Capítulo 15
A la mañana siguiente, todavía procesando todo lo que ocurrió ayer, me asomo a la ventana bostezando por las pocas horas que he dormido. Podría quedarme un rato más en la cama, pero ya hay gente en la calle despejando las aceras, entre ellas mis abuelos y mi padre.
Antes de bajar, abro el diario de mi madre y leo la siguiente entrada, emocionada por saber cuál es el plan de hoy.
Hoy íbamos a ir a la pista de hielo de Albany, pero había medio metro de nieve en la calle cuando nos hemos despertado, así que he ido corriendo a por Kathleen y nos hemos pasado la mañana jugando con la nieve.
Me ha encantado este cambio de plan, tan sencillo y con tantas risas aseguradas a la vez.
También hemos hecho un muñeco de nieve más alto que nosotras, con el que nos ha ayudado el chico de ciudad.
No ha mencionado nada sobre ayer. Puede que solo se despidiera con esa frase porque sí, que no significara nada, aunque ¿cómo alguien que ha visto La princesa prometida puede decir esas palabras sin intención?
Cuando se ha ido, hemos entrado en casa para tomar un poco de ponche de huevo que ha hecho mi madre, y se lo he contado a Kathleen.
Me ha aconsejado que dé yo el paso, que puede que el chico me dijera eso para darme a entender que le gusto y que ahora soy yo la que tengo que responder a la pregunta.
La verdad es que a ella siempre se le ha dado mejor esto de relacionarse con las personas y creo que tiene razón.
Pero me da tanta vergüenza. ¿Qué le digo?
¿Cómo? ¿Cuándo? Ojalá hubiera un manual de instrucciones para esto, como el de la lavadora, con la sección de soluciones a los problemas más comunes incluida.
Ah, como no hemos podido ir a patinar, a Kathleen se le ha ocurrido pedirles a nuestras madres ir a Nueva York, a la pista de hielo del Rockefeller Center, y ver el árbol. Espero que nos dejen.
Sonrío al darme cuenta del paralelismo con mi día de hoy. Con la cantidad de nieve que hay en la calle no voy a tener ningún problema para hacer un muñeco de nieve. Y, si mi abuela ha preparado ponche, sí que tendré que plantearme lo de creer en la magia de la Navidad.
También, sin poder evitarlo, vuelvo a pensar durante un segundo en el «como desees» de Josh, pero no intento encontrarle más significado que unas palabras de despedida como otras cualquiera. Solo fue eso, nada más…, ¿verdad?
Bajo las escaleras llevando puesto el pijama de soldaditos de plomo de mi madre, me pongo la parka y abro la puerta para echar un vistazo al panorama. Mi padre alza la cabeza y me mira con una pequeña sonrisa.
—¿Ya has dormido bastante? —pregunta, enarcando una ceja.
—No —respondo, bostezando otra vez.
Doy unos pasos hacia delante por el porche y me arrebujo en la chaqueta. Enfrente, Kathleen, Mae, Josh y Lily también están despejando su entrada. Suspiro, resignándome al hecho de que tengo que ayudar. Muy bonita la nieve hasta que tienes que coger una pala para poder dar dos pasos.
Estoy a punto de volver dentro a por guantes cuando veo a Josh acercarse.
—Bonitas zapatillas —dice mirando los dos renos con nariz y cuernos incluidos que me tuvo que dejar mi abuela para que no fuera descalza por la casa.
Noto que me arde la cara al instante. Todos los demás visten con ropa adecuada para la nieve y yo ni siquiera me he mirado al espejo antes de bajar, debo de llevar unos pelos que podrían competir con la fregona más vieja de mi casa.
Intento disimular la vergüenza irguiéndome y relajando el rostro, como si fuera de lo más normal ir con estas pintas.
Aunque, si lo pienso, sí que lo es, o lo era…
No me preocupaba cuando Lily y yo nos despertábamos con legañas en los ojos y nos tirábamos encima de la cama de Josh, aplastándolo hasta que nos empujaba fuera de ella y se incorporaba con los pelos apuntado en todas direcciones y los ojos medio cerrados.
—Cuando quieras te las dejo —le digo divertida al recordar esas mañanas de chocolate caliente y risas mientras, disimuladamente, amontono parte de la nieve que hay en la barandilla del porche.
Se me están congelando las manos, pero merecerá la pena.
—Tengo unas del Grinch que te quedarían mejor —dice, mirándome con su sonrisa ladeada, sin darse cuenta de lo que estoy haciendo con las manos.
No bajo la vista en ningún momento, la mantengo clavada en sus ojos para que él tampoco mire en dirección a mis manos.
—El verde no pega con mi piel —digo.
Con un movimiento rápido cojo la bola de nieve más bien pequeña y se la lanzo a Josh. Consigue esquivarla en el último momento y veo, a la vez, cómo se amplía su sonrisa y el proyectil escondido tras su espalda que claramente tiene mi nombre.
—¡Traidor! —grito, dando rápido los dos pasos que me separan de la puerta de casa.
Si va a empezar una pelea, necesito, al menos, las botas.
