí lo tengo.
Me desvisto, me seco y me pongo mi vaquero y el jersey rojo con cenefas de acebo de mi madre.
—No pienso desvelar ni un detalle sobre mi jersey —está diciendo mi abuelo cuando entro en el salón—. Este año se hará justicia.
Lily, al verme, se levanta del sofá para sentarse en el reposabrazos y dejarme el hueco que queda entre ella y Josh, Mae está a su otro lado, mientras mi abuela se recuesta en el sillón, como el primer día, y mi padre, Kathleen y mi abuelo se han sentado en sillas que han traído de la cocina.
Veo que hay una taza en forma de bota de Papá Noel sobre la mesita de centro. La nata está a punto de desbordar y un bastón de caramelo sobresale de ella. Echo un vistazo alrededor y, al comprobar que todos tienen la suya, la alcanzo.
—Abby y yo nos hemos hecho los nuestros y vamos a ir a conjunto —dice Lily emocionada.
Alzo las cejas y miro a Josh, esperando que adivine lo que intento preguntarle con la mirada. Su asentimiento acompañado de una sonrisa divertida me confirma mis sospechas sobre los sentimientos de mi amiga.
Hoy, en su jersey, lleva un gatito naranja con un gorro de Papá Noel en el que pone «Meowy Christmas».
Me acerco la taza a los labios y aspiro el aroma a canela y nuez moscada.
Doy un pequeño sorbo. No puedo evitar cerrar los ojos y saborearlo despacio.
Viajo unos años atrás, a este mismo salón, al crepitar del fuego en la chimenea y la voz de mi madre leyéndome El cascanueces y el rey de los ratones , mientras yo bebo ponche y muerdo el caramelo.
La calidez del recuerdo y del ambiente a mi alrededor hacen que me desprenda de las últimas pizcas de frío que me quedaban en el cuerpo.
—La nata —me susurra Josh, sacándome de mis pensamientos.
Debo de tener manchada la parte superior del labio y puede que también la nariz. Pero, lejos de avergonzarme, dibujo una expresión burlona en el rostro y lo miro.
—En la ciudad está de moda ir así.
Josh sonríe y da un sorbo a su taza, procurando que la nata le manche la cara como a mí. Nos reímos y nos limpiamos con el dorso de la mano.
—Se me ha ocurrido algo… —dice Kathleen cuando la conversación sobre la fiesta de esta tarde no da para más.
Gira su taza con forma de casita de jengibre entre las manos. Como si estuviera buscando el modo de decirlo. Levanta la vista hacia mí. Veo duda en sus ojos. Aprieta los labios y toma aire antes de volver a hablar.
—Podríamos ir mañana a Nueva York… a pasar el día.
Eso era lo que hacíamos todos los años. Mis padres, Kathleen, Lily, Josh y yo nos levantábamos temprano e íbamos juntos en coche a la ciudad. Después de leer la entrada del diario de hoy, me doy cuenta de que es posible que esta tradición empezara mucho antes de que yo naciera.
Observo a Kathleen, que pasa la mirada de su taza a nosotros.
No va a ser el mismo viaje sin mi madre.
Y supongo que por eso duda, porque no sabe si nos parecerá una buena idea, si nos molestará que lo plantee.
Creo que hace unos días me hubiera enfadado, me hubiera ido a mi habitación con la rabia bullendo en mi estómago.
Pero ahora, después de hacer todos esos planes y darme cuenta de que la he tenido más presente que ninguna otra Navidad y que esa presencia ahora mismo me trae más calidez que tristeza, creo que me apetece.
Quiero ir a la librería Strand y perderme por los pasillos hasta encontrar ese libro que me está buscando a mí en vez de yo a él, como hacía con mi madre, patinar en el Rockefeller y comer en esa cafetería escondida en una calle estrecha cerca de Central Park.