Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Pero tu padre…

—No le he dicho que la han aplazado —confieso—. Aún no me he atrevido a contárselo.

—Probablemente te acepten en la fase ordinaria —intenta animarme.

—Supongo… —dudo, porque las palabras de Lily han vuelto a mi cabeza demasiadas veces durante las últimas horas.

—¿Pero…?

—¿Y si llevo toda la vida equivocada? —pregunto, angustiada de repente, al decirlo en voz alta.

—Que nosotros tuviéramos la idea de que habrías cambiado de planes no significa que sea lo que debes hacer —reflexiona Josh.

—¿Tú también lo creías? —pregunto con un peso invisible aplastándome el pecho.

—Sí, pero llevas años esforzándote para entrar en Caltech, no creo que lo hubieras hecho si no fuera lo que quieres de verdad.

Apoyo la cabeza en la pared, miro el techo y oigo el sonido del viento amortiguado.

¿Y si el problema es que no me he planteado otra cosa?

¿Y si me he anclado tan fuerte a la idea de que soy igual que mi madre, por todas las veces que me lo han repetido desde pequeña, que no he pensado que había otro camino?

—Nunca me he planteado otra opción —verbalizo, para que Josh sepa hacia dónde van mis pensamientos.

—¿Y te apetece planteártela ahora?

—No lo sé. ¿Puedo?

Después de tanto esfuerzo, de todos los años dedicados a estudiar una ingeniería, ¿qué pensaría mi padre si le dijese que quiero estudiar Repostería?

¿Qué pensaría mi madre? ¿Cómo le diría a Isla que nuestros años en la universidad no serían como habíamos planeado?

Me lo quito de la cabeza. No es una opción.

No puedo cambiar de rumbo mi vida solo por haber trabajado dos días con mi abuela y como consecuencia del pánico a que no me acepten en la universidad que quiero, hay otras donde puedo cursar lo mismo, aunque no sea la de mi madre. Por mucho que ese sea mi sueño…

Josh me suelta la mano y levanta los brazos para rodearme con ellos.

Sin pensármelo, me dejo caer sobre su pecho con el rostro enterrado en su cuello y él me rodea con fuerza.

Nos quedamos así, sin movernos, en un silencio íntimo que me hace sentir como en casa.

Es un abrazo cálido y seguro, y en cuestión de segundos dejo de pensar en la universidad y me centro en identificar los sonidos del viento en el exterior, esperando a que amaine y, a la vez, que la tormenta dure un poco más para quedarme aquí junto a Josh todo lo posible.

En algún momento de la madrugada, dejamos de oír el soplido del viento.

Hemos dado alguna cabezada después de que se fuera la luz y nos quedáramos tan a oscuras que por unos segundos he tenido miedo de verdad.

Por suerte, Josh llevaba una linterna en la mochila, recomendación de Noel, por si saltaban los fusibles al estar el cine tanto tiempo sin usarse, y la hemos dejado encendida hasta ahora.

Envío un mensaje a mi padre, para ver si está despierto y él enseguida me llama. Le digo que pensamos salir ahora que no hay viento y le parece bien. También aviso a Isla, a quien le he contado lo que nos había pasado y que sé que se habrá quedado preocupada.

Recogemos la manta y los envoltorios de los sándwiches que Josh ha traído preparados y que hemos comido cuando nos hemos dado cuenta de que las palomitas no nos iban a llenar la barriga eternamente.

Al salir de la sala, vemos que el mueble ha aguantado y también que se han acumulado varios palmos de nieve en la entrada. Quitamos el mueble y abrimos la puerta.

Me alegro de haberme puesto las botas de nieve de mi madre con las que no se me mojan los pies. Josh cierra la puerta con llave y entre los dos corremos la verja exterior, con una buena parte de las piernas hundidas en la nieve.

En la calle tampoco hay luz y da la sensación de que somos las únicas personas del mundo. Incluso podemos ver las estrellas brillando sobre nosotros.

Nos cuesta avanzar solo con la luz de la linterna, aunque conocemos el camino, y tengo tanto frío que no lo noto, pero estoy segura de que se me han mojado los pantalones porque la nieve me llega por encima de las botas.

No creía que diría esto nunca, pero me da pena ver todas las casas oscuras, con las bombillas de colores colgando apagadas sobre las fachadas.

De pronto, a solo unos pasos de llegar frente a nuestras casas, la luz vuelve.

Cierro los ojos, cegada por el resplandor y, cuando consigo abrirlos, miro alrededor.

Me da la sensación de que las decoraciones brillan con más fuerza y me doy cuenta de que estoy sonriendo.

El frío debe de haberme dañado algo en el cerebro porque me hace ilusión volver a ver la calle iluminada de miles de colores.

Un copo de nieve me cae en la punta de la nariz. Alzo la vista hacia el cielo oscuro y saco la lengua, como hacía cuando era pequeña, con los ojos cerrados, notando las pequeñas gotas frías que se derriten nada más tocarme.

Al abrir los ojos miro a Josh, que me observa con una expresión que no sé identificar, con una pequeña sonrisa, los labios entreabiertos y la mirada un poco perdida.

—¿Qué? —susurro, divertida, sin ser capaz ni siquiera de fruncir el ceño.

Josh cambia su expresión a la sonrisa ladeada.

—Nada, que creo que te veo un poco menos verde.

Noto calor en las mejillas y le doy un pequeño empujón que le hace reír porque ni siquiera lo muevo un centímetro del sitio.

Se empeña en acompañarme hasta la puerta de casa, aunque le insisto en que no hace falta.

—Nos vemos mañana… Bueno, en unas horas —digo, sintiéndome un poco triste porque este día… ¿tarde, noche? acabe.

Josh se balancea unos segundos y se acerca a mí con una sonrisa dubitativa.

—Como desees —me susurra junto a la oreja antes de girarse y marcharse sin decir nada más ni volver a mirarme.

Y me quedo ahí quieta, como mi madre en su diario, con el corazón latiéndome con fuerza, clavada en el sitio, sin saber si ha sido una alucinación por culpa del frío y el sueño.

Siento que hemos recuperado la confianza de antes, pero, a la vez, hay algo más.

Como una receta a la que le añades unos gramos de un nuevo ingrediente y cambia un poco, no lo bastante como para que sea distinta, aunque sí lo suficiente como para que sepa mejor.