La bola que iba dirigida a mí impacta contra el brazo de mi padre. Me quedo quieta, con la mano en el pomo de la puerta. Josh abre mucho los ojos y casi me parece ver que traga saliva.
Mi padre recibió muchos bolazos nuestros cuando éramos pequeños, pero la imagen de hombre serio que tiene ahora impone mucho más y ni siquiera yo sé cómo va a reaccionar.
Mira a Josh con los ojos entornados y creo que le va a echar la bronca hasta que noto que se le marca ese pequeño hoyuelo de las comisuras de la boca.
—¿No te han enseñado a respetar a los mayores? —le pregunta mi padre mientras se agacha.
Josh no se ha dado cuenta de esa marca en el rostro que lo delata, así que, mientras mi padre finge apartar la nieve del camino de entrada con las manos, Josh se disculpa nervioso:
—Era para Sofie… Bueno, no quería hacerle daño ni nada… Solo era una broma. Además, ella me la ha tirado antes…
Mi padre se vuelve a poner en pie con una bola bastante más grande que las nuestras entre las manos. Josh, nervioso, se queda mirándolo, sorprendido por la expresión traviesa que muestra y que a mí también me deja descolocada.
Aprovecha esa confusión para lanzarle la bola a Josh, que vuelve a esquivarla en el último segundo.
Con el movimiento casi acaba en el suelo, pero aprovecha para coger más nieve.
Mientras yo entro en casa, me calzo las botas que hay junto al perchero de la entrada, me pongo los guantes y salgo corriendo, dispuesta a ganar la batalla.
Bajo los dos escalones en un suspiro, huyendo de Josh, que me está esperando ya preparado para el ataque.
Lily y Kathleen no han perdido el tiempo y se acercan mientras amasan entre las manos un buen montón de nieve.
A partir de ese momento no sé quién acierta ni a quién le doy yo.
Incluso mis abuelos y Mae se unen a la lucha.
La nieve me moja los pantalones del pijama, por suerte la chaqueta me protege buena parte del cuerpo y, aunque debería estar temblando de frío, el movimiento, las risas que me salen del estómago sin ningún esfuerzo y la adrenalina me mantienen el cuerpo templado.
Me escondo unos segundos detrás del banco de nuestro jardín y observo a Lily tirar de la rama baja de un árbol haciendo que caiga toda la nieve sobre Abby, quien le grita algo y echa a correr tras mi amiga con un montón de nieve en las manos que termina estampándole en la cara cuando la alcanza.
Preparo una bola bastante grande, pero no muy compacta porque no me apetece ser la responsable de enviar a nadie al hospital, y salgo de mi escondite con un objetivo muy claro.
Alzo los brazos en señal de victoria cuando mi proyectil impacta contra la cara de Josh.
Pero no me recreo mucho en la victoria porque, cuando se sacude la nieve de encima, me mira con los ojos entrecerrados y empieza a caminar hacia mí con la intención de vengarse.
Con la seguridad de que no puedo dejarle ganar, echo a correr hacia la carretera, aunque no llego muy lejos porque esa zona aún no la han despejado del todo y los pies se me hunden en la capa mullida y blanca que cubre la calzada.
Noto los brazos de Josh rodeando mi cintura, evitando que pueda escapar de él.
—Vas a tener que practicar más para conseguir vencerme —me dice con los labios rozando mi oreja y, aunque no le veo la expresión, noto la sonrisa en su tono.
—Te he dado en la cara, eso es jaque mate —replico a la vez que doy un tirón para soltarme de su agarre.
No lo consigo; es más, lo único que logro es desestabilizarnos a los dos y que caigamos sobre la nieve amontonada a un lado de la acera. Oigo el gruñido de Josh al caer sobre mí.
—¿Estás bien? —me pregunta de inmediato, apoyándose en las manos para intentar levantarse un poco. Lo que no sirve para nada, porque se le hunden y su rostro queda a solo unos centímetros del mío.
Asiento, un poco aturdida por su cercanía y por los golpes que me da el corazón en el pecho, fuertes, rápidos, descoordinados con la respiración acelerada que hace que mi pecho suba y baje a una velocidad que no debe de ser sana.
No puedo despegar mi mirada de la de Josh, donde parece que se esté formando una tormenta al ritmo de las volutas blancas que salen de su boca al respirar a una velocidad similar a la mía. A pesar de estar tumbada sobre la nieve fría, puedo notar la calidez de Josh sobre mí.
Parpadea despacio, como saliendo de un sueño, y se aparta un poco hacia un lado. Inspiro, notando que el aire me llega con más facilidad a los pulmones, a la vez que me recorre un escalofrío al sentir el helor donde, hasta hace unos segundos, estaba Josh.
—¿Cuál es el plan de hoy? —susurra, después de echar un vistazo alrededor para comprobar que no nos oye nadie.
Respiro hondo, intentando calmar a mi cuerpo y centrándome en la pregunta.
—Jugar con la nieve —digo con la voz un poco entrecortada.
Josh tarda unos segundos de más en responder:
—¿Hacer un muñeco?
Asiento porque no estoy segura de que me vayan a salir las palabras con el corazón latiéndome aún tan fuerte.
—¡Allá voy! —oigo la voy de Lily.